Archivo por meses: Enero 2014

El cerebro del Antropoceno

Reflex.66Según todas las evidencias aportadas por la genética y la paleontología, nuestra especie se originó en África hace entre 250.000 y 200.000 años. La morfología de la parte interna del cráneo de los ejemplares fósiles recuperados revela que su cerebro tenía el mismo tamaño y forma que el de las poblaciones actuales. La pregunta que surge de inmediato es: ¿porqué hemos tardado más de 200.000 años en conseguir una tecnología como la que disfrutamos en la actualidad, si ya disponíamos de un cráneo sapiens?

Los genetistas consideran, con buen criterio, que durante este largo período de tiempo se produjeron mutaciones en ciertos genes responsables del desarrollo cerebral. Con estos cambios pudo aparecer el arte, desarrollarse las capacidades simbólicas, etc. En otras palabras, el cerebro de las poblaciones de Homo sapiens de hace 200.000 años estaba “a falta de un hervor” para conseguir logros artísticos y tecnológicos de enorme influencia en el devenir de nuestra evolución.

Por supuesto, es obvio que nuestro genoma no quedó “congelado” hace 200.000 años, sino que hemos continuado evolucionando. Aunque esos cambios no han modificado sustancialmente nuestro aspecto, si han permitido importantes adaptaciones para conseguir transformarnos en una especie cosmopolita. Si bien no es posible demostrarlo con evidencias científicas, el desarrollo cerebral de las poblaciones pretéritas de Homo sapiens ha tenido que cambiar de algún modo en 8.000 generaciones.

Sin embargo, no es menos cierto que los avances tecnológicos importantes se han logrado en muy pocos cientos de años. Es más, el método científico riguroso y generalizado no tiene más de un siglo, a pesar de que tengamos conocimiento de mentes privilegiadas y de sus logros desde que comenzó a escribirse la historia de la humanidad. Así pues, tendremos que añadir un ingrediente más a la explicación del momentáneo éxito arrollador de nuestra especie, si queremos explicar el avance exponencial de la tecnología en los últimos decenios.

La invención de la agricultura y la domesticación de los animales supuso un avance decisivo en el modelo económico de la humanidad. De ahí que ese modelo se extendiera como la pólvora desde los diferentes focos en los que apareció. El consiguiente aumento demográfico que supuso el Neolítico se manifestó pronto en el surgimiento de núcleos importantes de población. En muchos lugares del planeta se desarrollaron diferentes civilizaciones que, por unos motivos o por otros, terminaron su prosperidad y han quedado para el estudio de la arqueología de la historia más reciente. En la actualidad estamos asistiendo a la aparición de nuevas civilizaciones, que parecen haber llegado mucho más lejos. Si no surgen imprevistos, estas civilizaciones lograrán colonizar otros planetas. Y lo cierto es que los individuos del siglo XXI no somos distintos de los individuos de las civilizaciones que prosperaron en Egipto, en China o en el continente Americano. Unos y otros hemos tenido en común una intensa interacción mental. Dicho de otro modo, hemos funcionado con un gran “cerebro colectivo” y no como elementos aislados. La capacidad para la innovación puede estar en la mente de un individuo, pero esa capacidad solo puede prosperar si existe un diálogo entre dos o más mentes activas, pretéritas o presentes. Cada innovación se alimenta de conocimientos acumulados durante años (diálogo con el pasado) y de los conocimientos de sus contemporáneos (diálogo con el presente).

Es evidente que nuestros antepasados artistas de Altamira fueron unos genios del arte, pero quizá no tuvieron ocasión de compartir sus conocimientos más que con un puñado de congéneres de su clan o de clanes próximos. Esos conocimientos artísticos y las innovaciones tecnológicas se extendieron con enorme lentitud durante el Pleistoceno y el Holoceno. Sin duda el encuentro entre genios del arte o de la tecnología pudo ser muy ocasional. En la actualidad ese encuentro es muy frecuente e inmediato (congresos, vídeo-conferencias, etc.). El arte, en sus múltiples facetas, o el conocimiento científico se comparten con increíble rapidez. Nuestro desarrollo cerebral seguirá acumulando cambios genéticos, pero el progreso de la humanidad se mueve exponencialmente gracias a nuestro cerebro colectivo. Es por ello que los expertos hablan ya del Antropoceno, un nuevo período marcado por la intervención humana, para bien o para mal.

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Evolución humana en China

chinos

Un grupo de científicos del Equipo Investigador de Atapuerca colabora en varias materias con paleoantropólogos y arqueólogos del Instituto de Paleontología de Vertebrados y Paleoantropología (IVPP) de Pekín

China tiene un enorme potencial para el estudio de la evolución humana. En su haber figuran cientos de yacimientos arqueo-paleontológicos, muchos de ellos con restos fósiles humanos. La antigüedad de sus yacimientos lleva las raíces de su primer poblamiento hasta el Pleistoceno Inferior, con dataciones que rozan el millón y medio de años. Por descontado, su historia milenaria más reciente es la de una civilización próspera y rica en contribuciones al progreso de la humanidad.

La prehistoria de China estuvo de moda en los años treinta y cuarenta del siglo XX, gracias a los fabulosos hallazgos en el yacimiento de Chou-k’ou-tien (Zhoukoudian) próximo a Pekín, que desgraciadamente se perdieron durante la segunda guerra mundial. Desde entonces, la prehistoria de China estuvo sumida en un gran desconocimiento para los científicos occidentales. Se publicaron muchos trabajos sobre esos yacimientos en chino tradicional, el idioma más hablado del mundo. Pero esas publicaciones han pasado inadvertidas por cuestiones obvias. Hasta hace relativamente poco tiempo esta lengua (y otras muchas formas de la gran familia de lenguas siníticas) apenas se han hablado fuera de las propias fronteras de ese gran país.

Las cosas han cambiado y lo están haciendo a gran velocidad. Los expertos chinos ya han publicado docenas de trabajos en revistas científicas anglosajonas (algunas de gran prestigio) y las cooperaciones están a la orden del día. Recuerdo bien que durante los años ochenta del siglo XX el antiguo poblamiento de China se percibía de manera muy simplista por falta de información. La idea generalizada, que aún persiste, era la de un poblamiento homogéneo por la especie Homo erectus, que colonizó el enorme continente de Asia desde la región de Sunda (unidad territorial de las grandes islas de Sumatra, Java y Borneo, etc. durante los fuertes descensos del nivel del mar en las fases glaciales) hasta más poco más allá del paralelo 45º. En pocos años los prehistoriadores chinos más jóvenes han ido adaptando sus hallazgos y descubrimientos a los paradigmas cambiantes elaborados en el mundo occidental, tratando de eliminar ideas conservadoras, casi dogmáticas.

Asia es un enorme continente con una gran diversidad de ambientes. Antes hablaba de las islas de Sumatra, Java y Borneo que, junto al resto del sudeste asiático, gozan de un clima tropical. En el norte de China o en Mongolia, el clima continental y las frías temperaturas fueron una barrera infranqueable para los homininos hasta la llegada de Homo sapiens. Los miembros de nuestra especie se encontraron con poblaciones reducidas y aisladas en zonas de clima aceptable (Homo erectus, Denisovanos y quizá otras), con las que hibridaron de manera puntual y tuvieron descendencia fértil. Así pues, no puede resultar extraño que poco a poco se vaya descubriendo una gran diversidad morfológica en las poblaciones humanas del Pleistoceno de China. Si durante el mismo período la península europea tuvo una gran diversidad ¿que podemos esperar del vastísimo territorio de Asia? Mi predicción es que pronto habrá muchas sorpresas sobre el poblamiento de Asia.

El llamado “gigante asiático” progresa en ciencia a enorme velocidad y sus cosmonautas ya han pisado la luna. La arqueología y la paleoantropología de China también han avanzado con paso firme. Sus científicos más jóvenes se han ido formando en universidades de otros países y tienen un enorme interés en dar a conocer el enorme patrimonio del país. Muy pronto, esos jóvenes estarán proponiendo sus propios paradigmas al mundo occidental. Si China estuvo de moda en la primera mitad del siglo XX por los hallazgos en Zhoukoudian, lo volverá a estar en los próximos decenios, tanto por la puesta al día de sus innumerables yacimientos como por el descubrimientos de otros muchos.

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El cerebro y la mente del adolescente

cerebroDesde siempre hemos considerado que la adolescencia representa una etapa muy problemática de nuestra vida. Y es correcto, aunque solo en parte. La adolescencia representa aproximadamente un tercio de nuestro desarrollo antes de alcanzar el estado adulto. El hecho de que la especie humana dedique tanto tiempo a la adolescencia ha de tener una explicación en términos adaptativos. Los expertos de los años noventa del siglo XX especulaban con la posibilidad de que esta etapa tan larga representara una especie de preparación para llegar a ser adultos con la experiencia suficiente para lograr reproducirnos de manera responsable. En otras palabras, en esa larga etapa aprenderíamos a ser mejores padres, lo que conllevaría una ventaja selectiva para la especie. Al fin y al cabo, el éxito de las especies se mide por su capacidad para dejar descendientes en la siguiente generación.

La adolescencia es un período de cambios muy evidentes en nuestro organismo y en nuestro comportamiento. Durante la adolescencia se producen cambios hormonales significativos de consecuencias muy obvias, la estatura se dispara (sobre todo en los chicos) mediante el llamado estirón puberal y nos alejamos cada vez más de nuestros progenitores con el deseo de independizarnos lo antes posible. Es ley de vida. Los especialistas en el cerebro se han preocupado por saber que sucede en el cerebro de los adolescentes. Está muy claro que la mente de los chicos y chicas de estas edades está experimentando cambios muy importantes. Los pensamientos y el comportamiento de los adolescentes revelan esos cambios.

Hace unos días escribía sobre la ralentización del desarrollo del cerebro, como una adaptación fundamental del género Homo. Los expertos en neurociencias están demostrando que esta ralentización se prolonga hasta bien entrada la veintena. Nuestra larga adolescencia es una buena estrategia para completar el proceso, aunque es necesario entender algunos matices no menos importantes e inquietantes.

Durante la adolescencia el cerebro experimenta una reorganización muy importante de las conexiones neuronales. Perderemos aquellas que fueron necesarias en los primeros años de vida a cambio de conseguir otras muchas imprescindibles para vivir la vida como adultos. Este cambio nos produce cierta desorientación, porque nuestros valores, necesidades, inquietudes, gustos, etc. están cambiando en poco tiempo. Despertamos a una nueva realidad, mucho más compleja que la añorada inocencia infantil, pero a la vez sumamente interesante. Nos comemos el mundo, porque estamos llenos de vitalidad. En no pocas ocasiones, esa pasión resulta en un desenlace fatal. Además, esos cambios pueden degenerar en determinadas enfermedades mentales, como la esquizofrenia. Es el precio que pagamos como especie, aunque suene muy duro. Pero lo más natural es salir triunfantes de la adolescencia, con un mente mucho mejor preparada.

Por otro lado, las prolongaciones nerviosas de todo el cuerpo, incluyendo por supuesto las cerebrales, se irán protegiendo progresivamente con la vaina de mielina que producen ciertas células del sistema nervioso. La consecuencia final será una velocidad de transmisión de los impulsos nerviosos hasta cien veces más rápida. Un cambio nada desdeñable, que suele terminar hacia los 24 ó 25 años Como resultado, habremos conseguido un cerebro mucho más eficaz para enfrentarnos al medio. En definitiva, nuestra especie completa el desarrollo del cerebro ¡casi veinte años más tarde que en los chimpancés! Y lo más interesante es que nuestro cerebro tendrá todavía suficiente plasticidad para seguir aprendiendo durante muchos años, al menos hasta que algún proceso degenerativo termine con esa capacidad. Es por ello que nunca tendríamos que arrojar la toalla en lo que se refiere al aprendizaje. Durante muchos años tendremos posibilidades para crear, innovar, aprender, estudiar, analizar, criticar, opinar o juzgar. Nuestro cerebro nos lo permite, a menos que otros decidan por nosotros.

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