Archivo por meses: mayo 2013

Canibalismo y territorialidad

atapuerca

Foto: Mauricio Antón

Cuando se descubrieron los fósiles humanos del nivel TD6 del yacimiento de la cueva de la Gran Dolina, en la sierra burgalesa de Atapuerca, apenas tardamos unos días en darnos cuenta de que aquellos restos podían ser el resultado de al menos un presunto acto de canibalismo. Los estudios que se realizaron en los meses que siguieron al descubrimiento llegaron a la misma conclusión. Ahora sabemos que hace unos 900.000 años una especie humana (Homo antecessor) practicó el canibalismo en la sierra de Atapuerca, quizá en numerosas ocasiones. Sus restos aparecen al menos en tres subniveles diferentes. Se trata del caso de canibalismo más antiguo bien certificado de la historia de nuestra genealogía. No me cabe duda de que más tarde o más temprano se hallarán evidencias de antropofagia en especies aún más antiguas. Para realizar esta afirmación me baso en el hecho de que los chimpancés practican esporádicamente el canibalismo, por lo que este comportamiento nos viene de lejos. Por descontado, no se le ocurrió a Homo antecessor. Esta especie lo heredó de sus ancestros y nosotros lo seguimos practicando. Eso si, los motivos han cambiado a lo largo del tiempo. No olvidemos que la complejidad de nuestra cultura es un factor determinante del comportamiento.

Podría dedicar muchas líneas a presentar la pruebas en las que el equipo de expertos del equipo investigador de Atapuerca se basó para llegar a sus conclusiones. Obviaré esta parte y me centraré en las hipótesis que se pusieron encima de la mesa. A pesar de que unos humanos se comieron a otros y apuraron hasta el último gramo de carne, se descartó un canibalismo de necesidad. Junto a los restos humanos yacían los restos descuartizados de varias especies de mamíferos, que abundaban en aquellos parajes. El polen de las plantas o los diminutos restos fósiles de anfibios, reptiles, aves, etc. sugieren un clima algo más cálido que el actual para aquella época; el agua era abundante y, por tanto, había una gran riqueza de recursos cinegéticos y vegetales. Aquellos humanos no pasaban hambre. El esmalte y la dentina de los dientes de los muertos delatan que su desarrollo infantil y juvenil se produjo en condiciones de salud y abundancia envidiables. Nos faltan los restos de los quienes se los comieron, pero no me los puedo imaginar como individuos famélicos a la caza de otros humanos plenos de salud.

Canto tallado

Una de las herramientas halladas junto a los cadáveres de Gran Dolina, en el yacimiento de Atapuerca

Por otro lado, no se ha encontrado jamás una sola prueba de pensamiento simbólico en el registro arqueológico de una época tan remota. Algunos pueblos de nuestra especie han practicado el canibalismo por motivos religiosos y/o mágicos (y aún lo hacen), sin olvidar los casos patológicos. Todas estas hipótesis pueden descartarse para una especie que vivió hace casi un millón de años.
La reconstrucción del ecosistema en el que vivió Homo antecessor nos lleva a pensar que la sierra de Atapuerca era un vergel paradisíaco en aquellos tiempos. Muy probablemente, aquel territorio fue objeto de codicia para todas las tribus que acertaran a pasar por el lugar. Recordemos que esta pequeña elevación se encuentra en el llamado Corredor de la Bureba, una verdadera “frontera” entre las cuencas del Ebro y del Duero y que los humanos siempre nos hemos movido a lo largo de las riberas de los ríos. Así que los enfrentamientos territoriales en la sierra de Atapuerca y sus alrededores debieron de ser frecuentes. El botín de los ganadores se componía de recursos naturales, entre los que podemos contar los propios cuerpos de los vencidos, mujeres, niños, ancianos….Así, en primera instancia, nos puede parecer una salvajada, pero Homo antecessor no era sino una especie aprendiz en contraste con los miembros de Homo sapiens, sus alumnos más aventajados.

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De las guerras y los genes

A191No hace mucho tiempo que los genetistas nos ofrecieron sus estimaciones sobre las diferencias entre el genoma de los chimpancés y el de los seres humanos. Siete millones de años de divergencia evolutiva de nuestros respectivas genealogías se han traducido en cambios morfológicos muy aparentes, pero las diferencias genéticas en las secciones genómicas equivalentes apenas superan el uno por ciento. Por supuesto, esta cifra necesita un análisis mucho más profundo y detallado del que pueden ofrecer unas pocas líneas y tiene que ser realizado por un especialista. Aunque las diferencias resultan sorprendentes y en apariencia insignificantes, no podemos olvidar que una única mutación génica puede tener consecuencias muy llamativas en el producto final. El programa genético concreto puede quedar alterado en sus inicios y desembocar en una cascada de cambios, a lo que tenemos que añadir el nada despreciable efecto de las condiciones ambientales. Chimpancés y humanos somos distintos en muchos aspectos, pero también tenemos mucho en común. Las diferencias son muy interesantes, porque en ellas reside lo que nos define como seres humanos. Pero las similitudes también son dignas de una profunda reflexión.

Los parecidos anatómicos entre ellos y nosotros tienen su relevancia, pero nunca me he parado a pensar en el hígado o en los pulmones. Me atrae mucho más pensar sobre el comportamiento, por las consecuencias que conllevan nuestras actuaciones. Ante todo, no podemos olvidar que nosotros nos desenvolvemos en un ambiente cultural, generalmente muy desarrollado, que enmascara la esencia de nuestro comportamiento. Pensemos por ejemplo en la territorialidad. Como otras muchas especies, los chimpancés son territoriales. Estos primates defienden su territorio con fiereza, porque en él se encuentran los recursos que necesitan para sobrevivir. Los chimpancés pueden llegar a matar por su territorio y, en casos extremos, practican el canibalismo. ¿Y nosotros? En este aspecto del comportamiento somos tan territoriales como todos los primates. Una de las primeras cosas que nos enseñan en el colegio es a distinguir los diferentes países del planeta. Por supuesto, el mapa de nuestro país estará siempre a la vista y en el centro de nuestras vidas. Nuestra casa es inviolable, porque en ese territorio sagrado reside nuestra familia. Haremos lo que sea necesario para evitar que los extraños penetren en ella (alarmas, rejas, cerraduras, vallas protectoras, etc.). Se han redactado leyes para proteger nuestros hogares y otros territorios personales (fincas, huertas, etc.). Si violamos esos territorios lo haremos con el objetivo de conseguir determinados recursos de los que carecemos.

Existen también territorios compartidos por grupos sociales más o menos amplios, desde una simple pedanía hasta un país de 500 millones de habitantes. Esos territorios también son objeto de la codicia en virtud de sus recursos materiales. Podemos pensar que las guerras tienen motivos religiosos, ideológicos, etc. Ciertamente, nuestra mente es tan compleja que somos capaces de pelear por una determinada causa. Pero esa es otra historia que nace de un espejismo. Detrás de cada guerra se esconde la lucha por unos recursos que necesitamos para sobrevivir o mantener nuestro estilo de vida. La única y gran diferencia con los chimpancés es que la tecnología nos permite eliminar contrincantes de manera rápida y masiva. El fracaso de las grandes potencias en su conquista de ciertos países reside en la sorprendente resistencia de los pueblos por defender su territorio. Lo llevamos en el genoma y no lo podemos evitar.

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Los otros humanos

Me preguntan muchas veces sobre el momento en el que nos convertimos en humanos. Dependiendo de quién formule esta pregunta el interés por la respuesta tiene varias lecturas. La más sencilla e inocente pretende averiguar qué caracteres anatómicos establecen una frontera nítida entre los homininos de nuestro linaje que comparten una mayor semejanza con los miembros de la genealogía de los chimpancés y aquellos que más se parecen a nosotros. Si esta es el única intención de la pregunta, podríamos recurrir a una vieja historia sobre la hipotética presencia de un neandertal en el metro de Nueva York vestido con traje y corbata. Ciertamente, bien afeitados, peinados a la moda y quizá con un buen traje (ellos) o vestidas y arregladas con un estilo actual PEDRO LILI(ellas) los miembros de varias de las especies del género Homo pasarían inadvertidos en el metro de cualquier ciudad cosmopolita. Es por ello que no encuentro ninguna razón objetiva para calificar a los miembros de Homo sapiens como humanos y a los de otras especies relativamente próximas en el tiempo como no-humanos, aunque existan diferencias genéticas entre unas y otras.

Las demás especies de nuestra genealogía, aquellas cuyos miembros llamarían la atención y su presencia inquietaría a los viajeros del metro de Nueva York, aún vestidos, duchados y bien arreglados, supongo que no merecen el desprecio de nadie. Al fin y al cabo, si estamos ahora aquí es por ellos sobrevivieron y se adaptaron a todas las vicisitudes del medio ambiente. Tenemos que ponerlos en un sitio de honor en nuestro álbum genealógico y quizá hasta los incluiríamos en el selecto club de los humanos. Aparte de poder caminar erguidos (sin haber perdido la capacidad de trepar con enorme facilidad) el aspecto de aquellos antepasados era esencialmente muy similar al de los chimpancés actuales. Sencillamente, las diferencias genéticas entre nuestros ancestros de hace entre seis y dos millones de años y los actuales chimpancés eran mínimas. Entonces, ¿por qué los “humanos” actuales no tenemos un enorme respeto hacia nuestros primos hermanos? Los miramos con curiosidad en los zoológicos, provocan nuestra sonrisa en los circos, esperamos avances científicos con su sacrificio en los laboratorios, los enviamos al espacio para saber que nos puede suceder a nosotros en situaciones límite y, por supuesto, no nos importa destruir el escaso medio natural que aún les queda en el planeta. Esto mismo es aplicable a otros primates, entre los que incluimos a los demás simios antropoideos (gorilas, orangutanes  e hilobátidos). Todos ellos se encuentran en peligro de extinción.

Por fortuna, no todos los miembros de nuestra especie responden de manera instintiva a la necesidad de eliminar a las especies que no nos resultan provechosas. Por fortuna, muchos piensan en que podemos compartir el planeta con todas ellas. El proyecto Gran Simio, liderado por el español Pedro Pozas Terrados, lucha por algo tan obvio como defender los derechos de nuestros parientes primates más próximos en la evolución. Que tengamos que pelear por defender a otras especies es una razón objetiva para dudar sobre los méritos de muchos de los miembros de nuestra especie para mantener en su curriculum el calificativo de humanos.

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