Archivo por meses: febrero 2018

El Achelense de Galicia

Galicia no es tierra pródiga en yacimientos del Pleistoceno, por lo que la publicación de los resultados del estudio de los restos arqueológicos del yacimiento de Porto Maior es una novedad ciertamente importante. Este yacimiento se encuentra en el Concello de As Neves, en la provincia de Pontevedra, cerca de la ribera del río Miño y no lejos de la frontera con Portugal. El joven investigador Eduardo Méndez-Quintas, del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, CENIEH (Burgos) ha liderado una investigación sobre el registro arqueológico, que ha merecido su publicación en la prestigiosa revista Scientific Reports.

Dibujo de algunos bifaces, picos y hendedores del yacimiento de Porto Maior. Fuente: Nature

 

En este yacimiento se ha recuperado una acumulación extraordinariamente densa de artefactos de piedra atribuidos sin ningún género de dudas a la tecnología achelense. En pocos metros cuadrados se han obtenido cerca de 4.000 piezas fabricadas sobre todo en cuarcita y cuarzo procedentes de varios niveles arqueológicos. Abundan los bifaces, pero también hay hendedores y picos, las tres herramientas características del achelense. La datación ha sido realizada por los geocronólogos Mathieu Duval (ESR), Lee Arnold y Martina Demuro (luminiscencia), que desafortunadamente y por diferentes motivos, dejaron de pertenecer hace casi cinco años al CENIEH. Por suerte, seguimos contando con su colaboración, pues no solo dejaron huella de su paso por el CENIEH, sino varios proyectos en marcha. El rango temporal de los niveles arqueológicos de Porto Maior se ha estimado entre casi 300.000 y 200.000 años.

 

Este rango sorprende por el hecho de que es en esa época cuando ya se ha establecido la nueva tecnología que caracteriza no solo a los neandertales europeos, sino a otros grupos humanos de la misma época en África y el resto de Eurasia. Es por ello que los autores del artículo apuestan por la presencia en Europa por al menos dos grupos humanos distintos, una hipótesis que se viene proponiendo desde hace más de un par de décadas por el hallazgo de una biodiversidad compleja en el registro de fósiles humanos, como ya hemos contando en diferentes ocasiones en este mismo blog.

 

Además, Porto Maior nos muestra una acumulación de herramientas poco habitual y los arqueólogos que firman el artículo en Scientific Reports vuelven a proponer la vieja hipótesis de la entrada de la tecnología achelense por el estrecho de Gibraltar. La casi ausencia de herramientas achelenses en la parte más oriental de Europa supone un reto a la hipótesis de la entrada de esta tecnología por el camino más lógico. Los humanos siempre se han movido desde el suroeste de Asia hacia Europa. De hecho, nosotros somos “herederos genómicos” de las últimas migraciones del Neolítico desde el llamado Creciente Fértil. El achelense se ideó hace más de 1,7 millones de años en África, llegó al Corredor Levantino hace un millón de años y aún tardaría otros 500.000 años en entrar en Europa, previsiblemente por el Este, o tal vez no. Son cifras que marean, pensando que hoy en día la tecnología se propaga a velocidad supersónica gracias las comunicaciones instantáneas.

 

El sur de Europa es pródigo en yacimientos con tecnología achelense. La península Ibérica posee yacimientos muy importantes con tecnología achelense, de norte a sur, de este a oeste y ahora también en Galicia. El aspecto de las herramientas achelenses ibéricas recuerda a las africanas, por lo que no resulta extraño que los arqueólogos se decanten por mantener viva la hipótesis de una entrada por Gibraltar. Sobre esta hipótesis ya publiqué un texto en este mismo blog, el 29 de mayo de 2014, por lo que no repetiré algunos de los argumentos que siempre me han hecho dudar de esta posibilidad. Aparte de las dificultades que entraña la travesía por el Estrecho, aún durante los importantes descensos del nivel del mar (más de 100 metros) durante las épocas glaciales, está por resolver la falta de similitud biológica entre las poblaciones del norte de África y las europeas. Desafortunadamente, existen pocos lugares en los que se dan las condiciones necesarias para la preservación y fosilización los restos óseos de las diferentes especies del Pleistoceno, incluidas los de los humanos. Pero, por el momento, los restos de homininos encontrados en el norte de África conducen a pensar que en ese territorio evolucionó una población aislada del resto de las regiones de la cuenca mediterránea. Por supuesto, las evidencias paleontológicas irán llegando y la hipótesis del paso por Gibraltar perderá o ganará fuerza. Hemos de permanecer atentos a todas las posibilidades, sin descartar ninguna. Es lo correcto.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

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El Corredor transcaucásico

La vasta región que se localiza al sur del Cáucaso ha podido ser decisiva en la evolución humana de Europa. Los habitantes de los países de esa región: la República de Georgia, Azerbaiyán y Armenia se consideran europeos. Es difícil trazar una línea imaginaria que separe Asia de Europa. Estos países se encuentran a medio camino entre la Europa occidental más genuina y los países asiáticos. Con independencia de esta cuestión, la región ha tenido una enorme inestabilidad política durante todo el siglo XX, particularmente cuando los tres primeros países citados consiguieron la independencia tras la desintegración de la Unión Soviética. Las diferencias étnicas, aderezadas por la práctica de religiones diferentes, han sido un caldo de cultivo para los enfrentamientos armados. La historia reciente de esta región merece un estudio muy profundo, del que los europeos apenas tenemos noticias. Por su importancia, merece la pena destacar la pugna entre Armenia y Azerbaiyán por la región de Nagorno-Karabakh, de mayoría étnica armenia y religión cristiana. De facto, se considera que esta región es parte integral de Azerbaiyán, pero sus habitantes tienen lazos muy fuertes con Armenia. En 1991 esta región se autoproclamó como república (República de Artsakh), muy ligada desde el punto administrativo a este último país.

Situación del yacimiento de Azokh, no lejos de la ciudad de Stepanakert, la cidad más poblada de la región de Nagorno-Karabakh.

Este problema ha dificultado enormemente el estudio de yacimientos de gran interés para la evolución humana de Europa. El llamado Corredor Transcaucásico ha sido zona de tránsito y estancia de poblaciones humanas desde el Pleistoceno Inferior. En el sur del vecino país de Georgia se localiza el famoso yacimiento de Dmanisi, que ha proporcionado los restos humanos más antiguos de Eurasia. Cabe pensar que en esta región podrían encontrarse yacimientos de la misma antigüedad y cabría la posibilidad de estudiar la evolución de los primeros eurasiáticos, hasta el establecimiento de los neandertales y más tarde de las poblaciones modernas.

 

En la región de Nagorno-Karabakh se localiza el yacimiento de Azokh, que actualmente está siendo investigado por un equipo internacional, con un amplio elenco de investigadores españoles. Hace pocas semanas tuve la oportunidad de reunirme con la responsable del proyecto, la Dra. Tanya King, que excavó en los yacimientos de Atapuerca en 1993, cuando todavía realizaba su tesis doctoral. Su entusiasmo por la protección de este yacimiento y los que se localizan en cuevas próximos es encomiable. Y no es para menos, porque el yacimiento de Azokh puede ser solo el inicio de la investigación de una región importantísima para conocer el devenir evolutivo de Europa.

Entrada de la cueva de Azokh.

 

El yacimiento fue descubierto por un equipo de la Academia Nacional de Ciencias de Azerbaiyán en 1960, bajo la dirección de Mammadali Huseynov. El hallazgo en 1968 de un fragmento de mandíbula humana, datado en unos 300.000 años de antigüedad, puso a este yacimiento en el mapa. Pero la inestabilidad política en la región impidió que las excavaciones cobraran la importancia que merecían. En 1986 fue ya imposible trabajar en la región debido al conflicto armado entre la República Soviética de Armenia y La República Soviética de Azerbaiyán por el control de Nagorno-Karabakh. Pero hacia mediados de la década de 1990 se puso en marcha la expedición internacional, que ha vuelto a reverdecer el interés de este sitio, gracias a la reciente publicación de una extensa monografía publicada por la editorial Springer.

 

La Dra. King me refirió las enormes dificultades para acceder a este yacimiento, al que únicamente se puede llegar a través de la frontera de Armenia. Sin duda, la nuestra es una profesión no exenta de riesgos, sobre todo si deseamos conocer el pasado en lugares con inestabilidad política, donde la vida de las personas puede estar en juego y donde el patrimonio tiene poca o ninguna importancia. Y no solo es importante excavar en el yacimiento de Azokh, sino buscar nuevos lugares de investigación en esa vasta área del sur de Cáucaso. Esta región actuó como lugar de refugio durante las épocas glaciales, como sugiere la presencia estable de las especies recuperadas en los niveles arqueológicos y paleontológicos del yacimiento de Azokh. Sería algo así como una reserva natural en los tiempos difíciles, tras los cuales las especies ganarían territorio con su expansión hacia puntos lejanos. Esta región se uniría así a otras del suroeste de Asia, consideradas por su situación geográfica como puntos calientes de biodiversidad, en las que pudo suceder la evolución in-situ de poblaciones humanas que tomaron parte en la colonización de Europa durante el Pleistoceno.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

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Las islas Galápagos: punto de inflexión en las reflexiones de Darwin

Durante su viaje en el Beagle, Charles Darwin fue cambiando poco a poco su percepción de los seres vivos. La contemplación y el estudio de plantas y animales tan diferentes a las que había conocido en su Inglaterra natal debieron producir un efecto muy notable en su mente, siempre abierta a los mensajes que le transmitía la naturaleza. La historia siempre menciona la influencia decisiva de su visita a las islas Galápagos en las conclusiones que publicó años más tarde. Y probablemente fue así.

Dibujo clásico de Galápagos de las llamadas “Islas Encantadas”.

 

Las islas Galápagos son un paraíso para los naturalistas. Un verdadero laboratorio natural surgido desde los fondos marinos hace tan solo unos cinco millones de años, por la actividad tectónica y volcánica de ese punto caliente del planeta. Las islas Galápagos se sitúan en la placa de Nazca, no lejos de la subducción del cinturón de fuego del Pacífico. Aunque su descubrimiento oficial data de 1535, cuando el barco en el que viajaba Fray Tomás de Berlanga perdió el rumbo y arribó sin querer al archipiélago, existen algunas evidencias arqueológicas de la estancia en las islas de indígenas americanos. Por su gran diversidad de especies, las islas Galápagos fueron declaradas “patrimonio de la humanidad” por la UNESCO en 1978.

 

El Beagle llegó al archipiélago de las Galápagos 300 años después de su hallazgo casual. En septiembre de 1835 el barco se acercó a la isla San Cristobal, la más occidental de un conjunto impresionante de 19 islas y más de 200 pequeños islotes. Su origen volcánico reciente y todavía en formación se refleja en el aspecto grisáceo de sus acantilados, todavía libres de la exuberante vegetación de otras islas del Pacífico. Su relativa cercanía al continente (menos de 1.000 kilómetros de la costa del actual estado de Ecuador) permitió la rápida formación de un ecosistema propio. El polen de muchas plantas pudo ser transportado por el viento o viajar entre las plumas de algunas aves, como lo hicieron distintas especies de insectos. Las grandes tortugas marinas pudieron anidar en las playas de las islas, y otras especies habrían llegado por casualidad a sus costas. Aunque algunas especies se establecieron en todo el archipiélago, otras se quedaron en islas concretas sin entrar en competencia. Los famosos pinzones se adaptaron en cada isla, produciendo una variabilidad que no fue ajena a la perspicacia de las observaciones de Darwin. Además, los galápagos de cada isla tenían particularidades en su caparazón. No eran todos iguales, aunque pudieran clasificarse en la misma especie.

 

El Beagle recorrió durante un mes las costas de todo el archipiélago recalando en algunos puntos de las islas, pero Darwin tuvo la oportunidad de permanecer una semana en la isla de San Salvador (también llamada isla Santiago). Darwin tomó buena nota de todo lo que observó a su alrededor, consiguió varios ejemplares de galápagos, que llevó al Beagle. Algunos llegaron vivos a Inglaterra al final del viaje. Pero no fue la única especie recolectada. Los frascos del naturalista se llenaron de especies de insectos, conchas marinas y reptiles. Para Darwin fue una gran sorpresa observar que aquellas especies eran muy diferentes a todas las que había conocido en otros lugares de Sudamérica. Además, las diferencias entre las especies de cada isla resultaban un reto a sus reflexiones. Aquellas “Islas encantadas”, como se las conoce desde el siglo XVI, tenían una biodiversidad única, como resultado de la co-evolución de sus especies autóctonas. Darwin no terminaba de comprender ese hecho, pero a buen seguro que pensó mucho en ello. Las especies cambian con el tiempo si se dan las condiciones necesarias. Y esa idea tan sencilla estaba fructificando en la mente de Darwin.

 

Tras aquella estancia en las islas Galápagos, las discusiones entre el capitán FitzRoy y Darwin fueron subiendo de grado. La inflexibilidad bíblica de FitzRoy y el pensamiento cada vez más científico y progresista de Darwin terminarían por chocar de manera inevitable en aquella reunión de 1860 en el Museo de Historia Natural de Oxford, varios meses después de la publicación del “Origen de las especies mediante la selección natural”. Pero estoy convencido de que sus discusiones en el barco, lejos de otras influencias externas, ayudaron a modular las reflexiones de Darwin y a su conclusión definitiva.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

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