Archivo por meses: junio 2018

Las últimas poblaciones de Homo erectus

Cada día se conoce mejor lo que sucedió en África durante la segunda mitad del Pleistoceno Medio. Nuestra especie se gestó en este continente durante los últimos 350.000 años. Al mismo tiempo estaban desapareciendo sus ancestros, los últimos miembros de la especie Homo erectus de África (también conocida como Homo ergaster). En Europa y en buena parte del resto de Eurasia prosperaban los antecesores de los neandertales. Y en el resto de los territorios quedaban los relictos de las poblaciones ancestrales de Homo erectus y de los misteriosos denisovanos.

Cráneo 7 de Ngandong. Fuente: Smithsonian.

Durante la década de 1930 un equipo holandés exploró las terrazas del río Solo, en la isla de Java (Indonesia). Cerca de la localidad de Ngandong y en una de las terrazas más altas del río este equipo localizó una gran concentración de fósiles de diferentes especies animales, incluidos once cráneos de homininos. Nunca había escrito sobre estos fósiles en el blog. La particularidad de estos cráneos humanos es que ninguno de ellos tenía su base intacta. Tampoco aparecieron las mandíbulas. Se especuló con la idea de que la base del cráneo había sido eliminada para extraer el cerebro ¿Un caso de canibalismo? Es posible, pero ese enigma aún no se ha resuelto. Si bien todo apunta sencillamente a un proceso natural por transporte de los restos. Los cráneos se desplazaron durante un largo trecho antes de quedar enterrados y llegaron rotos al lugar donde comenzó su proceso de fosilización.

La morfología de estos cráneos recordaba a la de la especie Homo erectus de otros yacimientos de la isla de Java. Pero en aquellos años aún no se había decidido unificar todos los restos de esa región del planeta en esa especie. Es por ello que poco después de su hallazgo recibieron un nombre propio. En 1932, el geólogo holandés W.F.F. Oppenoorth propuso el nombre de Homo soloensis, que tendría vigencia hasta la década de 1950.

La datación de estos cráneos ha sido siempre un problema. Si nos fijamos en sus caracteres es evidente que pocos dudarían en incluirlos en Homo erectus, a pesar de que el volumen del interior del cráneo supera con holgura los 1.000 centímetros cúbicos y llega hasta los 1.200 en la mayoría de los ejemplares. En consecuencia, el cráneo es más alto y redondeado que en los erectus clásicos de cráneo pequeño y aplanado de otros homininos de Java y de China. La fauna parece reciente; pero no podemos olvidar que los cráneos de Ngandong se encontraron en una terraza, donde pudieron acumularse restos de diferentes épocas, arrastrados por el agua antes de su definitiva deposición. No se puede comparar con lo que sucede en las cuevas, donde resulta mucho más sencillo obtener un contexto claro.

Para que nos hagamos una buena idea de las incertidumbres sobre la cronología de estos fósiles, se han barajado cifras entre 600.000 y 25.000 años para la antigüedad de los restos fósiles de Ngandong. Esta incertidumbre nace de la mezcla de los fósiles con sedimentos de procedencia diversa, arrastrados por las aguas del río Solo. Esa horquilla de tiempo es inadmisible.

No obstante, y considerando los números de muchas de las dataciones que se han llevado a cabo en el yacimiento, todo apunta a que estos humanos pudieron haber vivido hace entre 100.000 y 40.000 años. Si esto es así, los miembros de la población de Homo erectus de Ngandong estarían entre los últimos supervivientes de esta especie, en un pequeño reducto del planeta. Además, habrían conocido a otros humanos, que estaban llegando poco a poco desde un lejano viaje desde África. Sospecho que no nos mezclamos con ellos; y si lo hicimos probablemente no tuvimos descendencia fértil. Por supuesto, es tan solo una opinión, basada en el hecho de que compartimos un ancestro común con Homo erectus, que pudo vivir hace unos dos millones de años: demasiado tiempo. Es posible que las poblaciones de Homo erectus estuvieran en declive demográfico y genético. Solo así es posible explicar el incontenible avance de nuestra especie por el sur de Eurasia, sin la oposición de los grupos humanos establecidos en el territorio. Hacia el norte de Asia teníamos dos enemigos: los demás homininos con los que habríamos de competir y, sobre todo, el clima.  Tardaríamos muchos años en conseguir las herramientas biológicas y culturales para hacer frente al reto de conquistar el norte.

José María Bermúdez de Castro

 

 

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El talento, en el destierro

Hace más de tres años (el tiempo vuela) tuve ocasión de leer uno de los magníficos textos de mi buen amigo José Sebastián Carrión, Catedrático de Evolución Vegetal de la Universidad de Murcia). El título de su columna en un diario de Murcia era el mismo que encabeza este post. Por descontado, mi intención no es plagiar su título, sino rendirle un cariñoso homenaje. Su texto sigue colgado de uno de tablones de anuncios de mi centro de investigación.

 

Sobre talentos exiliados por falta de oportunidades en nuestro país tengo una cierta experiencia. No son pocos los jóvenes científicos (ellos y ellas) del Equipo Investigador de Atapuerca que han salido fuera de España en busca de su oportunidad. Algunos han podido regresar. Otros se han quedado. Siempre explico que la ciencia es universal; no tiene fronteras. Así que podemos desarrollar nuestra vocación en cualquier parte del mundo. Pero nos queda mucho para que la balanza esté en equilibrio y que España tenga tanto talento de otros países, como talento propio en el exilio.

Foto de los participantes en el VI International Symposium SRUK-2018. Foto tomada por Michal Rogala.

 

Algunos/as echan raíces en el país de acogida. Otros/as, en cambio, añoran su tierra y desean regresar. Pero las oportunidades para desarrollar todo su talento en España son muy pocas y muchas veces de peor calidad. No se trata de realizar una crítica a los sucesivos gobiernos, qué también Me consta que existe cierta sensibilidad en algunos responsables políticos sobre la necesidad de desarrollar ciencia y tecnología en nuestro país, una inversión a largo plazo necesaria para encontrar alternativas al turismo y al ladrillo. El problema es en realidad de toda la sociedad española, de nuestra propia idiosincrasia. A estas alturas de mi vida profesional solo puedo desear que las próximas generaciones lleven a cabo este cambio, tan necesario para nuestro futuro.

 

Hace ahora un par de años recibí una invitación para dar una conferencia sobre los hallazgos en Atapuerca por parte de una asociación, para mí desconocida. Firmaba la solicitud Pablo Muñoz, estudiante de doctorado en la Universidad de Oxford, en nombre de la CERU/SRUK (Sociedad de Científicos Españoles en el Reino Unido/Society of Spanish Researchers in United Kingdom, por sus siglas en inglés). No pude acudir a esta cita ni en 2016 ni en 2017. Pero acabo de regresar de dar la conferencia solicitada y de conocer a Pablo. También a Nerea Alonso, la persona responsable de organizar el VI International Symposium SRUK en la ciudad escocesa de Glasgow. Nerea es doctora en el Centre for Genomic and Experimental Medicine, IGMM, en la University of Edinburgh. Además, he tenido oportunidad de conocer a un grupo de jóvenes con enorme talento, que tuvieron la feliz ocurrencia de fundar en 2011 una sociedad sin otro ánimo que conocerse, apoyarse mutuamente y buscar quizá esa oportunidad que les permita regresar.

Logo de la Sociedad de Científicos Españoles en el Reino Unido/Society of Spanish Researchers in United Kingdom.

 

Los miembros de la CERU organizan jornadas científicas, en las que invitan tanto españoles como del propio Reino Unido. Mi sorpresa fue que muchos jóvenes científicos británicos también estaban presentes en la reunión, escuchando lo que teníamos que contar de la ciencia y la tecnología que desarrollamos en España. No fue menos sorprendente y también agradable saber que esta asociación cuenta con el apoyo de instituciones españolas públicas y privadas. La Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), que depende del Ministerio español relacionado con la Ciencia, patrocina estos eventos y no es ajena a estas sensibilidades. Un gran avance, sin duda.

 

Hace ya muchos años (1988) conseguí una beca postdoctoral para trabajar durante un par de años en la Universidad de Liverpool. Ciertas circunstancias permitieron que me quedara en España, cuando casi tenía los billetes de avión en la mano. Ignoro cómo habría sido mi vida de haber partido hacia aquel destino: ¿tal vez mejor, quizá peor?; pero sin duda, diferente. En aquella época casi nadie se preocupaba de quienes teníamos vocación investigadora. Habría sido uno más en marcharse, tal vez para regresar sin oportunidades de reinserción en el pobre sistema de investigación español de entonces.

 

En mi viaje a Glasgow he podido hablar sobre el programa científico de Atapuerca, en el que quizá no habría participado de haberme exiliado al Reino Unido hace 30 años. También he podido constatar que ellos y ellas ya no están solos. No es poco. Existe un enorme talento en los científicos españoles. España, como país europeo, tiene mucho que decir y la sociedad española tiene que evolucionar y madurar para enriquecer su diversidad cultural. Invertir en ese talento es invertir en nuestro futuro. Desde este blog, quiero felicitar a mis anfitriones y todos los miembros de la CERU/SRUK, agradecerles su deferencia por la invitación y desearles lo mejor para su carrera científica.

 

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

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El juego

Hace unos días me sorprendió la pregunta de una periodista chilena: ¿se ha encontrado algún tipo de juguete en el registro arqueológico más antiguo de nuestra evolución? Ciertamente no se conoce ningún objeto en el Pleistoceno, cuya función tenga relación con el juego. Respondida la pregunta, la conversación derivó hacia un tema muy interesante: el juego de las especies que nos han precedido. Es bien conocido que las crías de los mamíferos sociales dedican buena parte de su tiempo al juego. Así que, aunque no podamos viajar al pasado, podemos imaginar escenas de juego en las diferentes especies de Australopithecus o en las del género Homo.

Para responder a nuestra curiosidad, tenemos una referencia actual importantísima: los chimpancés. Las crías de nuestros parientes vivos más próximos dedican buena parte de su tiempo al juego, entre ellas o con los adultos. Exactamente como lo hacemos nosotros. El juego les permitirá desarrollar aquellas habilidades que necesitarán cuando sean adultos. Siendo especies sociales, la interacción continuada entre los más pequeños es absolutamente imprescindible. Las crías han de aprender a interaccionar con otros miembros del grupo. Lo que practican como un juego, acabará por convertirse en una realidad social en su vida como adultos.

 

Para los chimpancés, como seguramente lo fue para todos nuestros ancestros, el juego es divertido. Los niños y niñas ríen y disfrutan con sus imaginaciones, sus carreras o montando en un columpio. Los chimpancés también disfrutan con sus actividades, y les delata las expresiones de su rostro o sus gritos, diferentes a los que emiten si existe un peligro. Con el juego aprendíamos a defendernos y huir de los predadores, a buscar comida, o a pelearnos. Es el preludio de lo que haremos al llegar a la vida adulta, pero a una escala diferente. Necesitamos vivir como seres sociales y el juego nos permite aprender ese comportamiento. No ha quedado rastro de los juguetes que pudieron utilizar nuestros antepasados en el Plioceno o en el Pleistoceno, pero a buen seguro que emplearon ramas de árboles en sus inocentes luchas, o para buscar comida en compañía de otras crías, como hacen hoy en día los pequeños chimpancés.

 

Quizá, la reflexión que podemos hacer sobre el juego tiene que ver con lo que sucede actualmente en nuestras sociedades modernas y desarrolladas. Los juguetes, tal y como los entendemos, fueron ideados por nuestra especie seguramente desde hace algunos miles de años. Ahora ya forman parte del negocio de una industria bien desarrollada. El problema es que muchos (si no la mayoría) de esos juguetes están pensados para el juego individual. Los niños y niñas tienden a jugar en grupo, porque ese comportamiento está en nuestros genes. Sin embargo, la sociedad acaba forzando el juego individual, con artilugios que fomentan la soledad. Sin duda, algo estamos haciendo mal y las consecuencias se verán en pocos años.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

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