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Los beneficios más conocidos de la lactancia está relacionados con la salud de los niños, puesto que la leche materna estimula y madura su sistema inmunitario. Se reduce así de manera significativa la mortalidad y la morbilidad infantil, disminuyendo el riesgo de alergias, enfermedades gastrointestinales, etc. Ningún estudio ha puesto en duda tales beneficios, que han sido demostrados de manera incuestionable. Sin embargo, se habla menos de la posible mejora de las capacidades intelectuales ¿Existe realmente una asociación significativa entre la lactancia y la inteligencia?

Algunos trabajos pioneros de finales de los años 1980s y la década de los 1990s mostraron el efecto positivo de la lactancia en el incremento de las habilidades cognitivas. Si bien es cierto que uno de estos trabajos observó diferencias no significativas, el resto señaló un incremento sustancial de tales habilidades. En el siglo XXI las investigaciones han continuado, y cada trabajo ha incluido un mayor número de niños. Salvo excepciones, la mayoría de los trabajos de campo han corroborado las conclusiones de las primeras investigaciones. El asunto es complejo, porque requiere tener en consideración algunos factores que pueden influir en el resultado.

Como ejemplo, quiero citar una investigación de Maria Quigley y sus colaboradores, publicado en 2012 en la revista The Journal of Pediatrics. Este trabajo tomó como base el estudio que se lleva a cabo en nada menos que 18.818 niños y niñas nacidos en el siglo XXI en el Reino Unido (The Millennium Cohort Study: MCS). Para llevar a cabo su investigación los científicos tuvieron en cuenta numerosos factores que podían influir en los resultados. Por ejemplo, consideraron que los bebés nacidos prematuramente (menos de 28 semanas de gestación) no tenían acceso inmediato a la leche materna. También tuvieron en cuenta el lenguaje, puesto que los cuestionarios disponibles para su estudio solo utilizaban el inglés (British Academy Scales). Aún con todo, la muestra del conjunto del MCS analizada por Quigley y colaboradores llegó a los 11.879 niños y niñas.

Dibujo de Fernando Sendra, tomado de la página Pediatría en Panamá WordPress.com

El estudio se llevó a cabo cuando los niños tenían cinco años y las preguntas que formaban parte de la batería de cuestionarios estaban relacionadas con el dominio de vocabulario, habilidades espaciales y el razonamiento a partir de dibujos. Quigley y sus colegas evitaron uno de los factores que mayor influencia puede tener en los resultados. El nivel de formación de los padres puede ser determinante, porque los niños están recibiendo información continuada en el ambiente en el que se desarrollan. Pero la muestra del MCS es tan alta que estos factores se pueden corregir dividiendo la muestra en grupos diferentes.

Los investigadores consideraron el grupo de niños y niñas que se alimentaron únicamente con leche de fórmula, el grupo que había recibido leche de la madre durante menos de dos meses, entre dos y cuatro meses, entre cuatro y seis meses, entre seis y 12 meses y más de doce meses. En todos los casos y en todos los cuestionarios se obtuvo un incremento significativo de entre dos y seis puntos en el coeficiente de inteligencia que podía inferirse en los cuestionarios realizados. Las capacidades cognitivas aumentaban en función de la duración de la lactancia, al menos hasta los doce meses, y fueron particularmente elevadas en las áreas relacionadas con el vocabulario y las habilidades espaciales. Curiosamente, el mayor incremento del coeficiente de inteligencia se observó en el grupo de niños y niñas nacidos cuando la gestación tuvo lugar entre 28 y 36 semanas, en lugar de las 42 que se esperan en una gestación a término.

La explicación más plausible para estos resultados se encuentra en la propia composición de la leche materna, que contiene elevadas concentraciones de ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga, imprescindibles para el desarrollo del cerebro. Además, la leche materna contiene factores de crecimiento (que no pueden añadirse a la leche de fórmula), que influyen en la bioquímica normal y el desarrollo funcional del cerebro. Esto último es lo que coloquialmente llamamos la mente.

Los autores terminan la redacción de su trabajo pidiendo más investigaciones en este ámbito, en particular para identificar mejor los mecanismos implicados en el proceso. Pero sus conclusiones son claras y contundentes. Nunca mejor dicho, “la naturaleza es sabia”.

José María Bermúdez de Castro