Archivo por meses: febrero 2018

Los inicios del viaje en el Beagle

Las primeras semanas de navegación en el Beagle fueron un verdadero suplicio para Charles Darwin. Las revueltas aguas del Atlántico solo eran aptas para marineros experimentados. Los mareos hicieron mella en su ánimo durante esos días, en los que apenas podía comer o mantenerse en pie. El capitán FitzRoy ya le había advertido de que podía abandonar la expedición en el primer puerto donde arribara el barco. Pero Darwin no podía permitirse ese fracaso y aguantó como pudo su adaptación a la dura vida en el mar. Fue incapaz de levantarse para ver las costas de Madeira cuando el Beagle pasó cerca de las costas de la isla. Al menos tuvo ocasión de ver la imagen nevada del Teide, cuando el barco fondeó cerca del puerto de Santa Cruz, en la isla de Tenerife. Darwin acariciaba el sueño de conocer la isla, de la que tenía noticias por los relatos del geógrafo alemán Alexander von Humboldt. Pero hasta la isla habían llegado rumores sobre la existencia de cólera en Inglaterra y las autoridades de la isla impusieron una primera cuarentena de doce días a los tripulantes del Beagle. Para el capitán FitzRoy era demasiado tiempo sin conseguir ninguno de los propósitos de la expedición y el barco levó anclas de inmediato con destino a las islas de Cabo Verde. Darwin, que se estaba recuperando gracias al clima más seco y templado de aquellas latitudes, sufrió una enorme decepción.

Dibujo del Beagle frente a las islas Galápagos. Obra artística de Geoff Hunt.

 

Pero la escala en las islas de Cabo Verde, próximas a la costa del continente africano, supuso el primer gran aliciente de los objetivos de Darwin. Era la primera vez que tenía la oportunidad de conocer especies inimaginables para una persona que había vivido toda su vida en Inglaterra. Sus mareos cesaron y la palidez se borró de su rostro. La emoción de ver por primera vez un paisaje tropical alejó sus pesadillas y su entusiasmo ya no le abandonaría en todo el viaje.

 

El viaje hasta las costas de Brasil fue mucho más plácido, con una breve escala en los islotes de San Pablo, a unas 500 millas marinas de la costa brasileña. La vida de estos islotes y la que rodeaba el barco en todo momento revitalizó por completo el ánimo del joven Darwin. Su excelente relación con el capitán FitzRoy y con toda la tripulación del Beagle contribuyeron a que su misión cuajara con éxito. Tendría que realizar disecciones, describir cuanto le llamara la atención, apuntar datos, y recoger ejemplares de todas las especies que pudiera recolectar, que serían enviados a Inglaterra en cuanto tuviera ocasión para hacerlo desde algún puerto de mar. El propio FiztRoy, excelente dibujante, ayudó a Darwin en más de una ocasión a plasmar sus observaciones en papel. También nos han quedado las maravillosas ilustraciones de Augustus Earle, el artista formado en la Royal Academy de Londres, que trabó una gran amistad con Darwin. Además de los increíbles paisajes, su mano de artista ayudó a dejar constancia de las observaciones de muchos de los ejemplares recolectados por Darwin. Por desgracia, su salud le obligó a regresar pronto a Inglaterra, donde falleció en diciembre de 1838.

 

Es difícil imaginar cuando empezaron a brotar las ideas sobre lo que algunos años más tarde terminaría por transformarse en el inició de la biología moderna. La biblia era uno de los libros de cabecera de Darwin. La aceptación sin debate de cuanto se decía en el libro sagrado tuvo que suponer un conflicto emocional importante en los pensamientos de Darwin durante toda la expedición. Sus conversaciones con el capitán FiztRoy tuvieron que volverse cada vez más conflictivas a medida que transcurrieron los años a bordo del Beagle. El duro temperamento del capitán y su fe ciega en las sagradas escrituras dejaban pocas opciones al debate. El liderazgo del FiztRoy era indiscutible. Sus modales eran habitualmente corteses con la tripulación, pero también sacaba a relucir su genio cuando era necesario. Su estado de ánimo experimentaba “dientes de sierra”, con momentos de euforia y entusiasmo alternado con días de melancolía y depresión. Su temperamento “bipolar” le llevaría al suicidio en 1865.

 

Por fortuna, el temperamento del capitán FitzRoy apenas influyó en los objetivos de Darwin. Su asombro por todo lo nuevo que excitaban sus sentidos dejó todo lo demás en un segundo plano. Es posible imaginar la fascinación de Darwin cuando descubrió el paisaje tropical de las costas brasileñas. Desde la ciudad de Río de Janeiro partió hacia su primera expedición tierra adentro. Descubrió la magnitud de los bosques tropicales, la exuberancia de las especies vegetales y el tamaño y enorme diversidad de las especies animales. Por primera vez fue consciente de la “lucha por la existencia” de esas especies, testigo de feroces encuentros entre ejemplares de especies distintas, o de las adaptaciones para el camuflaje de muchos animales. Todo esto no era sencillo de observar en su Inglaterra natal.

 

José María Bermúdez de Castro

 

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Charles Darwin: persiguiendo un sueño

El conocimiento científico actual es fruto del esfuerzo de cientos de personas, que han dedicado su vida al apasionante deseo de saber más. Si rebobináramos la película de la historia de los últimos cientos de años y volviéramos a dejar correr el tiempo seguramente ahora tendríamos conocimientos distintos. Por ejemplo, Charles Darwin no era el único candidato a recorrer el mundo en el Beagle junto al capitán del barco, Robert FitzRoy, y su tripulación. Uno de sus maestros, el reconocido profesor de botánica John Stevens Henslow, advirtió a Darwin que habría de disputar el puesto a un tal Mr. Chester, naturalista de gran reputación. Al fin y al cabo, la expedición del Beagle tenía un objetivo pluridisciplinar y pragmático. Se pretendía mejorar la cartografía de las costas de Sudamérica, conseguir determinaciones precisas de las coordenadas del planeta y adquirir conocimientos de la geología y los seres vivos de territorios lejanos. La expedición necesitaba un naturalista, capaz de recopilar información sobre las plantas y animales que poblaban aquellos territorios. Un trabajo descriptivo complejo, pero bien definido. Nadie esperaba que aquel viaje tuviera las consecuencias científicas que todos conocemos.

Placa conmemorativa del día de la partida del Beagle del puerto de Plymouth. Fuente: Alamy Stock Photo.

 

Charles Darwin no tenía la aprobación de su padre para tamaña aventura, que podría alargarse en el tiempo. Si su progenitor hubiera sabido que el viaje terminaría por prolongarse hasta un quinquenio es posible que no hubiera dado su brazo a torcer. Solo el apoyo de sus familiares y su determinación pudieron ablandar los sentimientos del Dr. Robert Darwin, y que su hijo pudiera mantener una entrevista con el capitán FitzRoy en Londres, la mañana del cinco de septiembre de 1831.

 

Para los historiadores de la ciencia resulta sorprendente que Charles Darwin tomara esta decisión. Nunca había sido un estudiante aplicado. Es más, muchos consideran que estaba por debajo de la media y que difícilmente hubiera podido estudiar una carrera universitaria de haber vivido en la época actual. Nunca quiso seguir los pasos de su abuelo (Erasmus Darwin) y de su padre, médicos afamados en los lugares donde ejercieron su profesión. El joven Darwin ni siquiera soportaba la visión de la sangre. Detestaba las matemáticas y otros ámbitos de los conocimientos científicos de la época. Pero logró tener buenos conocimientos de geología, que a la postre serían un gran soporte para su teoría de la evolución. El profesor Adam Sedwick, profesor de geología de la Universidad de Cambridge, consiguió sembrar en el joven Darwin el interés por las rocas o la formación de las montañas. Pero su verdadera pasión era la naturaleza, que podía compaginar con la profesión de clérigo, que prácticamente ya había decidido.

 

Por todo ello, resulta si cabe más sorprendente que aceptara los consejos de Henslow y se presentara ante el capitán FitzRoy. Darwin tenía entonces 22 años y acababa de conseguir el título de “Bachelor of Arts” en la Universidad de Cambridge, mientras que el capitán del Beagle contaba con 23 y tres años de experiencia en el mar. Sus edades eran similares, pero sus orígenes y opiniones políticas muy diferentes. FitzRoy tendría que compartir camarote con su naturalista en un barco robusto, pero no demasiado grande. Para el capitán del barco era necesario congeniar lo mejor posible con el candidato elegido. Los miembros de familia Darwin eran liberales y burgueses. Como se decía entonces, pertenecían a los “Whigs”, un término despectivo surgido a finales del siglo XVII para designar a quienes se negaron a aceptar el acceso al reinado del duque de York, que profesaba la religión católica y que terminó reinando durante tres años como Jacobo II de Inglaterra y VII de Escocia. Quienes apoyaron durante un tiempo al duque de York también recibieron el término despectivo de “Tories” y estaban relacionados con la aristocracia británica. En la actualidad, los whigs (liberales) y los tories (conservadores) se siguen disputando el gobierno del Reino Unido.

 

El capitán FiztRoy había realizado una carrera brillante en la marina británica. Solo así se puede explicar que con apenas veinte años hubiera sido nombrado capitán del Beagle y hubiera realizado su primera misión en las costas sudamericanas. Además de sus convicciones políticas, FiztRoy era profundamente religioso. Aceptaba cada frase de la biblia como un dogma indiscutible. Su temperamento era estricto, a la vez que una persona justa y valiente. Sus cualidades eran perfectas para liderar un grupo de marinos y capitanear un barco en condiciones extremas.

 

Su primera impresión del aspecto físico de Darwin no fue demasiado buena. FiztRoy advirtió a Darwin de los peligros de aquel viaje. Había que ser un tipo duro para enfrentarse a lo desconocido. Quizá esperaba que Darwin desistiera de sus intenciones, y aceptar al segundo candidato. La historia de la ciencia se habría escrito de otro modo, de no ser por el entusiasmo mostrado por Darwin para emprender aquella aventura. Su tenaz insistencia terminó por convencer a FiztRoy de que aquel joven podía cumplir su misión, una opinión que poco después hizo llegar al Almirantazgo. Tres meses más tarde Charles Darwin embarcaría en el Beagle con su equipaje personal, sus libros, una lupa de pocos aumentos, unos prismáticos, una brújula, suficiente alcohol para conservar las especies que pudiera recolectar y un par de pistolas para su defensa personal durante sus incursiones por tierras desconocidas. El Beagle estaba anclado en el puerto de Plymouth, al suroeste de Inglaterra. Tras varios intentos frustrados por la mala mar, el Beagle partió hacia su destino el 27 de diciembre de 1831. La suerte estaba echada.

 

José María Bermúdez de Castro

 

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Toumai: la “esperanza de vivir” guarda secretos inconfesables

El 19 de julio de 2001, Alain Beauvilain encontró una acumulación de restos fósiles en el desierto de Djurab, en la República del Chad. Beauvilain formaba parte de una expedición formada por arqueólogos y paleontólogos de Francia y del Chad, empeñados en la búsqueda de antiguas evidencias del pasado más remoto de la humanidad. Entre los restos hallados por Beauvilain destacaba un cráneo muy deteriorado, que fue restaurado y estudiado a fondo por sus descubridores. Los resultados no se hicieron esperar. El 15 de julio de 2002, Michel Brunet, responsable de la expedición, publicó junto a sus colegas la descripción del cráneo, que fue portada de la revista Nature. El cráneo se dató entre seis y siete millones de años y fue descrito como el hominino más antiguo del linaje humano conocido hasta ese momento. Por fin teníamos un fósil tan antiguo como sugerían las predicciones realizadas por los genetistas para la divergencia de la genealogía humana y la genealogía de los chimpancés.

Cráneo de Sahelanthropus tchadensis. Fuente: Wikipedia.

El fósil fue clasificado en el nuevo género y especie Sahelanthropus tchadensis, aunque la mayoría de los expertos se refieren al cráneo de manera coloquial como “Toumai”. Este fue el cariñoso apodo que recibió el cráneo, que en la lengua local del Chad (Dazaga) significa “esperanza de vivir”. Toumai tenía un cerebro muy pequeño, de unos 350 centímetros cúbicos, arcos supraorbitales prominentes, caninos relativamente pequeños y un foramen magno situado en posición basal. Esta particularidad anatómica implicaba que la columna vertebral se situaba bajo el cráneo y demostraba que Sahelanthropus tchadensis había caminado erguido sobre la piernas, como lo hacemos nosotros. Existe un consenso de que la bipedestación nos diferenció definitivamente de la genealogía de los chimpancés, por lo que Toumai fue considerado como el hominino más antiguo conocido hasta entonces. Y, hasta el momento, nadie ha reclamado el honor de haber encontrado un fósil del linaje humano que supere ese registro.

Cuando se propone una hipótesis de tanto alcance el debate y las críticas están aseguradas. Algunos expertos mostraron su desacuerdo con las conclusiones de Michel Brunet y su equipo. Por ejemplo, el paleoantropólogo Milford Wolpoff escribió un artículo en la propia revista Nature, desacreditando la hipótesis de Brunet. Según Wolpoff, las características anatómicas de Toumai estarían más próximas a las de los parientes de los chimpancés, por lo que un nombre más adecuado para el fósil sería el de Sahelpithecus. Ese nombre haría alusión al parentesco de aquel primate de los inicios del Plioceno con otros primates no humanos. Brunet replicó de inmediato con la misma ironía que Wolpoff, pero con firmeza, en un nuevo artículo publicado por la revista Nature. Y ahí se quedó todo, hasta hace unos días.

Conjunto de restos encontrados por Alain Beauvilain en 2001 en el desierto de Djurab (Républica del Chad): Fuente: Nature.

Toumai no apareció solo, sino en compañía de otros muchos fósiles. Entre ellos se encontraba la diáfisis de un fémur, que se empaquetó junto a todos los restos y se envió a Francia para su estudio. Aude Bergeret (director del Museo de Historia Natural de Victor-Brun de Montauban) y Roberto Macchiarelli (paleoantropólogo de la Universidad de Poitiers realizaron un estudio del fémur. Sus conclusiones quedaron reflejados en un breve resumen, que enviaron a la Sociedad de Antropología de París para su aprobación y presentación publica en un congreso celebrado entre el 24 y el 26 de enero de este año en Poitiers. Curiosamente, el resumen fue rechazado por la organización. Ewen Callaway, perdiodista científico, nos ha relatado esta historia de nuevo en la revista Nature, que reabre el debate sobre Toumai. Bergeret y Macchiarelli dudan de que ese fémur hubiera pertenecido a un hominino bípedo y proponen revisar todo el material fósil encontrado en 2001. No parece una propuesta descabellada, sino la reapertura de una investigación científica, a la que no se puede dar carpetazo. Callaway se pregunta por las razones del comité científico del congreso de Poitiers para rechazar una comunicación preparada por dos investigadores de reconocido prestigio. Algunos colegas de renombre, como Bernard Wood y Bill Jungers, han expresado su sorpresa por esa negativa. Este último no comprende por qué el fémur se ha mantenido en secreto durante años ¿Qué se esconde detrás de esa omisión voluntaria de información? Si el fémur está relacionado con el cráneo su estudio es absolutamente necesario. No importa si Toumai queda descartado, no solo como un miembro del “selecto club” de los ancestros de la humanidad, sino como la evidencia más antigua del linaje que a la postre dio lugar a nuestra especie.

Es posible que no tardemos en tener más noticias sobre este nuevo expediente X de la paleoantropología.

José María Bermúdez de Castro

 

 

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