Archivo por meses: abril 2016

¿Estamos hechos de retales genéticos?

El modelo multiregional tuvo que incluir como premisa necesaria el intercambio genético ininterrumpido entre todas las poblaciones humanas de África y Eurasia. Solo así era posible conseguir que nuestra especie surgiera en un territorio tan enorme, sin mostrar apenas diferencias entre todas las poblaciones del planeta. El modelo del origen único de Homo sapiens en África, en cambio, rechazó de entrada la posibilidad de un intercambio genético entre poblaciones ubicadas en territorios muy alejados. El desarrollo de la paleogenética, que ha permitido conocer la secuencia genómica de los Neandertales y de otras poblaciones del pasado, también ha certificado la existencia de hibridaciones entre los miembros de nuestra especie y los de otras especies extinguidas ¿Significa eso que hemos de volver a considerar el modelo multiregional? No necesariamente, pero tenemos que replantearnos nuestro modo de entender las especies humanas del pasado.

Resultados de la comparación del ADN mitocondrial de los homininos de los Sima de los Huesos. Imagen publicada en la revista Nature en 2013. A finales de 2015, el estudio del ADN nuclear ha demostrado una relación muy estrecha de estos homininos con los Neandertales.

Resultados de la comparación del ADN mitocondrial de los homininos de los Sima de los Huesos. Imagen publicada en la revista Nature en 2013. A finales de 2015, el estudio del ADN nuclear ha demostrado una relación muy estrecha de estos homininos con los Neandertales.

Benjamin Vernot (Departamento de Ciencias Genómicas de la Universidad de Washington) ha liderado a un equipo de científicos, que publican en la revista Science (17 de marzo de 2016) sus resultados sobre el estudio del genoma de más de 1.500 humanos actuales de procedencias diversas. Entre ellos figuran 32 individuos de Melanesia. Este territorio incluye un conjunto de islas situada al norte de Australia, que forman parte de los actuales estados de Papúa Nueva Guinea, Solomon, Vanuatu y Nueva Caledonia. Si bien los eurasiáticos llevamos aproximadamente un 2% de genes procedentes de nuestra hibridación con los Neandertales, los melanesios incluyen, además, entre 2 y un 4% de genes procedentes de los Denisovanos. Vernot y su equipo no descartan que el genoma de los Denisovanos se encuentre en otros grupos humanos, del mismo modo que otros investigadores ya están hallando en nuestro genoma secuencias procedentes de otras especies extinguidas, todavía por determinar. Quizá estamos ante la punta del iceberg de lo que aún tendremos que conocer.

La primera reflexión nos lleva a considerar si en el Pleistoceno pudieron producirse hibridaciones continuas, como preconizó el modelo multiregional. Aquí juega un papel importante la densidad demográfica. Las poblaciones del pasado estuvieron casi siempre pegadas a sus territorios y solo se desplazaban si faltaban los recursos. La densidad de las poblaciones humanas también era muy baja. Aunque las hibridaciones entre homininos distintos fueran posibles, mi opinión es que ocurrieron de manera muy esporádica. En cambio, la expansión imparable de nuestra especie tuvo que producirse gracias a un crecimiento demográfico muy significativo. Este crecimiento habría conllevado una probabilidad más alta de intercambio genético, no solo con los Neandertales (que dominaban buena parte del Eurasia), sino posiblemente también con otros grupos. En esta reflexión también hay que considerar el tiempo de divergencia genética. ¿Cuanto tiempo ha de transcurrir desde que se produce la divergencia para que la hibridación con descendencia fértil sea posible? Sabemos que la divergencia entre la genealogía de nuestra especie y la de los Neandertales sucedió hace unos 650.000 años, quizá en el límite de lo posible. Ante esta perspectiva, el intercambio genético entre los miembros de nuestra especie y los individuos de la especie Homo erectus todavía tendrá que ser demostrada. Utilizando una expresión del propio Svante Pääbo, los humanos modernos estamos hechos de retales genéticos de todas las especies que nos han precedido, sin olvidar por supuesto que muchos genes son exclusivos de nuestra especie. En este tema, el futuro se antoja apasionante.

Entrada de la cueva de Denisova, Montes Altai, Siberia.

Entrada de la cueva de Denisova, Montes Altai, Siberia.

Por otro lado, nos seguimos preguntando por el origen de los Denisovanos. ¿No se les habrá dado un protagonismo excesivo? Por el momento los conocemos solo por una falange y un par de dientes, que han proporcionado una secuencia genómica muy completa. Los Denisovanos hibridaron con los Neandertales y también con los miembros de nuestra especie. ¿Lo hicieron también con los Homo erectus de Asia? Sabiendo que la genealogía de los Neandertales tuvo sus raíces en Eurasia, que esas raíces pueden llegar a los 700.000 años de antigüedad y que los miembros de esta especie tuvieron un enorme éxito evolutivo no puede extrañar que llegaran hasta los montes Altai, en Siberia, en repetidas ocasiones. Los llamados “Neandertales clásicos” son únicamente el resultado final de la evolución de una genealogía muy longeva. Los primeros Neandertales tenían un aspecto más primitivo y no cabe duda de que llegaron a ocupar buena parte de Eurasia. Quizá hibridaron con las poblaciones residentes durante su expansión demográfica. No sería pues de extrañar que los Denisovanos formen también parte de esa genealogía. Como decía antes, es posible que se haya dado demasiada relevancia a estos humanos, cuyo aspecto desconocemos. Si llevaban ADN mitocondrial de los homininos de la Sima de los Huesos, que ya sabemos forman parte de la genealogía Neandertal, ¿por qué no incluir a los Denisovanos en este linaje humano? Como en la reflexión anterior, el tiempo nos dará la respuesta.

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¿Homo heidelbergensis en Asia?

El cráneo de Dali fue obtenido por Shuntang Liu 1978 en un yacimiento cercano a la aldea de Jiefang, en la provincia china de Shaanxi. Han transcurrido muchos años desde su hallazgo, pero la interpretación del cráneo de Dali sigue siendo controvertida. La antigüedad de este cráneo fue estimada en algo más de 200.000 años mediante el método de las series de isótopos del uranio de muestras tomadas en dientes de una especie extinguida de un bóvido. Sin embargo, las excavaciones de aquellos años no tenían el control suficiente como para asegurar que los dientes de aquellos animales estaban asociados al cráneo humano. Esto representa un hándicap importante para la interpretación del fósil de Dali, que sigue siendo un enigma para la evolución humana de China.

Cráneo del Pleistoceno medio de Dali, (China)

Cráneo del Pleistoceno medio de Dali, (China)

Los paleoantropólogos han estudiado hasta la saciedad el cráneo de Dali. Cada autor ha llegado a sus propias conclusiones en función del paradigma del momento. A finales de los años 1970s y en los 1980s predominaba la hipótesis de que los miembros de nuestra especie surgimos en diferentes lugares de África y Eurasia (Modelo Multirregional) de manera independiente. Como este modelo choca contra la propia teoría de la evolución, sus promotores sugirieron que todas las poblaciones de los dos continentes formaban una verdadera “metapoblación”, que nunca perdió sus lazos a pesar de las distancias y mantuvo un mismo acervo genético. Los defensores de este modelo evolutivo tendían a interpretar cada hallazgo como el resultado de la evolución local de las poblaciones del Pleistoceno. El cráneo de Dali, como otros fósiles contemporáneos de Asia, representaba una prueba más de la evolución local de Homo erectus en China.

Desde el punto de vista del Modelo Multirregional las poblaciones de caracteres primitivos de Homo erectus habrían evolucionado hacia un aspecto como el que tenemos en la actualidad. El cráneo de Dali tendría una forma intermedia perfecta, al presentar un mosaico de caracteres primitivos y derivados. El cráneo de Dali tiene una capacidad craneal de unos 1.120 centímetros cúbicos y una cara parecida a la nuestra. Sobre las órbitas no aparece la “visera ósea” que caracteriza a Homo erectus, sino arcos superciliares independientes y muy desarrollados. No obstante, el cráneo no es esférico sino bajo y alargado. Esta es la forma primitiva del neurocráneo de todas las especies del género Homo. El cráneo de Dali y otros fósiles de África, Europa y Asia, con un aspecto más evolucionado que los Homo erectus clásicos, se conocieron desde entonces con el nombre de Homo sapiens “arcaicos”.

En los años 1980s se fue abriendo camino el “Modelo de la Eva Negra”, que sostenía el origen único de nuestra especie en el África subsahariana. El registro fósil y el análisis genético de las poblaciones humanas actuales apoyan de manera firme este modelo. Ante este nuevo paradigma tuvieron que re-interpretarse muchos de los hallazgos del siglo XX. Los fósiles europeos y africanos del Pleistoceno Medio, cuyo aspecto era ciertamente más evolucionado que el de Homo erectus fueron incluidos en la especie Homo heidelbergensis, que habría dado lugar a Homo sapiens en África y a los neandertales (Homo neanderthalensis) en Europa. Sin embargo, los fósiles asiáticos como Dali habían quedado olvidados, en terreno de nadie. Como casi siempre, la evolución humana de Asia (y en particular la de China) se había tratado de forma tangencial, fruto del desconocimiento de la diversidad del registro de ese país por la ciencia occidental durante muchos años de aislamiento político. No obstante, algunos colegas repararon en la necesidad de interpretar los fósiles de China, aunque fuera desde la distancia. Así fue como el cráneo de Dali y otros restos contemporáneos fueron tentativamente incluidos en la especie Homo heidelbergensis.

A raíz de la obtención del ADN nuclear de los homininos de la Sima de los Huesos, y como ya hemos comentado en un post anterior (14 de marzo de 2016), la especie Homo heidelbergensis tendrá que ser revisada y probablemente retirada de la filogenia humana. Esta especie se adoptó como una necesidad del nuevo paradigma, pero sin una base biológica y/o paleontológica adecuada. Sin embargo, resulta muy interesante el hecho de que el cráneo de Dali y otros fósiles chinos de finales del Pleistoceno medio hayan sido relacionados con los fósiles de África y Europa. Hace años proponemos la existencia de una población en el suroeste de Asia, que hace en torno a un millón de años, habría evolucionado hacia un aspecto más “moderno”. Esa población habría sido el origen de poblaciones que emigraron hacia África, Asia oriental y Europa, sustituyendo a las poblaciones originales o hibridando con ellas. Si esta hipótesis es correcta no puede extrañar que las poblaciones del Pleistoceno medio de los dos grandes continentes tengan muchos rasgos en común. El cráneo de Dali tiene ciertas similitudes con cráneos como los de Arago (Francia), Petralona (Grecia), Bodo (Etiopía) o los de la Sima de los Huesos de Atapuerca. Los propietarios de esos cráneos serían primos hermanos o primos en segundo o tercer grado. Pero, en cualquier caso, pertenecerían a una misma genealogía del género Homo, diferente a las de Homo ergaster y Homo erectus.

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Sacrificios humanos y el poder de la codicia

Sabemos poco sobre el significado del ritual en el que se sacrifican seres humanos. Se ha especulado mucho sobre este aspecto cultural desde la colonización europea de América Central, hace más de 500 años. Lo cierto es que este ritual, que se nos antoja espantoso, ha estado presente en numerosas culturas de los cinco continentes. Los sacrificios de seres humanos se han asociado a la necesidad de aplacar la cólera de los dioses, a catarsis sociales o a cuestiones relacionadas con conflictos políticos. Incluso, estos rituales se han combinado con canibalismo, cuando estaban asociados a la escasez de recursos. Joseph Watts (Universidad de Auckland, Australia) y otros colaboradores de diferentes instituciones australianas, europeas y de Nueva Zelanda, han realizado un estudio minucioso de la complejidad cultural de casi un centenar de grupos humanos de regiones de Australia e Indonesia de los que existen numerosos datos etnográficos. Esta región del planeta es extremadamente diversa, entre otras razones gracias a sus características de insularidad.

Civilización del continente americano.

Civilización del continente americano.

Como explican los autores del estudio, publicado en la revista Nature el pasado 14 de abril, esta vasta región del planeta constituye un verdadero laboratorio para indagar sobre la cultura de los pueblos que la han habitado en tiempos recientes. Las características culturales de todos estos pueblos han ido divergiendo en el transcurso de varios miles de años desde la llegada de los miembros de nuestra especie a cada territorio. Watts y sus colegas han partido de la denominada “hipótesis del control social”. Según esta hipótesis, el incremento demográfico de las diferentes poblaciones de Homo sapiens derivó hacia la estratificación social, que dio origen a las diferentes formas de organización política que conocemos. Las sociedades “prehistóricas” seguramente eran igualitarias, tanto por su reducido tamaño como por la necesidad de cooperación entre todos los miembros del grupo para lograr su supervivencia en condiciones generalmente adversas. El crecimiento demográfico de nuestra especie cambió radicalmente el panorama. Los recursos dejaron de ser compartidos de manera igualitaria, y poco a poco la mayoría de los pueblos iniciaron un proceso de estratificación social. En este nuevo contexto era necesario mantener el estatus de los privilegiados mediante los métodos dictados por la autoridad. El poder político y las creencias religiosas fueron entonces de la mano para conseguir un mismo propósito: perpetuar los privilegios adquiridos.

Watts y sus colegas nos han mostrado una relación inequívoca entre los rituales con sacrificios humanos y la estratificación social. Cuanto mayor era esa estratificación mayor era la evidencia de sacrificios humanos. Estos sacrificios contribuyeron primero a fomentar y luego a mantener la separación de las diferentes clases sociales. Los datos etnográficos sugieren que las víctimas de los sacrificios pertenecían a las capas sociales más bajas, incluyendo a los esclavos, mientras que los instigadores eran miembros de las clases dominantes. Los sacrificios humanos podían tener diferentes excusas, como aplacar la ira de los dioses, la celebración de acontecimientos extraordinarios (muerte de reyes y personalidades relevantes) o la violación de tabúes y leyes. En cualquier caso, los rituales con seres humanos contribuían a la desmoralización de quienes aspiraban a mejorar su estatus, establecían las diferencias entre las clases sociales e infundían el miedo necesario para mantener los privilegios de las élites sociales. Además, la estabilidad política quedaba garantizada.

Por último, Watts y sus colegas han sido incapaces de encontrar una relación de causa efecto entre las diferentes religiones y los rituales con sacrificios humanos, como la historia nos ha hecho creer. Las creencias religiosas pueden haber sido una excusa, pero la realidad nos muestra la crueldad que envuelve a la codicia por el poder y el acaparamiento de los recursos. Las sociedades igualitarias dejaron de existir hace mucho tiempo, cuando iniciamos el imparable crecimiento demográfico. Eso no significa que nuestros ancestros del Pleistoceno fueran seres angelicales, desprovistos de violencia. Las evidencias dicen lo contrario. Pero lo peor de nosotros ha llegado cuando hemos tenido que repartir recursos. Había para todos, pero el igualitarismo ha resultado siempre una quimera. Ahí están los resultados científicos para mostrar nuestra realidad. Esos resultados también nos hacen reflexionar sobre la capacidad adaptativa de nuestra especie. El precio que muchos han tenido que pagar (y siguen pagando) por esa capacidad resulta espeluznante.

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