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El último bombazo de Atapuerca visto desde dentro

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Recreación de la especie Homo heidelbergensis realizada por Elisabeth Daynès basada en los homininos de la Sima de los Huesos de Atapuerca. Foto del Museo de la Evolución Humana de Burgos.

El yacimiento de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca es un verdadero tesoro para comprender muchos aspectos de la evolución humana. Sus casi 7.000 restos fósiles de un mínimo de 28 individuos, muy probablemente de la misma población sino del mismo grupo, representan un caso excepcional. La conservación de los fósiles es admirable y sorprendente. Han permanecido durante más de 400.000 años en unas condiciones ideales, embutidos en una arcilla de grano muy fino, a temperatura y humedad constantes. Una parte de su ADN también ha resistido el paso del tiempo. Es la guinda de un yacimiento de lujo para la paleontología, como otros muchos que nos han ilustrado sobre la historia de la vida en nuestro planeta.

La revista “Proceedings of the National Academy of USA” (más conocida como PNAS) acaba de publicar una magnífica síntesis de cuanto se conoce sobre la morfología del esqueleto postcraneal de los humanos encontrados en la Sima de los Huesos. Por supuesto, la biblioteca de trabajos científicos del proyecto sobre Atapuerca cuenta con varias tesis doctorales y no pocos artículos en revistas especializadas, que tratan con todo lujo de detalles los diferentes huesos del tronco y de las extremidades encontrados desde 1984 en este yacimiento tan peculiar. Y aún quedan muchos aspectos por estudiar y publicar, conforme se produzcan innovaciones metodológicas y la tecnología permita realizar investigaciones imposibles con los medios actuales. Por el momento, este trabajo en PNAS cierra un nuevo capítulo de la Sima de los Huesos, a la espera del siguiente; quizá aún más apasionante que los anteriores.

Este trabajo, liderado por Juan Luís Arsuaga y nuestro gran especialista en esqueleto postcraneal, el profesor José Miguel Carretero, aprovecha los conocimientos de la Sima de los Huesos para analizar la evolución de la forma del cuerpo a lo largo de los últimos seis millones de años. En ese tiempo, durante el cual prosperaron quizá docenas de especies del linaje humano, el cuerpo se fue modificando de acuerdo al medio en el que vivíamos. Puesto que nuestro último antepasado común con la genealogía de los chimpancés evolucionó en un medio de bosque cerrado, las especies humanas primigenias tuvieron un cuerpo perfectamente preparado para vivir en este ambiente. Estas especies se adaptaron a caminar en posición erguida. Pero su cuerpo, pequeño y grácil, podía moverse con extrema facilidad tanto por el suelo como por las ramas de los árboles. El esqueleto del ejemplar apodado “Ardi” (los conocidos ardipitecos) parece tener poco que ver con nosotros. Este esqueleto representa toda una época de nuestra evolución durante el Plioceno.

La progresiva aridificación de África, favorecida por el enfriamiento global del planeta desde hace cinco millones de años, dibujó un escenario muy diferente. Los homininos se adaptaron a vivir en medios mucho más abiertos y su cuerpo fue cambiando. No obstante, su estatura quedó siempre muy por debajo de los 150 centímetros, con diferencias de peso y estatura todavía significativas entre machos y hembras. No se perdieron las posibilidades anatómicas que permitían trepar con facilidad y los brazos todavía eran proporcionalmente más largos que en la actualidad. Los australopitecos y los parántropos tuvieron un cuerpo en el que ya nos podemos reconocer, pero todavía quedaba mucho por evolucionar.

Hace en torno a los dos millones de años sucedió un cambio espectacular en el cuerpo de los homininos, favorecido sin duda por un estilo de vida mucho más alejado de los bosques. La marcha bípeda se impuso sobre la posibilidad de disfrutar del amparo de la frondosidad de los árboles y los humanos de entonces consiguieron un aspecto muy similar al nuestro. El yacimiento de Dmanisi (República de Georgia, 1,8 millones de años) o el ejemplar del lago Turkana KNM-WT 15000 (1,6 millones de años) reflejan ya un incremento significativo de la estatura y unas proporciones corporales prácticamente idénticas a las de Homo sapiens. Quedaba tiempo suficiente para conseguir un cuerpo más robusto. Todos los humanos del Pleistoceno lo lograron (con la notable excepción de Homo floresiensis). Entre ellos, los individuos de la Sima de los Huesos representan la mejor opción para investigar las características del cuerpo de nuestros ancestros del Pleistoceno Medio. Su estudio indica un cuerpo ancho y robusto, musculado en extremo, de reacción explosiva, perfectamente adaptado a una vida llena de peligros. En posts anteriores reflexioné acerca de las relativas facilidades para el parto en estas especies, gracias a la anchura de su pelvis y a un cerebro del recién nacido algo más pequeño que el de Homo sapiens. La parte negativa (si es que había alguna) podría estar ligada a un gasto energético muy elevado en cada esfuerzo y la necesidad de conseguir muchas calorías en cada jornada (hasta 5.000 Kcal/día, según los expertos).

Finalmente llegamos nosotros, mucho tiempo después, con un cuerpo similar pero más esbelto. El alumbramiento de las crías se hizo más complicado, no solo por el hecho de que la pelvis y el canal del parto fueran más estrechos, sino porque se incrementó el tamaño de la cabeza del recién nacido (y de los adultos, por supuesto). Pero a cambio conseguimos ahorrar mucha energía en los desplazamientos. Los expertos estiman que los humanos como los hallados en la Sima de los Huesos o los propios neandertales consumían hasta un 25% más de calorías para su metabolismo basal en relación a lo que gasta un individuo de nuestra especie. Un logro muy conveniente, porque podemos sobrevivir con muchas menos calorías y repartirlas entre grupos más numerosos. Me pregunto si esta circunstancia fue importante y tal vez decisiva en nuestro predominio final sobre las demás especies de homininos.

 

José María Bermúdez de Castro

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Sorpresa científica ante las primeras muestras de ADN del hombre de Atapuerca

Finalmente y después de muchos intentos fallidos, se ha conseguido aislar y secuenciar restos de ADN de los homininos del yacimiento de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca. De momento se trata de ADN mitocondrial, pero ahora ya no se puede descartar que pronto se pueda secuenciar el ADN nuclear. La noticia es fabulosa para las investigaciones de nuestros orígenes, puesto que se ha logrado superar en muchos miles de años las expectativas de los genetistas sobre la posibilidad de aislar y secuenciar ADN en regiones templadas del planeta. Si esas expectativas estaban en unos 100.000 años (según los más optimistas), ahora se trata de rebasar el listón de los más de 400.000 años de antigüedad del nivel que contiene los restos de homininos de la Sima de los Huesos.

Este yacimiento es muy especial, no solo por el espectacular número de restos humanos recuperados hasta el momento (más de 7.000, pertenecientes a un mínimo de 28 individuos), sino por la perfecta preservación de los fósiles. Las arcillas del nivel que contiene los restos humanos son tan puras, que podrían utilizarse en alfarería. La humedad y la temperatura han debido permanecer muy constantes durante miles de años en un lugar recóndito y aislado de las grandes cavidades de la sierra de Atapuerca. Puede que las condiciones de la Sima de los Huesos hayan sido excepcionales y tal vez únicas. Prefiero pensar que no es así, porque ahora se trata de intentarlo en otros yacimientos. Por supuesto, la genética del pasado (paleogenética) no es la panacea que podrá resolver todos los enigmas científicos de la evolución humana, pero se ha convertido en una fuente inestimable de conocimiento.

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Los resultados obtenidos con las muestras de fósiles humanos de la Sima de los Huesos son inesperadas. Desde que comenzaron las investigaciones de los primeros restos encontrados en el yacimiento, allá por el año 1976, nadie dudó sobre la relación filogenética directa entre los homininos de la Sima de los Huesos y los Neandertales. Es más, en algún momento se planteó que el origen de los Neandertales se encontraba en la península Ibérica ¿Por qué no? Durante el 80 por ciento del último millón de años la mayor parte de Europa estuvo cubierto por un espeso manto de hielo. La vida de nuestros ancestros solo fue posible en la regiones mediterráneas.

Sin embargo, el ADN mitocondrial aislado en las muestras de los humanos de la Sima de los Huesos está más relacionada con los famosos Denisovanos, aquella población ancestral que vivió en las remotas regiones de Siberia hace unos 40.000 años, que con los Neandertales. Y digo remotas no solo desde nuestro punto de vista subjetivo, sino desde la distancia real entre el yacimiento de la Sima de los Huesos y la cueva de Denisova (unos 8.000 kilómetros en línea recta).

Según nos explican los genetistas, los Denisovanos representan a una población aislada en Eurasia, relacionada sin duda con los Neandertales, pero que también tuvo ancestros de aproximadamente un millón de años de antigüedad. Sin embargo, nada se había explicado sobre la posible relación de los Denisovanos con una población europea del Pleistoceno Medio. A la espera de que pueda aislarse el ADN nuclear y se añada un poco más de luz a estos resultados, habrá que buscar una explicación razonable para esta inesperada y extraña relación entre los Denisovanos y los humanos de Atapuerca. Y, sobre todo, habrá que explicar porque el ADN mitocondrial de Miguelón y sus demás compañeros del osario de la Sima de los Huesos no se aproxima tanto al de los Neandertales, como todos hubiéramos esperado. ¿Podremos encontrar alguna explicación?

El estudio de los fósiles ya había arrojado algunas pistas sobre la relación entre los homininos del yacimiento de la Gran Dolina de la sierra de Atapuerca (Homo antecessor) y los homininos de la Sima de los Huesos (Homo heidelbergensis). Esa relación parece muy tenue desde el punto de vista de la morfología de los restos óseos y dentales, pero ya en 2003 propusimos que los humanos llegados a Europa hace unos 600.000 años pudieron haber hibridado con los residentes (Homo antecessor). De ser cierto, los nuevos inquilinos de Europa habrían incorporado un nuevo ADN a su patrimonio genético ¿Pudo ser éste ADN el que se ha detectado en los Denisovanos? Esta fue nuestra primera impresión cuando en 2010 leímos el trabajo en la revista Nature sobre la extracción del ADN en aquellos antiguos pobladores de Siberia, y escribimos sobre ello en una revista científica. Por descontado, no podíamos prever ni el hallazgo de ADN en los humanos de la Sima de los Huesos ni los resultados del trabajo que presentamos en la revista Nature.

Ahora podemos predecir que los Denisovanos heredaron su ADN mitocondrial de un ancestro europeo muy antiguo (¿Homo antecessor?), que más tarde llegó hasta los humanos que poblaron Europa durante el Pleistoceno Medio (Sima de los Huesos), que también llegó a formar parte del genoma de los Neandertales y que finalmente heredaron algunas poblaciones de Homo sapiens. Una historia mucho más complicada de lo que podíamos imaginar, y que tal vez nunca lleguemos a comprender en toda su magnitud. Extraer ADN de Homo antecessor parece ya ciencia ficción, puesto que sus restos están fosilizados casi al 100%. Sin embargo, el camino hacia el aislamiento de mayores cantidades de ADN de los humanos de la Sima de los Huesos y otros yacimientos está abierto. Con un poco de paciencia, quizá podamos avanzar en la reconstrucción de la compleja historia evolutiva de los humanos de nuestro continente.

Para terminar, quizá el hecho más inquietante de toda esta historia reside en que a los humanos actuales nos ha llegado el ADN por varias vias diferentes. El grueso nos llegó por supuesto a través de nuestros ancestros africanos; pero también heredamos algo de los Neandertales y de los Denisovanos. Si éstos heredaron su ADN de la Sima de los Huesos y, a su vez, éstos lo tomaron de Homo antecessor, nuestro genoma es una mezcla increible de pequeñas dosis de ADN de muchos humanos del pasado.

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La gran batalla de Atapuerca

No, no hablaré del canibalismo de Homo antecessor ni de los mamporros que se daban en la cabeza los homínidos encontrados en la Sima de los Huesos, sorprendentemente curados a pesar de que los impactos producían profundos hundimientos de la cortical del cráneo.

Parece que la sierra de Atapuerca ha sido escenario de disputas territoriales desde hace miles de años hasta tiempos recientes. Los vecinos de la villa de Atapuerca rememoran desde hace 18 años la batalla de Atapuerca, que tuvo lugar el primero de septiembre de 1054. Dos hermanos, hijos de Sancho III el Mayor, libraron una dura batalla al frente de sus respectivos ejércitos: Fernando I, rey de León y conde Castilla, y García Sánchez III, rey de Navarra. Sus consecuencias fueron cruciales para la delimitación de las fronteras entre los reinos cristianos. En un par de años, la conmemoración de esta batalla será declarada Bien de Interés Turístico Regional, por su magnífica puesta en escena y por la pasión que ha despertado en miles de personas, que cada año acuden al evento.

Batalla de Atapuerca-1

Pocos años antes, García de Navarra había apoyado a su hermano Fernando en sus luchas internas contra Bermudo III, entonces rey de León. Tras la victoria de Fernando I y su dominio del gran territorio de todo el noroeste de la península Ibérica, y como compensación por el apoyo de su hermano, las fronteras del reino de Navarra fueron desplazadas hasta las mismas puertas de la ciudad de Burgos. Curiosamente, la sierra de Atapuerca marcaba entonces el límite entre Castilla y Navarra. Sin embargo, y según cuentan las crónicas de la época (y en particular las conservadas en Santo Domingo de Silos) las relaciones entre los dos hermanos se fueron enturbiando, sin duda alentadas por cuestiones territoriales. Las conspiraciones, intrigas y traiciones fueron la tónica de las relaciones entre los dos hermanos, hasta que sucedió lo inevitable. Fernando I entró en el reino de Navarra, y se enfrentó a los ejércitos de su hermano en la planicie situada en la cara norte de la sierra de Atapuerca.

El rey García murió en la batalla y el ejército navarro se retiró con su cadáver hasta Nájera, donde recibió sepultura. Fernando I recuperó los territorios cedidos a su hermano. No obstante, muchas de la localidades próximas a Burgos en los montes de Oca, la Bureba, etc. conservan hoy en día los topónimos con las que fueron bautizados por los pobladores llegados del norte de la península Ibérica, como por ejemplo Ibeas, Urquiza, Urrez, Villaváscones, Zalduendo, etc.

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