Archivo por meses: marzo 2015

Boxgrove, el yacimiento olvidado

Hacha de mano (bifaz) de Boxgrove.

Hacha de mano (bifaz) de Boxgrove.

Las excavaciones en Boxgrove comenzaron en 1982. Este yacimiento británico está situado en el condado de West Sussex, al  sur de la Gran Bretaña y no lejos de Londres. La superficie total del yacimiento tiene cerca de diez hectáreas, una extensión equivalente a unos diez campos de fútbol. En el Reino Unido no abundan los yacimientos del Pleistoceno, simplemente porque durante el 80 por ciento del último millón de años la mayor parte de su superficie estuvo cubierta por un manto de hielo. Así que Boxgrove representaba un buen lugar para obtener información sobre el primer poblamiento de las Islas Británicas. Las evidencias arqueológicas eran magníficas. A medida que progresaba la excavación se fue obteniendo una colección extraordinaria de herramientas de piedra de tecnología achelense. Se realizaron dataciones  y se llegó a la conclusión de que el yacimiento tenía aproximadamente medio millón de años. En otras palabras, Boxgrove contenía pruebas incontestables sobre la presencia más antigua de seres humanos en Europa. El descubrimiento de la mandíbula de Mauer en 1907 (Homo heidelbergensis) siempre había dejado muchas lagunas sobre el lugar de su hallazgo en las arenas de las terrazas del río Neckar. Los fósiles de animales del yacimiento sugerían unos 600.000 años de antigüedad. Pero la presencia de determinados fósiles no es una prueba definitiva para dictaminar de manera inequívoca sobre la posición temporal de un yacimiento. Se necesitan los datos cuantitativos que ofrecen los diferentes métodos de la gecronología. Ya adelanto que esa antigüedad ha podido ser corroborada en 2010 mediante el uso del método ESR y de las series de los isótopos del uranio.

Tibia humana de Boxgrove.

Tibia humana de Boxgrove.

En los años 1980s y la primera parte de la década de los años 1990s se debatía sobre la posibilidad de una colonización de Europa por parte de alguna especie humana en fechas  anteriores al medio millón de años. Las evidencias eran escasas y muchos yacimientos, supuestamente muy antiguos, se podían cuestionar por diferentes razones. Entre ellos estaba el propio nivel TD4 del yacimiento de la cueva de la Gran Dolina, en la sierra de Atapuerca. En 1990 y 1991 habíamos encontrado cuatro herramientas de cuarcita de manufactura muy primitiva. Los restos fósiles de animales encontrados en este nivel apuntaban a fechas próximas al millón de años. Sin embargo, estábamos en la misma situación que el propio yacimiento de Mauer. Los datos aportados por la fauna eran insuficientes. Además, un nutrido grupo de arqueólogos europeo dudaba de la autenticidad de las herramientas encontradas en TD4 y en otros yacimientos del viejo continente de una antigüedad similar. Entre ellos estaba el responsable de Boxgrove, Mark Roberts.

Situación del manto de hielo en Europa durante la última glaciación. Las Islas Británicas estaban unidas al resto del continente europeo, pero las regiones libre de hielo tenían un clima muy frío y una vegetación propia de la tundra, prácticamente inhabitable para muchas especies animales.

Situación del manto de hielo en Europa durante la última glaciación. Las Islas Británicas estaban unidas al resto del continente europeo, pero las regiones libre de hielo tenían un clima muy frío y una vegetación propia de la tundra, prácticamente inhabitable para muchas especies animales.

Así las cosas, en 1994 apareció una tibia humana en el yacimiento de Boxgrove. Fue todo un acontecimiento en el Reino Unido. El 26 de mayo de ese mismo año la portada de la revista Nature nos mostraba el hallazgo de Boxgrove. Se publicó con la convicción de que se había encontrado el resto humano más antiguo de Europa. Estoy seguro que la mandíbula de Mauer se “revolvía” en su cajón de la Universidad de Heidelberg. O quizá lo hacían quienes la custodiaban.

A finales de mayo de 1994 el equipo de Atapuerca ya estaba planificando la continuidad de la excavación del sondeo arqueológico de Gran Dolina, iniciado un año antes. El 8 de julio de 1994 aparecieron en el nivel TD6 cerca de un centenar de fósiles humanos, 150 herramientas de sílex y cuarcita de manufactura muy primitiva, así como varios centenares de restos de micro- y macromamíferos. Esta información fue trascendental para situar en el tiempo el nivel TD6, mediante el estudio del magnetismo remanente de toda la secuencia sedimentaria de Gran Dolina. Las evidencias no ofrecían dudas. Los fósiles humanos y las herramientas tenían más de 780.000 años. Los primeros resultados se publicaron en 1995 en la revista Science. Dos años más tarde, la misma revista publicó la diagnosis de la especie Homo antecessor. Los responsables de todos los yacimientos cuestionados por la arqueología europea respiraron tranquilos, pero el yacimiento de Boxgrove pasó a un segundo plano, especialmente cuando su antigüedad se situó entre 400.000 y 450.000 años, coincidiendo con una de las fases cálidas del Pleistoceno. Solo en esos períodos las Islas Británicas eran habitables.

La lección que todos aprendimos fue importante. Cada descubrimiento tiene que pasar por muchas pruebas antes de lanzar las campanas al vuelo. Es mejor ser prudentes que caer en el olvido. El caso de Boxgrove es injusto, porque las hachas de mano y otras herramientas de tecnología achelense son auténticamente “de libro” por su perfección. Boxgrove dice mucho sobre el poblamiento de las Islas Británicas en un cierto momento del Pleistoceno. Otros yacimientos más antiguos del Reino Unido, como Happisburg y Pakefield, le han robado todo el protagonismo que tuvo en su día.

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La torre de Babel

La hipótesis con más aceptación entre los especialistas en lingüista sugiere que las lenguas de la familia Indo-Europa tienen su origen hace entre 8.000 y 9.500 años en regiones del Corredor Levantino, el sur de la península de Anatolia o otras regiones del suroeste de Asia. Se trata de la denominada “hipótesis de Anatolia”, generalmente bien documentada por las migraciones de los agricultores y ganaderos que vivían en esta región del planeta. La gran innovación que supuso la agricultura y la ganadería  (cultura neolítica) conllevó su rápida diseminación desde aquellas regiones en las que empezó a practicarse. En el caso del suroeste de Asia y el sur de la península de Anatolia, la influencia del neolítico se extendió hacia la India y hacia las regiones del norte de Europa. La dispersión de las poblaciones que llevaban consigo las nuevas innovaciones supuso igualmente una extraordinaria diversidad de lenguas. En la actualidad, tres billones de personas hablamos lenguas indoeuropeas, que se pueden agrupar en diferentes familias (germánicas, eslavas, romances, etc.) sin olvidar el sánscrito, una de las lenguas clásicas más antiguas de la India. Se pueden contabilizar más de 400 lenguas y dialectos diferentes derivados de la lengua original indo-europea. El último trabajo relacionado con esta hipótesis fue realizado por Quentin Atkinson, de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda), que confeccionó un árbol genealógico de todas estas lenguas y dialectos. Las raíces de este árbol profundizan más allá de los 8.000 años de antigüedad.
torre_babel
Sin embargo, esta hipótesis ya tiene competencia. Paul Heggerty, lingüista del Departamento de Antropología Evolutiva del Instituto Max Planck de Alemania, sostiene que el origen de estas lenguas es más reciente (entre 6.000 y 5.000 años) y que su origen habría que situarlo en las estepas que actualmente ocupan parte de Ucrania y de la Federación de Rusia. La nueva teoría ha sido bautizada como hipótesis de “hipótesis de la estepa”. Esta teoría propone que la expansión de las poblaciones de la estepa fue favorecida por la domesticación de los caballos y la invención de la rueda. En otras palabras, las personas podrían trasladarse con cierta rapidez mediante carros tirados por caballos, diseminando su cultura por otras regiones. No obstante, el problema más importante con el que tropieza esta hipótesis es la ausencia de documentación arqueológica y antropológica de migraciones desde esta región de Eurasia hacia otros lugares de Europa o de la India.

Como está sucediendo en los últimos años, la genética puede aportar información muy valiosa en este ámbito de la ciencia. Las migraciones milenarias pueden seguirse a través de los marcadores genéticos detectados en esqueletos hallados en yacimientos relativamente antiguos. Por ejemplo, el equipo liderado por David Reich (Universidad de Harvard) ha confirmado migraciones hacia Europa hace entre 8.000 y 3.000 años  procedentes del suroeste de Asia. Aquellos pobladores emigraron y se mezclaron con los europeos de entonces. No obstante, los miembros de este equipo también han detectado una segunda migración más reciente protagonizada por pastores de la denominada cultura Yamnaya, originarios de regiones de Rusia y Ukrania. La antigüedad de estos pastores se remonta a unos 4.000 ó 5.000 años, coincidiendo en la fecha con la hipótesis de Paul Heggerty. Estos pastores dieron origen a la cultura de la cerámica cordada, que se extendió por buena parte del norte de Europa, y su genoma persiste en ciertas poblaciones actuales, como las de Noruega, Escocia y Lituania.

Este debate interesa a nuestra propia lengua. En el marco de la hipótesis de Anatolia, las lenguas románicas habrían derivado de la antigua lengua indoeuropea, antecesora común de todas las lenguas habladas en la actualidad desde la India hasta el norte de Europa. Por el contrario, según la hipótesis de la estepa, las lenguas románicas habrían evolucionado a partir de la lengua hablada en las estepas del norte del Mar Negro. Esta teoría tiene dos problemas. En primer lugar, se desconoce totalmente la lengua de los pastores Yamnaya. Además, las lenguas románicas tendrían que haber evolucionado muy rápidamente, para diferenciarse tanto de las lenguas germánicas o eslavas. Las investigaciones mediante el análisis del ADN antiguo no podrán dar todas las respuestas, sencillamente porque su conservación no siempre es la adecuada.

Como corolario de estas investigaciones, y sea cualquiera la hipótesis que más se acerque a la realidad de los hechos, los humanos que vivimos en Europa y buena parte de Eurasia tenemos una biología muy próxima, mientras que la cultura nos ha distanciado en muy pocas generaciones. El lenguaje, ese carácter tan humano, resulta el mayor impedimento para la integración, tan necesaria en los tiempos que vivimos.

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¿Llegaremos a ser más altos? ¿Qué sabemos de la estatura en el pasado?

En Agosto de 1984 Kamoya Kimeu, colaborador de Richard Leakey, encontró el primer resto fósil del esqueleto catalogado como KNM-WT 15000 por el Museo Nacional de Kenia. El resto fue hallado entre los sedimentos de un río seco, afluente del río Nariokotome, cinco kilómetros al oeste del lago Turkana. El 21 de septiembre de ese mismo año los fondos disponibles para la excavación de aquel yacimiento se habían terminado. Sin embargo, en esa fecha el equipo de Richard Leakey había reunido piezas suficientes para reconstruir el esqueleto más completo de un hominino recuperado hasta ese momento. Su antigüedad se ha confirmado recientemente mediante los isótopos del argón en torno a un millón y medio de años. Los defensores de la taxonomía estricta y cerrada atribuyen este fósil a la especie Homo erectus, mientras que los que defendemos una clasificación más abierta y una revisión de los criterios pensamos que el esqueleto KNM-WT 15000 tiene que ser incluido en la especie Homo ergaster.

Reconstrucción del chico de Turkana

Reconstrucción del chico de Turkana

Una vez recuperado, el fósil KNM-WT 15000 fue objeto de innumerables estudios. El esqueleto perteneció a un individuo inmaduro (bautizado como el chico de Turkana), que ya tenía los segundos molares funcionales. Sus “muelas del juicio” seguían todavía en pleno desarrollo. Su estatura alcanzaba unos 160 centímetros en el momento de la muerte. Este dato llamó la atención porque, en teoría, este chico todavía habría tenido unos cinco años para seguir creciendo ¿Qué estatura habría alcanzado, caso de haber llegado al estado adulto?.

En 1985 se había publicado en la revista “Nature” el primer trabajo que cuestionaba las viejas teorías sobre el modelo de crecimiento y desarrollo de los homininos. Se tenía por seguro que los australopitecos, los parántropos y los representantes más primitivos del género Homo crecían y se desarrollaban como lo hacemos nosotros en la actualidad. Aquel trabajo de Nature, firmado por Timothy Bromage y Christopher Dean, sostenía que nuestros ancestros tenían un modelo de crecimiento y desarrollo similar al de los simios antropoideos. Esta conclusión se ha confirmado en multitud de investigaciones, no sin un debate acalorado por parte de sus detractores. En la fecha del hallazgo del chico de Turkana ese debate estaba en pleno auge y quienes estudiaron los aspectos biológicos de aquel fósil prefirieron seguir la tradición. De este modo, los científicos asumieron que el chico de Turkana falleció en plena adolescencia, a la edad de 13 años. La reconstrucción de su pelvis sugería que aquellos humanos tenían un gran parecido en su estructura corporal con los actuales individuos del pueblo Masai de Kenia. Al fin y al cabo, el chico de Turkana vivió en un ambiente tropical. Todo parecía encajar y se llevó a cabo un estudio para predecir el peso y la estatura del chico de Turkana, caso de haber alcanzado el estado adulto. Los resultados sugerían una estatura de unos 185 centímetros y un peso de 68 kilogramos. Sin duda, el chico de Turkana podría haber participado con éxito en pruebas olímpicas de velocidad.

Reproducción del esqueleto de Homo ergaster KNM-WT 15000

Reproducción del esqueleto de Homo ergaster KNM-WT 15000

Pasaron los años y se comprobó que la reconstrucción de la pelvis era incorrecta. El chico de Turkana tuvo una pelvis tan ancha como la de todos los homininos. Su aspecto de Masai, alto y sumamente delgado, tuvo que dejarse a un lado. Además, las investigaciones sobre el crecimiento y el desarrollo terminaron por demostrar que los homininos más antiguos tuvieron un patrón muy distinto del nuestro. Quizá el chico de Turkana no murió durante su adolescencia, simplemente porque hace 1,5 millones de años Homo ergaster carecía de este período tan característico de nuestro desarrollo. Es más, las revisiones sobre el crecimiento de sus dientes rebajaron en nada menos que cinco años la estimaciones de su edad de muerte. El chico de Turkana falleció cuando tenía unos 8 años. Su modelo de crecimiento y desarrollo estaba notablemente más próximo al de los chimpancés que al de Homo sapiens. Había que volver a empezar.

En un trabajo muy reciente publicado en la revista “Journal of Human Evolution”, Christopher Ruff y Loring Burges han realizado una reevaluación del peso y la estatura del chico de Turkana utilizando el modelo de crecimiento y desarrollo de chimpancés y gorilas. Si la nueva edad de muerte estimada para este individuo es correcta, aún hubiera podido crecer al menos durante tres años, pero sin la ventaja del estirón puberal que tenemos los humanos actuales durante la adolescencia. Pero aún con el modelo de los simios antropoideos, el chico de Turkana habría alcanzado 180 centímetros de estatura y un peso de 80 kilogramos (una vez corregida la morfología de su pelvis). Se podría restar un par de centímetros a la estatura, debido a que el cráneo de Homo ergaster era algo más bajo que el nuestro. Aún así, nuestros ancestros del Pleistoceno Inferior llegaron a tener una estatura más elevada que la de muchas poblaciones recientes de Homo sapiens. Los datos obtenidos para Homo antecesor y los humanos del yacimiento de la Sima de los Huesos de Atapuerca, por ejemplo, también superan con holgura los 170 centímetros. Todo parece indicar que el techo de la estatura promedio de la genealogía humana se consiguió hace mucho tiempo. Ya sabemos que algunas poblaciones, como las de los Países Bajos, y ciertos individuos alcanzan estaturas muy elevadas. Pero esto no es lo común y la estatura promedio de la humanidad parece que se ha mantenido estable desde hace miles de años. Los datos del pasado nos llevan a pensar que nuestra evolución no seguirá la senda de la elevación de la estatura.

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