Archivo por meses: octubre 2017

Australpithecus sediba y el origen del género Homo

La especie Australopithecus sediba fue nombrada en 2010 por el paleoantropólogo Lee R. Berger  (Universidad de Witwatersrand, Sudçafica) y sus colaboradores en la revista Science. El primer hallazgo se produjo en 2008 en la localidad de Malapa (Sudáfrica) y fue protagonizado por el hijo de Lee, Matthiew Berger, que en agosto de ese año contaba con 12 años. La antigüedad de la especie fue estimada empleando el método de los núclidos cosmogénicos. Los resultados arrojaron un rango temporal de entre 1,75 y 1,95 millones de años. Habida cuenta de su morfología, Berger y sus colegas propusieron que esta especie pudo haber sido antecesora de la primera especie del género Homo.

El investigador Lee Rogers Berger sosteniendo el cráneo MH1. Fuente: Wikipedia.

 

El holotipo de Australopithecus sediba está representado por un esqueleto parcial de un individuo inmaduro, MH1, cuyo segundo molar definitivo empezaba a ser funcional en el momento de su muerte. Sabiendo que los australopitecinos tenían un desarrollo dental muy similar al de los simios antropoideos, la edad de muerte de este individuo rondaría los siete años.

 

Sobre este hallazgo y el estudio de todos los restos de esta especie encontrados durante varios años escribí un post en el 14 de mayo de 2013, tras la publicación en la revista Science de varios artículos descriptivos de las diferentes partes esqueléticos. En ese post reflexioné sobre la posición filogénetica de la especie, considerando la antigüedad de las diferentes especies del género Homo. En particular, cité los hallazgos en el yacimiento de Dmanisi, donde los ejemplares recuperados tienen aproximadamente la misma antigüedad que Australopithecus sediba, pero su morfología no deja dudas sobre su pertenencia a una especie avanzada del género Homo.  Aunque los restos de Malapa fueran algo así como el punto final de una estirpe sudafricana del género Australopithecus, resulta complicado relacionarlos con las demás especies del género Homo, encontradas en el este de África y en Europa.

 

Los paleoantropólogos William Kimbel y Yoel Rak  (Universidad de Arzona, USA y Universidad de Tel Aviv, Israel, respectivamente) tienen una opinión similar y muestran sus dudas en un artículo recién publicado en la revista Journal of Human Evolution. Si la primera evidencia del género Homo se encuentra realmente en el este de África y cuenta con una antigüedad de 2,8 millones de años (mandíbula de Ledi-Geraru, Etiopía), es muy complicado proponer una línea directa de Australopithecus sediba hacia el género Homo.

 

Ciertamente, el aspecto del ejemplar MH1 resulta menos “primitivo” que otros ejemplares del género Australopithecus. La edad geológica de los fósiles de Malapa, en torno a los dos millones de años, podría ser la respuesta a su aparente modernidad. Esa presunta estirpe tan longeva de Australopithecus podría haber permanecido sin cambios morfológicos durante un par de millones de años, dando lugar en algún momento de su historia evolutiva a la estirpe de especies del género Homo. La verdad es que esta hipótesis tiene demasiados supuestos, cuando en ciencia deben buscarse soluciones sencillas (parsimoniosas) a problemas complejos.

 

Kimbel y Rak han estudiado el crecimiento del cráneo de chimpancés, gorilas y humanos modernos, observando los cambios que se producen a medida que los dientes van apareciendo en la cavidad bucal. El esqueleto facial crece en tamaño y se configura hasta alcanzar su madurez una vez que el tercer molar es funcional. EL ejemplar MH1 tendría unos siete años y aún le faltaban aproximadamente unos cuatro años para la erupción del tercer molar. La comparación del crecimientos de chimpancés, gorilas y Homo sapiens sugiere que el individuo MH1 habría llegado a tener un aspecto muy similar al de los adultos de Australopithecus africanus  encontrados también en Sudáfrica. Esta especie vivió en el sur de África hace entre tres y dos millones de años, por lo que su relación con Australopithecus sediba cabe dentro de lo posible.

 

Kimbel y Rak consideran, por tanto, que la posible relación de Australopithecus sediba con el género Homo a través de un linaje desconocido es una hipótesis muy aventurada. Estoy totalmente de acuerdo y sigo expresando las mismas dudas que ya expuse en 2013. Todo ello, sin dejar de reconocer que el hallazgo en Malapa ha sido uno de los grandes descubrimientos del siglo XXI.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

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La mirada de los primeros europeos

Las ilustraciones de especies extinguidas son tremendamente sugerentes, en particular cuando son realizadas por excelentes profesionales. Es el caso del paleo-ilustrador ucraniano Roman Yevseyev. Estas ilustraciones están basadas no solo en habilidades artísticas, sino en un conocimiento extraordinario de lo que se sabe sobre la anatomía de las especies del pasado. No quería dejar de compartir la imagen que acompaña a este texto, dedicada al posible aspecto de la cara de uno de los individuos recuperados en el yacimiento de Dmanisi, en la República de Georgia.

Recreación del aspecto en vida del hominino número 5 de Dmanisi.

 

El cráneo número 5 de este yacimiento, datado en cerca de 1,8 millones de años, se completó con el hallazgo de los restos etiquetados con las siglas D 2600 (mandíbula) y D 4500 (neurocráneo y cara superior). Se trata de uno de los cráneos mejor conservados del registro fósil. Los restos pertenecieron a un varón de mediana edad, con un cerebro pequeño de poco más de 600 centímetros cúbicos, un esqueleto facial muy desarrollado y dientes de gran tamaño. En particular, las raíces de sus caninos son tan largas y gruesas, que necesitan alojarse en un hueso alveolar de dimensiones exageradas. Su hallazgo en el yacimiento de Dmanisi ha dado lugar a un encendido debate, atizado por el hecho de los otros cuatro cráneos del yacimiento son significativamente más pequeños y menos robustos. El conjunto podría representar a cuatro hembras y un macho de la misma especie con un dimorfismo sexual muy acusado o a dos especies diferentes. El equipo oficial que excava e investiga el yacimiento de Dmanisi se inclina por la primera hipótesis. La estratigrafía del yacimiento es muy compleja y el nivel fosilífero podría haberse depositado en momentos distantes en el tiempo. Pero los expertos que excavan el yacimiento argumentan que todos los restos fósiles encontrados hasta la fecha son contemporáneos. Los miembros del equipo oficial de Dmanisi piensan que la existencia de dos especies humanas en el mismo ecosistema es difícil de sostener. Para rebatir esta hipótesis tendríamos que fijarnos en los yacimientos del este de África de un período similar. Las especies Homo habilis, Homo ergaster y Homo rudolfensis no tuvieron problemas para coexistir en el mismo hábitat.

 

Por otro lado, los miembros del equipo oficial de Dmanisi se han inclinado por adscribir todos los individuos de Dmanisi a la especie Homo erectus. De acuerdo con su criterio, Homo erectus habría vivido en África y Asia desde hace unos dos millones de años hasta hace unos 100.000 años y su variabilidad morfológica sería enorme. Otros expertos sostienen que Homo erectus solo habitó en Asia, al tiempo que se discute sobre la asignación taxonómica de los homininos de Dmanisi. En 2000, la paleo-antropóloga Marie Antoinette de Lumley propuso el nombre Homo georgicus para los homininos de Dmanisi, basándose en la peculiar morfología de la mandíbula D 2600. El resto del cráneo apareció cinco años más tarde, confirmando la extrema robustez de aquel specimen.

 

Tal vez ajeno a estos debates, Roman Yevseyev ha realizado una excelente recreación del aspecto en vida del propietario del cráneo 5 de Dmanisi. Su mirada causa cierta desazón. Pero, sin duda, lo más inquietante es saber que la humanidad actual tiene en su genealogía a humanos con una apariencia seguramente muy similar a la que Yevseyev ha revivido del pasado.

 

José María Bermúdez de Castro

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Simios con corbata

Nadie puede dejar de prestar atención a los acontecimientos que copan los titulares de los medios de comunicación desde hace semanas. Ni el gravísimo atentado terrorista en Somalía o la brutal matanza en Las Vegas, aun siendo desastres mayúsculos para la humanidad, han sido capaces de superar el interés de los medios por los sucesos en Cataluña. Por supuesto, este blog trata sobre evolución humana, así que en las líneas que siguen me atendré al guion.

 

Buscando una definición muy simple, podemos decir que los humanos somos primates inteligentes y muy sociales. Cada individuo tiene un cerebro grande y complejo, capaz de conectarse con el de otros especímenes para conseguir grandes logros. Pero también hemos heredado muchos aspectos del comportamiento de nuestros ancestros. Por ejemplo, somos territoriales, como lo son otras muchas especies. Cuando se apela a cuestiones históricas para defender ideas territoriales es evidente que tratamos de justificar, probablemente sin mala fe, lo que nos dicta nuestro ADN. No somos conscientes de ello y resulta casi imposible escapar a ese impulso biológico ancestral.

 

La etología o la sociobiología de los primates y la prehistoria nos enseñan que la territorialidad tiene su fundamento en la defensa de los recursos. Ni más ni menos. Nuestra especie ha elevado este comportamiento únicamente en lo que concierne a la complejidad del concepto “recurso”. El dominio sobre una región estratégica desde el punto de vista geopolítico, por ejemplo, denota que ya no nos peleamos solo por conseguir los mejores frutos de unos cuantos kilómetros cuadrados. Pero el objetivo es esencialmente el mismo.

 

Por otro lado, y como todos los primates sociales, nos agrupamos entre nosotros para formar clanes unidos por una ascendencia común. De nuevo, hemos elevado ese comportamiento, siendo capaces de juntar muchos clanes en un mismo territorio. La fuerza centrípeta que une esos clanes se fundamenta también en una mayor capacidad para defender o conseguir por la fuerza los recursos de un determinado territorio. Además, los neandertales y nosotros mismos hemos desarrollado una cierta capacidad simbólica, quizá como consecuencia de una convergencia evolutiva. Los que a la postre hemos sobrevivido a la rivalidad entre las dos especies, hemos adquirido un simbolismo extraordinario. Esa enorme capacidad simbólica resulta absolutamente determinante para evitar la fuerza centrífuga en la agrupación de los clanes. No importa si nos llevamos mal con algún vecino, los colores de nuestro equipo de fútbol, por ejemplo, ayudan y mucho a mitigar el problema. Tampoco podemos controlar ese impulso. Es genial y paradigmático ese spot publicitario en el que un hijo le pregunta a su padre: “papá, ¿por qué somos del atleti?”

 

En definitiva, el ADN ha condicionado los acontecimientos de la historia de la humanidad y solo la reflexión profunda y la inteligencia pueden contrarrestar los impulsos más elementales. Y puesto que no es posible echar un simple vistazo a nuestro genoma para probar esas afirmaciones, sugiero que nos despojemos de toda solemnidad, dejemos por un momento los símbolos a un lado y nos quitemos la ropa. Enseguida nos daremos cuenta de que con el culo al aire no existe ninguna diferencia entre nosotros. Y si alguien se tira un pedo, el mensaje será interpretado por todos de manera similar, con independencia de nuestra cultura y nuestra idiosincrasia.

 

José María Bermúdez de Castro

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