Archivo por meses: junio 2018

Cerebro y tecnología: la lección del nivel TD10

La excavación del nivel TD10 del yacimiento de la cueva de la Gran Dolina ha sido toda una aventura, una continua caja de sorpresas y una fuente para la reflexión. De manera aproximada, este nivel comprende unos 100.000 años de depósitos sedimentarios. Toda una eternidad en comparación con nuestra percepción temporal y con el tiempo que ha llevado su excavación: 25 años. Es evidente, que durante esos 100.000 años tuvieron lugar muchos acontecimientos en el devenir de las poblaciones humanas que vivieron en la sierra de Atapuerca.

En esta figura se muestra un bifaz del nivel TD10 de Gran Dolina. Esta herramienta, de unos 400.000 años de antigüedad, contrasta con el teléfono móvil y la PDA (personal digital assitance, por sus siglas en inglés) utilizados por la persona que ha conseguido encontrar ese utensilio de piedra. Foto del autor.

En los sedimentos más recientes de TD10 han aparecido herramientas realizadas con una tecnología relativamente compleja, aparentemente con la intención de satisfacer funciones diferentes. Esta tecnología suele incluirse, de manera muy genérica, en denominado “Modo 3”, que comprende una serie de métodos particulares para construir herramientas. Todos estos métodos comparten la idea de fabricar instrumentos para ser utilizados en labores muy concretas. El cerebro de aquellos humanos del Pleistoceno tenía la habilidad suficiente como para planificar la forma de las herramientas de acuerdo con una serie de necesidades específicas.

 

El Modo 3 se encuentra en la mayor parte de la secuencia de TD10, aunque hacia la mitad de esa secuencia aparece alguna herramienta de configuración más arcaica. Esas herramientas se clasifican en el “Modo 2”, una manera también muy genérica de referirse a las herramientas talladas por las dos caras, supuestamente diseñadas para funciones múltiples. Antes de que se empleara esa denominación tan genérica estas herramientas fueron incluidas en la tecnología achelense (por el yacimiento francés de Saint Acheul). Aunque esta tecnología tiene su propia diversidad, se reconocen solo tres tipos de herramientas comunes y universales en el achelense: bifaces, hendedores y picos, a los que acompañan otros utensilios mucho menos frecuentes. La mente de los fabricantes del achelense también tenía una notable capacidad para la planificación y estandarización de sus herramientas, aunque no consiguieron crear el repertorio de herramientas del Modo 3. En la base de la secuencia de TD10 está apareciendo el achelense en todo su esplendor. Los bifaces se encuentran por doquier y el resultado final se verá cuando termine la campaña de este año 2018.

 

Una pregunta inevitable es saber si el cambio desde el Modo 2 al Modo 3 (que no es totalmente abrupto) se debe 1) a un recambio en la población (aplicable a toda Europa); 2) a una evolución mental de los humanos de Europa; 3) a algún tipo de aculturación gracias a la llegada de un nuevo contingente de población.

 

Pocos expertos (o quizá ninguno) estarían de acuerdo en admitir un recambio total de la población europea (primera hipótesis). La segunda hipótesis es factible, aunque cuando no existen estímulos es difícil que nuestra mente tenga capacidad para innovar. Así que, de acuerdo con la mayoría, pienso que diferentes grupos humanos fueron llegando al continente europeos durante todo el Pleistoceno y aportando sus genes y conocimientos a las poblaciones autóctonas (hibridación y aculturación). Por supuesto, no se puede descartar una evolución de la tecnología, como estamos habituados a ver hoy en día en las sociedades más avanzadas. Sin embargo, no es menos cierto que algunas poblaciones han preferido mantenerse estancados en su modo de vida ancestral, aunque vivan rodeados por sociedades provistas de tecnologías complejas. Es un modelo muy interesante. En la actualidad algunas poblaciones de Homo sapiens envían satélites a explorar el espacio, mientras que otras siguen siendo cazadoras y recolectoras. Todos pertenecemos a la misma especie y tenemos el mismo cerebro con las mismas potenciales capacidades cognitivas. Sin embargo, algunos son excelentes conocedores de la naturaleza, de la que viven, mientras que otros escribimos en un ordenador, pero no sabemos casi nada de los seres vivos del planeta que habitamos.

 

Si nos trasladamos con la mente al Pleistoceno tenemos que imaginar un escenario muy diferente al de nuestro mundo actual. La densidad demográfica era muy baja y muchas poblaciones vivieron aisladas durante milenios en lugares alejados de los cruces de caminos, que favorecían la posibilidad de intercambio de información. Esas poblaciones tenían cerebros capaces de grandes logros, pero no recibían los estímulos necesarios para conseguir la conectividad neuronal apropiada. La historia evolutiva de las poblaciones occidentales de Europa durante todo el Pleistoceno Medio (770.000-120.000 años) podría resumirse en procesos de expansión y contracción (con el consiguiente aislamiento) por el efecto de las glaciaciones y deriva genética como consecuencia de esos procesos. Cada cierto tiempo, esas poblaciones habrían recibido el impacto biológico y cultural de grupos llegados del Este. Esta dinámica tan compleja no solo habría creado una variabilidad genética por fenómenos de hibridación, sino que también habría impulsado la innovación de la tecnología, que refleja el nivel TD10 del yacimiento de la Gran Dolina.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

 

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La Ciencia es de todos y para todos

No hace tantos años que la ciencia (al menos en España) se consideraba una actividad muy alejada de los intereses generales del común de los mortales. Los científicos (ellos y ellas) dedicaban su vida al estudio y la investigación, generalmente encerrados en sus torres de marfil. No era sencillo reconocer una conexión directa entre los resultados obtenidos en los centros de investigación y sus beneficios sociales. Faltaba ese nexo entre la Ciencia (con mayúsculas) y la sociedad. En cierto momento se empezó a diferenciar entre ciencia básica y ciencia aplicada. Craso error. La ciencia busca satisfacer nuestra curiosidad por aprender sobre el mundo que nos rodea, sin importar el posible beneficio de sus resultados. Cierto es que, en algunas ocasiones, esos resultados son capaces de producir mejoras en nuestra actividad cotidiana o en nuestra salud, por ejemplo. Quizá por ello, nuestros gobernantes se empeñaron en distinguir entre la investigación dirigida hacia fines concretos y la investigación que, en apariencia, solo busca el conocimiento por el conocimiento. A pesar de ese desatino, quienes comprenden la ciencia saben que cualquier tipo de investigación, sea el que sea, redunda siempre en beneficio de la humanidad. Hemos de reconocer que no hemos mejorado como especie por el hecho de conseguir desplazarnos a 1.000 kilómetros por hora de un lado al otro del planeta, o por haber experimentado un aumento considerable de nuestra esperanza de vida al nacimiento.

Visita a los yacimientos de Atapuerca de un grupo de patronos y colaboradores de la Fundación Atapuerca, el día 22 de junio de 2018. Foto de Susana Sarmiento.

Cada vez es más evidente el interés de la sociedad de muchos países por los avances de todos los ámbitos del conocimiento. Quizá porque hemos entendido que la ciencia es la única salida que nos queda para pensar en un futuro a largo plazo para la humanidad. En los países desarrollados se debate por el porcentaje del PIB que los gobernantes han de dedicar a la ciencia. No es un secreto que aquellos países que más dinero destinan a la investigación obtienen más beneficios a largo plazo tanto de sus patentes como de su propia imagen. Muy a nuestro pesar, nuestro país sigue estando muy rezagado en este aspecto, sin duda por el hecho de que la sociedad no reclama el orgullo de estar a la misma altura que otros países en la gestación del conocimiento.

 

Una buena solución para este problema es el mecenazgo bien organizado. Si ese sector de la sociedad verdaderamente interesada por el conocimiento cuenta con mecenas dispuestos a apoyar a la ciencia, habremos dado un gran paso adelante. Ese modelo (que, por supuesto, no es nuevo) ha sido aplicado a las investigaciones arqueológicas y paleontológicas de la sierra de Atapuerca, a través de una Fundación. Desde su creación, en 1999, es increíble la cantidad de apoyos recibidos por personas dispuestas a colaborar en unas investigaciones que solo generan conocimiento. Algunos apoyos son importantes, mientras que otros son más modestos, como el pan que cada día nos ofrece el panadero de una localidad próxima para el almuerzo de los excavadores. Todos los apoyos cuentan y todos son igualmente valiosos y apreciados.

 

Cierto es que saber sobre nuestros orígenes es apasionante y que el turismo cultural interesado por la evolución humana ha generado notables recursos en la región. Pero pienso que hay algo mucho más noble y profundo en los patronos y colaboradores de la Fundación Atapuerca. Casi 20 años después de su creación y con la travesía del desierto de una crisis financiera demoledora, la Fundación Atapuerca sigue apoyando nuestras investigaciones. Quizá este es el modelo que puede aplicarse a todos los ámbitos de la ciencia, sin necesidad de que la partida presupuestaria dedicada a la ciencia tenga que competir con otros sectores tan necesitados como la salud o la educación.

 

El pasado 22 de junio, el patronato de la Fundación Atapuerca volvió a reunirse para conocer el desarrollo de sus actividades anuales. Se incorporaron nuevos patronos y juntos pudimos disfrutar de una visita a las excavaciones en curso. Una experiencia inolvidable, cuando las entrañas de los yacimientos nos ofrecen evidencias del paso por este lugar de otros seres humanos, miles de años antes de que nosotros sigamos formando parte del curso de la evolución.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

 

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Excavaciones arqueológicas: entre la artesanía y la tecnología

Hace ya algunos años, quienes nos dedicamos a esa labor tan fascinante de las excavaciones arqueológicas y paleontológicas de la prehistoria soñábamos con un futuro en el que la tecnología nos ayudaría a trabajar con mayor rapidez. Ciertamente, las excavaciones de este tipo de yacimientos se llevan a cabo con una lentitud, a veces desesperante. El yacimiento desaparece a medida que se excava, por lo que hay que ser muy meticuloso y diligente para apuntar cualquier información que permita más tarde su reconstrucción.

Un excavador del yacimiento de la Sima del Elefante de la sierra de Atapuerca (Dr. Xose Pedro Rodríguez) se dispone a emplear una herramienta que permite la ubicación automática de cualquier hallazgo con precisión milimétrica en sus tres coordenadas espaciales. Pero ese excavador también manejará un pico y una pala cuando sea necesario. Y sus manos excavarán con habilidad los sedimentos, para localizar cada pieza de interés. Foto del autor.

Puesto que la arqueología es una profesión minoritaria, es fácil entender que la ingeniería industrial no haya dedicado esfuerzos innovadores específicos para facilitar nuestro trabajo de campo. No habría negocio en ello. Así que son los propios profesionales de la arqueología los que se adaptan a lo que hay en el mercado o tratan de innovar artilugios ad-hoc. Quién escribe estas líneas ha conocido la precariedad de las excavaciones de las dos últimas décadas del siglo XX. Se avanzaba despacio y se perdía mucha información. Pero empezaron a llegar los ordenadores de campo y las PDAs (personal digital assistant, por sus siglas en inglés), resistentes a la humedad de las cuevas y al polvo. También se impusieron las estaciones totales y otros muchos artilugios ideados por los propios profesionales de la arqueología, la paleontología o por ingenieros enamorados de estas actividades científicas. En poco tiempo, la tecnología invadió el mundo de los arqueólogos de cualquier período de tiempo.

 

Estábamos convencidos de que con estas herramientas avanzaríamos más deprisa. Pero nos equivocamos. Por una parte, la excavación es, en sí misma, una labor artesanal. Las manos son la mejor herramienta. Y cuanta mayor sea la habilidad de esas manos, mejor será el resultado. Así que en ese aspecto no cambió absolutamente nada. Pero lo qué si cambió, y mucho, fue la precisión en la toma de datos. La tecnología ha posibilitado obtener mucha más información y cada vez más fiable. Constatamos que la tecnología permitiría que las excavaciones tuvieran una calidad muy superior, puesto que podríamos recuperar muchos más datos. Las reconstrucciones a posteriori del yacimiento en la pantalla de un buen ordenador, por ejemplo, suponían una revolución extraordinaria.

 

Sin embargo, las excavaciones siguen siendo tan lentas como hace 30 años o incluso más ¿Qué está sucediendo? Se ha ganado en precisión y en capacidad para almacenar y manejar miles de datos, que antes se apuntaban en un papel. Las reconstrucciones se realizan ahora de manera digital, cuando antes se dibujaban a mano alzada. Y las bases de datos, que antes ocupaban centenares de documentos, ahora caben en un archivo informático. Pero ahora dedicamos mucho más de nuestro tiempo en conseguir esos datos que antes se perdían.

 

Acostumbrados a las prisas de la vida diaria, quienes visitan cualquier excavación suelen interesarse y sorprenderse por la lentitud desesperante del trabajo de campo. Y lo cierto es que las cosas seguirán igual durante mucho tiempo. Las (buenas) manos continuarán siendo el mejor secreto para la eficacia y la excelencia de cualquier excavación de la prehistoria. Y la tecnología en progreso ayudará cada vez más en la precisión y el manejo de los datos. Nos equivocamos quienes presumíamos que la tecnología nos ayudaría a ser más rápidos en la excavación de los yacimientos. Ahora ya sabemos que no es así. Se trabaja si cabe más despacio, pero con una eficacia mucho mayor.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

 

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