Archivo por meses: octubre 2013

Estrategias cinegéticas en el Pleistoceno

Lanzas de Shöningen

Lanzas de madera fabricadas por grupos de Homo heidelbergensis, en el yacimiento alemán de Shöningen

El registro arqueológico del Pleistoceno está constituido únicamente por aquellos elementos que pueden conservarse en los yacimientos a través del tiempo. Además de los instrumentos de piedra, los restos óseos de los animales cazados por nuestros ancestros conservan las evidencias de los procesos de carnicería. Los golpes o las marcas de descarnado son una prueba muy clara de que aquellos humanos despiezaron, cortaron tendones, separaron la carne del hueso, o fracturaron las diáfisis de los huesos largos para conseguir la médula. A falta de otras evidencias, podemos creer en la falsa idea de que la dieta de nuestros antepasados europeos estaba formada exclusivamente de los productos derivados de la caza.

Es muy posible que está apreciación sea correcta durante el invierno, la estación del año en la que no se podían recolectar frutos y otros alimentos de naturaleza vegetal. Hace unos 600.000 años, Europa fue colonizada por grupos humanos con una tecnología muy avanzada. No solo controlaban el fuego, sino que eran capaces de curtir la piel o de realizar instrumentos de piedra con una técnica ideada en África un millón de años antes (Achelense), pero totalmente desconocida en Europa hasta entonces. Estos grupos humanos, que la mayoría de especialistas incluyen en la especie Homo heidelbergensis, fueron capaces de alcanzar latitudes elevadas, donde el clima no era tan benigno como en las regiones mediterráneas. Los nuevos pobladores de Europa pudieron vivir en épocas interglaciares (no en épocas glaciares) en los territorios que hoy en día ocupan países como Alemania, Polonia o las regiones más meridionales del Reino Unido. Aunque las estaciones más cálidas del año proporcionasen alimentos de naturaleza vegetal a los grupos de Homo heidelbergensis, es evidente que la caza fue primordial en su subsistencia.

Reflex.40-1 El yacimiento de Shöningen, en Alemania, está situado a una latitud de 52 grados norte. Su antigüedad se ha estimado en unos 400.000 años. Aunque la altitud de este yacimiento es tan solo de poco más de 100 metros sobre el nivel del mar, no cabe duda de que los inviernos fueron muy duros en aquella época. Este yacimiento se formó mediante el depósito de sedimentos, que llegaron a formar una mina de lignitos. Gracias a ello, el yacimiento de Shöningen no solo ha conservado las herramientas de piedra o los miles de restos óseos de caballos, ciervos o bisontes cazados por nuestros ancestros, sino que también ha preservado lanzas de madera fabricadas por grupos de Homo heidelbergensis. La conservación de la madera es un hecho excepcional en los yacimientos arqueológicos, que nos habla de los conocimientos del medio y de las capacidades técnicas de los homininos. Estas lanzas son un claro testimonio de la caza a cierta distancia. Las lanzas están fabricadas con los troncos de ejemplares jóvenes de abetos y pinos (abundantes en climas del norte de Europa). Su longitud media es de dos metros y su fabricación denota conocimientos técnicos muy sofisticados. Por ejemplo, el centro de gravedad se sitúa en el tercio anterior de las lanzas, a una distancia de la punta similar a la de las jabalinas actuales. Las réplicas de las lanzas de Schöningen pueden ser lanzadas por atletas hasta una longitud de 70 metros, a unos treinta metros del record del mundo en lanzamiento de jabalina.

La gran complexión de los individuos de Homo heidelbergensis, que llegaron a medir 180 centímetros y alcanzar un peso de 100 kilogramos, permitiría lanzar sus jabalinas con la fuerza suficiente como para atravesar la piel y alcanzar los órganos vitales de caballos o ciervos sin acercarse a sus presas. Y todo ello sin olvidar su notable organización social, que facilitaría las estrategias cinegéticas, perfectamente planificadas. La visión de las habilidades cognitivas de nuestros antepasados mejora cada vez que se encuentra un nuevo yacimiento. Shöningen es un magnífico ejemplo de que estos y otros humanos, de especies distintas a la nuestra, están muy cerca de nosotros en su inteligencia y su capacidad para la innovación.

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Un cráneo que traerá polémica

Dmanisi D4500

Cráneo D4500, durante su limpieza y restauración. Foto de Elena Lacasa y Pilar Fernández.

La revista Science publica hoy un artículo sobre el último cráneo hallado en el yacimiento de Dmanisi, en la República de Georgia. Por el momento, los restos fósiles de homininos encontrados en este yacimiento son los más antiguos encontrados fuera del continente africano, con una cronología de 1,8 millones de años. Se trata de cinco esqueletos, seguramente completos, que poco a poco se han ido recuperando desde 1991. Aunque el cráneo número cinco (D4500) fue encontrado en 2006, los especialistas han demorado su publicación hasta 2013. Ignoro las razones, aunque puedo imaginar las dudas que surgieron en el seno del equipo investigador principal de Dmanisi ante las características de este ejemplar.

Los responsables de la excavación de Dmanisi asumieron que los cinco individuos hallados hasta el momento murieron en un lapso de tiempo prácticamente instantáneo, posiblemente relacionado con una erupción volcánica. En otras palabras, todos ellos pudieron pertenecer a la misma población y, por tanto, a la misma especie. No todos están de acuerdo, y existen datos geocronológicos que sugieren una hipótesis diferente. La historia de las investigaciones es muy larga y ya ha sido objeto de un libro muy interesante redactado por mi buen amigo el investigador Jordi Agustí junto al responsable de las excavaciones, David Lordkipanidze. En esa historia hemos participado varios miembros del equipo investigador de Atapuerca, por lo que las conclusiones que se publican hoy en la revista Science nos interesan y mucho.

Esas conclusiones también van a interesar a muchos especialistas, que sin duda habrán generado un buen torrente de adrenalina entre los lectores. El caso es que el cráneo que hoy se publica y su mandíbula correspondiente (D2600), hallada en 2000, tienen un tamaño muy superior al de los otros especímenes. A pesar de ello, el neurocráneo de D4500 es más pequeño (546 centímetros cúbicos) que el de los restantes cráneos. Desde hace tiempo venimos advirtiendo a David Lorkipannidze sobre la posibilidad de que en Dmanisi se estén encontrando dos especies o subespecies distintas. Un investigador británico (Matthew Skinner), que también estudió los originales de las mandíbulas, se atrevió a publicar un artículo en una revista de mucho impacto científico, en la que advertía sobre las diferencias de tamaño de D2600 y las otras mandíbulas. Esas diferencias eran incluso superiores a las que presentan los gorilas, cuyo dimorfismo sexual (diferencias de peso y tamaño entre machos y hembras) es del 100%. Los machos de gorila duplican el peso de las hembras, debido a su particular biología social. Los machos pelean entre sí por cubrir a todas las hembras de su grupo.

Por descontado, ese trabajo no fue del agrado del equipo investigador de Dmanisi, que siempre ha optado por defender la unicidad de la especie, sin duda aconsejados por los investigadores extranjeros que colaboran con ellos.
El cráneo D4500 y la mandíbula D2600 forman un especimen realmente espectacular, con un cráneo pequeño y un aparato masticador descomunal. Los dientes son enormes y su desgaste sugiere una masticación prolongada de alimentos de origen vegetal. El tamaño y la forma de este cráneo contrasta con los otros cuatro ejemplares, de cerebros algo más grandes (600-700 centímetros cúbicos) y aparato masticador reducido.

A pesar de ello, los autores de artículo de Science vuelven a defender la unicidad específica de todos los ejemplares de Dmanisi, que incluyen en la especie Homo erectus. Es más, se atreven a ir mucho más allá, sugiriendo que la variabilidad descrita desde hace años en yacimientos africanos (Homo habilis, Homo rudolfensis y Homo ergaster) puede resultar un artefacto debido a las limitaciones del registro fósil. Se trata de una verdadera “vuelta de tuerca”, que no será bien acogida por una gran mayoría de especialistas.

En mi opinión, los argumentos que se vierten en este último trabajo sobre cuestiones paleoecológicas son poco consistentes y olvidan las diferencias entre los ecosistemas de África y Eurasia durante los últimos dos millones de años. Que la especie Homo erectus incluya a todos los ejemplares africanos y eurasiáticos comprendidos entre hace dos millones de años y 100.000 años me parece cuando menos una osadía con una base científica muy dudosa. La variación que se observa en el registro del género Homo en todo este tiempo es considerablemente superior a la que mostramos hoy en día las centenares de poblaciones que formamos la especie Homo sapiens.

Como conclusión, tengo la certeza de que en los próximos meses asistiremos a una reacción de una gran parte de la comunidad científica para poner cada cosa en su sitio. El hecho de que una revista tan influyente como Science publique un cierto trabajo no convierte a sus conclusiones en dogma científico, sino en materia de debate.

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El primer éxodo

Valle-de-riftDesde hace unos dos millones y medio de años las poblaciones del género Homo se movieron a través de todo el gran Valle del Rift. Esta gran fractura de la corteza continental africana comienza cerca de la costa situada frente a Madagascar, continúa por el mar Rojo desde regiones del cuerno de África y termina en el valle del Jordán, ya en el Corredor Levantino. El Valle del Rift está jalonado por los grandes lagos de África y muchos de sus amplios territorios se sitúan bajo el nivel del océano Pacífico. Dentro de algunos millones de años, un buen pedazo de África se habrá separado del continente. Pero esta es una larga historia, que merece ser contada en otra ocasión.

El Valle del Rift gozaba entonces de un clima muy aceptable y de abundantes cursos fluviales, muchos de los cuales desembocaban en los enormes lagos del este de África. Su vegetación de sabanas y bosques de galería asociados a las riberas de los ríos facilitaron la vida de nuestros antepasados. En aquella época, el desierto del Sáhara aún no llegaba hasta la regiones ocupadas en la actualidad por Egipto, por lo que el paso desde el África hacia Eurasia era muy factible.
Mientras no se demuestre lo contrario, la primera migración de las poblaciones del género Homo ocurrió hace unos dos millones de años. Las evidencias arqueológicas y paleontológicas de esa migración se localizan en varios yacimientos de la actual República de Georgia. Pronto tendré ocasión de escribir sobre el yacimiento de Dmanisi, donde se han localizado los restos de los homininos más antiguos de Eurasia. Se ha escrito mucho sobre esta primera migración ¿Qué razones impulsaron a nuestros antepasados a peregrinar hasta latitudes tan elevadas?, ¿fueron siguiendo a sus presas?, ¿huían quizá de sus predadores, de enfermedades propias de África o tal vez de la presión de otras poblaciones de homininos?

Quizá nunca conozcamos la respuesta, pero lo cierto es que esta migración no supuso ningún trauma, puesto que el clima de las regiones más meridionales del hemisferio norte tenían entonces un clima muy benigno. Por supuesto, nadie tuvo que pasar ninguna frontera política y nadie supo que había salido de las tierras que hoy en día reconocemos como pertenecientes al continente africano. Los homininos siguieron su instinto y tal vez alguna necesidad para lograr una gran expansión demográfica, a la postre muy importante para el devenir del linaje humano.
La dieta de estos humanos viajeros seguramente no tuvo que ser alterada de manera significativa, puesto que lugares como la actual República de Georgia gozaban de un clima tropical, como antiguos reductos del clima del Mioceno, la época geológica que comprende entre hace entre 23 y algo más de cinco millones de años.
Valle del Rift.2
Sin embargo, el clima se estaba enfriando y todas las regiones del hemisferio norte, incluidas las situadas más al sur, comenzaron a notar con intensidad creciente los efectos de las glaciaciones. La llamada “transición del Pleistoceno Inferior al Pleistoceno Medio”, un período que comprende entre hace 1,2 millones de años y 800.000 años, supuso el cambio de las glaciaciones de una periodicidad de 41.000 años a las intensas glaciaciones que todos conocemos por el cine y por otros medios de comunicación. Los últimos e intensos períodos glaciares fueron causados por múltiples factores, todavía no bien comprendidos por los expertos, pero sus efectos fueron devastadores para la flora y la fauna del hemisferio norte ¿Cómo influyeron en nuestra evolución?

Contestar a esa pregunta en toda su extensión excede con generosidad los límites de un post. Es por ello que de momento me voy a detener en el tema de la dieta. Si en regiones de climas tropicales la comida está asegurada todo el año, en regiones con estacionalidad y diferencias importantes en la cantidad de luz solar según la época del año no sucede los mismo. Esta afirmación vale tanto para el Pleistoceno como para épocas recientes en las que hemos desarrollado la agricultura. Si nos fijamos en los productos vegetales, la primavera es época de brotes tiernos, el verano y los comienzos del otoño es época de buenos frutos, mientras que el invierno carece de estos alimentos. Durante el crudo invierno los homininos tuvieron que recurrir al único alimento disponible: la carne y la grasa de los animales. Si los primeros representantes del género Homo fueron carroñeros (como expliqué en un post anterior), los humanos que habitaron el hemisferio norte aumentaron su talla y su peso de manera significativa, llegando a convertirse en formidables cazadores. La selección natural realizó su papel y los humanos se adaptaron para sobrevivir en condiciones muy complejas. Una vez más, la dieta jugó un papel primordial en la evolución de la humanidad.

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