Archivo por meses: febrero 2018

La mente simbólica de los Neandertales

Con un gran despliegue mediático, recibimos la semana pasada la noticia de las pinturas presumiblemente realizadas por los Neandertales en tres cuevas españolas: La Pasiega (Cantabria), Maltravieso (Cáceres) y Ardales (Málaga). Las tres cuevas se conocen desde hace muchos años y forman parte de itinerarios turísticos y visitas organizadas. Pero no todo lo que hay en esas cuevas se conoce con precisión, como ha demostrado el trabajo publicado por la revista Science, liderado por el geocronólogo Dirk Hofmann (Instituto Max Planck, Alemania).

Reconstrucción del enterramiento del Neandertal de La Chapelle-Aux-Saints, Francia. Fuente: Getty images.

 

Ante todo, me gustaría haber escrito una afiliación diferente para el Dr. Hofmann. Junto a otros dos jóvenes y eminentes geocronólogos, Hofmann perteneció a la plantilla del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana de Burgos (CENIEH) hasta 2013, la institución en la presto mis servicios desde su creación en 2004. Pero ciertos avatares, que prefiero obviar, hicieron que los tres se marcharan hace ahora cinco años del CENIEH. Los tres han realizado investigaciones muy valiosas desde entonces, que la ciencia española ya no puede reclamar al 100% para sus estadísticas de la I+D. Por fortuna, los tres geocronólogos dejaron lazos estrechos con científicos españoles, que ahora firman esos trabajos tan relevantes. Entre ellos, está mi buen amigo Marcos García Díez, uno de los mejores expertos en arte rupestre de España, cuya precariedad laboral en el ámbito de la ciencia clama al cielo.

 

Pero quiero dejar a un lado las reivindicaciones y centrarme en un asunto tan relevante como el que publica la revista Science.  Aunque las pinturas no llevan firma, las dataciones realizadas a lo largo de varios años les confieren una antigüedad muy similar, en torno a los 65.000 años. Nuestra especie surgió en África hace más de 200.000 años, pero nunca se ha demostrado su presencia en Europa antes de 40.000 años antes del presente. En consecuencia, las pinturas fueron realizadas por los europeos de entonces: los Neandertales. No entraré en los detalles descriptivos de estas manifestaciones artísticas, que ya se han reflejado en los medios de comunicación y los/as lectores/as pueden encontrar en el trabajo original.

 

Durante su etapa en el CENIEH, Dirk Hofmann nos contó su enorme interés en datar las pinturas de las cuevas españolas. El agua cargada de carbonato cálcico y una cierta cantidad de uranio se escurre por las paredes de las cuevas vadosas, en las que ya no circulan corrientes de agua. Con el descenso del nivel freático, muchas cavidades permiten el paso libre de animales y personas. La humedad es elevada y el agua de lluvia se filtra en el interior de las cuevas, disolviendo la caliza y produciendo estalactitas y estalagmitas, suelos de caliza y capas finas de carbonato en sus paredes. Los isótopos del uranio del agua sufren alteraciones constantes con el tiempo, que pueden medirse con no poco esfuerzo técnico. En esto ha consistido el trabajo de Hoffman y sus colaboradores. Las pinturas de las paredes quedan en muchos casos cubiertas por una fina película de carbonato cálcico, que contiene los restos del uranio transformado por los años. Si hay suerte, el uranio contenido en el agua será suficiente como para obtener fechas consistentes. Las dataciones obtenidas en esas películas de carbonato son siempre más recientes que las propias pinturas. El trabajo de obtención de esas películas es muy delicado, porque las pinturas podrían quedar dañadas. Eso es lo que precisamente se ha evitado en La Pasiega, Maltravieso y Ardales, consiguiendo, además, dataciones fiables y consistentes.

 

Los estudios de paleogenética sitúan la separación de la genealogía de nuestra especie y la de los Neandertales en un máximo de 765.000 años (por el momento). Eso quiere decir que desde entonces comenzamos una historia evolutiva singular, que nos llevó a ser diferentes. Cualquiera de nosotros es capaz de distinguir un cráneo de Homo sapiens de otro de Homo neanderthalensis. Es más, apuesto qué con un mínimo entrenamiento, cualquiera de nosotros es capaz de clasificar con un 100% de aciertos algunos de nuestros dientes más particulares, como los incisivos superiores o los premolares inferiores. Así somos de diferentes. Sin embargo, un tiempo tan prolongado no fue suficiente como para evitar (casi al límite, según los expertos) que pudiésemos hibridar y dejar descendencia fértil. Ya sabemos que los eurasiáticos (pero no los africanos, que no salieron de África) llevamos en nuestro genoma entre un dos y un seis por ciento de genes procedentes de aquellos cruzamientos, seguramente esporádicos.

 

Esa posibilidad biológica supone que todavía compartíamos mucho en común cuando nos volvimos a encontrar. Aunque la forma del cerebro era diferente, es evidente que su potencialidad era muy similar. Hace 700.000 años no hay rastros de arte, o capacidad simbólica, por lo que hemos de asumir que ellos y nosotros llegamos a convergencias culturales impresionantes, una de las cuales acaba de ser revelada por la ciencia. Quizá la posibilidad de poseer un pensamiento simbólico es la característica más significativa de nuestra mente. Con ella somos capaces de elaborar conceptos complejos, tener un lenguaje muy sofisticado y crear. Me pregunto en qué estado mental de capacidad simbólica nos dejaron los neandertales para siempre. Uno de los autores de estas investigaciones, el Dr. Joao Zilhâo, siempre ha defendido que los neandertales y los humanos modernos pertenecemos realmente a la misma especie. Si eso fuera correcto, restaría una enorme cantidad de “magia” al trabajo que acaba de publicar la revista Science. ¿Qué mérito tendría entones el hallazgo presentado por él mismo y sus colegas? Lo más impactante de todo es reflexionar sobre el hecho de que dos poblaciones de homininos, separadas hace casi 800.000 años, fueran capaces de llegar por convergencia a una mente tan similar. Si ellos no se hubieran extinguido (probablemente por endogamia en una región de bajísima densidad demográfica), podrían haber sido quienes ahora mismo estuvieran investigando sobre una especie desaparecida hace tiempo: la que Carlos Linneo bautizó con el nombre de Homo sapiens. Habría sido un Linneo muy diferente, con un cráneo de forma distinto, más bajo y alargado, pero posiblemente de mayor tamaño.

 

Pero si se me pregunta por la trascendencia del hallazgo publicado por la revista Science, pienso que la historia de los neandertales comenzó a ser una gran historia en los inicios del siglo XX, cuando se descubrió el primer enterramiento de un esqueleto de Neandertal en el yacimiento de La Chapelle-aux-Saints, en Francia. Aunque pasaría mucho tiempo hasta que quedara certificada esa práctica funeraria por los Neandertales, es evidente que enterrar a los muertos con ofrendas y tal vez rodeados de flores, como en la inhumación del esqueleto 4 de la cueva de Shanidar, en Irak, tiene un significado simbólico extraordinario. Estoy convencido de que las pinturas de La Pasiega, Maltravieso y Ardales son la punta de un iceberg muy profundo y que las noticias sobre una cultura muy compleja, desarrollada por la mente de los Neandertales irán llegando poco a poco.

 

José María Bermúdez de CastroJ

 

 

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El Achelense de Galicia

Galicia no es tierra pródiga en yacimientos del Pleistoceno, por lo que la publicación de los resultados del estudio de los restos arqueológicos del yacimiento de Porto Maior es una novedad ciertamente importante. Este yacimiento se encuentra en el Concello de As Neves, en la provincia de Pontevedra, cerca de la ribera del río Miño y no lejos de la frontera con Portugal. El joven investigador Eduardo Méndez-Quintas, del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, CENIEH (Burgos) ha liderado una investigación sobre el registro arqueológico, que ha merecido su publicación en la prestigiosa revista Scientific Reports.

Dibujo de algunos bifaces, picos y hendedores del yacimiento de Porto Maior. Fuente: Nature

 

En este yacimiento se ha recuperado una acumulación extraordinariamente densa de artefactos de piedra atribuidos sin ningún género de dudas a la tecnología achelense. En pocos metros cuadrados se han obtenido cerca de 4.000 piezas fabricadas sobre todo en cuarcita y cuarzo procedentes de varios niveles arqueológicos. Abundan los bifaces, pero también hay hendedores y picos, las tres herramientas características del achelense. La datación ha sido realizada por los geocronólogos Mathieu Duval (ESR), Lee Arnold y Martina Demuro (luminiscencia), que desafortunadamente y por diferentes motivos, dejaron de pertenecer hace casi cinco años al CENIEH. Por suerte, seguimos contando con su colaboración, pues no solo dejaron huella de su paso por el CENIEH, sino varios proyectos en marcha. El rango temporal de los niveles arqueológicos de Porto Maior se ha estimado entre casi 300.000 y 200.000 años.

 

Este rango sorprende por el hecho de que es en esa época cuando ya se ha establecido la nueva tecnología que caracteriza no solo a los neandertales europeos, sino a otros grupos humanos de la misma época en África y el resto de Eurasia. Es por ello que los autores del artículo apuestan por la presencia en Europa por al menos dos grupos humanos distintos, una hipótesis que se viene proponiendo desde hace más de un par de décadas por el hallazgo de una biodiversidad compleja en el registro de fósiles humanos, como ya hemos contando en diferentes ocasiones en este mismo blog.

 

Además, Porto Maior nos muestra una acumulación de herramientas poco habitual y los arqueólogos que firman el artículo en Scientific Reports vuelven a proponer la vieja hipótesis de la entrada de la tecnología achelense por el estrecho de Gibraltar. La casi ausencia de herramientas achelenses en la parte más oriental de Europa supone un reto a la hipótesis de la entrada de esta tecnología por el camino más lógico. Los humanos siempre se han movido desde el suroeste de Asia hacia Europa. De hecho, nosotros somos “herederos genómicos” de las últimas migraciones del Neolítico desde el llamado Creciente Fértil. El achelense se ideó hace más de 1,7 millones de años en África, llegó al Corredor Levantino hace un millón de años y aún tardaría otros 500.000 años en entrar en Europa, previsiblemente por el Este, o tal vez no. Son cifras que marean, pensando que hoy en día la tecnología se propaga a velocidad supersónica gracias las comunicaciones instantáneas.

 

El sur de Europa es pródigo en yacimientos con tecnología achelense. La península Ibérica posee yacimientos muy importantes con tecnología achelense, de norte a sur, de este a oeste y ahora también en Galicia. El aspecto de las herramientas achelenses ibéricas recuerda a las africanas, por lo que no resulta extraño que los arqueólogos se decanten por mantener viva la hipótesis de una entrada por Gibraltar. Sobre esta hipótesis ya publiqué un texto en este mismo blog, el 29 de mayo de 2014, por lo que no repetiré algunos de los argumentos que siempre me han hecho dudar de esta posibilidad. Aparte de las dificultades que entraña la travesía por el Estrecho, aún durante los importantes descensos del nivel del mar (más de 100 metros) durante las épocas glaciales, está por resolver la falta de similitud biológica entre las poblaciones del norte de África y las europeas. Desafortunadamente, existen pocos lugares en los que se dan las condiciones necesarias para la preservación y fosilización los restos óseos de las diferentes especies del Pleistoceno, incluidas los de los humanos. Pero, por el momento, los restos de homininos encontrados en el norte de África conducen a pensar que en ese territorio evolucionó una población aislada del resto de las regiones de la cuenca mediterránea. Por supuesto, las evidencias paleontológicas irán llegando y la hipótesis del paso por Gibraltar perderá o ganará fuerza. Hemos de permanecer atentos a todas las posibilidades, sin descartar ninguna. Es lo correcto.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

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El Corredor transcaucásico

La vasta región que se localiza al sur del Cáucaso ha podido ser decisiva en la evolución humana de Europa. Los habitantes de los países de esa región: la República de Georgia, Azerbaiyán y Armenia se consideran europeos. Es difícil trazar una línea imaginaria que separe Asia de Europa. Estos países se encuentran a medio camino entre la Europa occidental más genuina y los países asiáticos. Con independencia de esta cuestión, la región ha tenido una enorme inestabilidad política durante todo el siglo XX, particularmente cuando los tres primeros países citados consiguieron la independencia tras la desintegración de la Unión Soviética. Las diferencias étnicas, aderezadas por la práctica de religiones diferentes, han sido un caldo de cultivo para los enfrentamientos armados. La historia reciente de esta región merece un estudio muy profundo, del que los europeos apenas tenemos noticias. Por su importancia, merece la pena destacar la pugna entre Armenia y Azerbaiyán por la región de Nagorno-Karabakh, de mayoría étnica armenia y religión cristiana. De facto, se considera que esta región es parte integral de Azerbaiyán, pero sus habitantes tienen lazos muy fuertes con Armenia. En 1991 esta región se autoproclamó como república (República de Artsakh), muy ligada desde el punto administrativo a este último país.

Situación del yacimiento de Azokh, no lejos de la ciudad de Stepanakert, la cidad más poblada de la región de Nagorno-Karabakh.

Este problema ha dificultado enormemente el estudio de yacimientos de gran interés para la evolución humana de Europa. El llamado Corredor Transcaucásico ha sido zona de tránsito y estancia de poblaciones humanas desde el Pleistoceno Inferior. En el sur del vecino país de Georgia se localiza el famoso yacimiento de Dmanisi, que ha proporcionado los restos humanos más antiguos de Eurasia. Cabe pensar que en esta región podrían encontrarse yacimientos de la misma antigüedad y cabría la posibilidad de estudiar la evolución de los primeros eurasiáticos, hasta el establecimiento de los neandertales y más tarde de las poblaciones modernas.

 

En la región de Nagorno-Karabakh se localiza el yacimiento de Azokh, que actualmente está siendo investigado por un equipo internacional, con un amplio elenco de investigadores españoles. Hace pocas semanas tuve la oportunidad de reunirme con la responsable del proyecto, la Dra. Tanya King, que excavó en los yacimientos de Atapuerca en 1993, cuando todavía realizaba su tesis doctoral. Su entusiasmo por la protección de este yacimiento y los que se localizan en cuevas próximos es encomiable. Y no es para menos, porque el yacimiento de Azokh puede ser solo el inicio de la investigación de una región importantísima para conocer el devenir evolutivo de Europa.

Entrada de la cueva de Azokh.

 

El yacimiento fue descubierto por un equipo de la Academia Nacional de Ciencias de Azerbaiyán en 1960, bajo la dirección de Mammadali Huseynov. El hallazgo en 1968 de un fragmento de mandíbula humana, datado en unos 300.000 años de antigüedad, puso a este yacimiento en el mapa. Pero la inestabilidad política en la región impidió que las excavaciones cobraran la importancia que merecían. En 1986 fue ya imposible trabajar en la región debido al conflicto armado entre la República Soviética de Armenia y La República Soviética de Azerbaiyán por el control de Nagorno-Karabakh. Pero hacia mediados de la década de 1990 se puso en marcha la expedición internacional, que ha vuelto a reverdecer el interés de este sitio, gracias a la reciente publicación de una extensa monografía publicada por la editorial Springer.

 

La Dra. King me refirió las enormes dificultades para acceder a este yacimiento, al que únicamente se puede llegar a través de la frontera de Armenia. Sin duda, la nuestra es una profesión no exenta de riesgos, sobre todo si deseamos conocer el pasado en lugares con inestabilidad política, donde la vida de las personas puede estar en juego y donde el patrimonio tiene poca o ninguna importancia. Y no solo es importante excavar en el yacimiento de Azokh, sino buscar nuevos lugares de investigación en esa vasta área del sur de Cáucaso. Esta región actuó como lugar de refugio durante las épocas glaciales, como sugiere la presencia estable de las especies recuperadas en los niveles arqueológicos y paleontológicos del yacimiento de Azokh. Sería algo así como una reserva natural en los tiempos difíciles, tras los cuales las especies ganarían territorio con su expansión hacia puntos lejanos. Esta región se uniría así a otras del suroeste de Asia, consideradas por su situación geográfica como puntos calientes de biodiversidad, en las que pudo suceder la evolución in-situ de poblaciones humanas que tomaron parte en la colonización de Europa durante el Pleistoceno.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

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