Archivo por meses: diciembre 2018

¿Cuándo nos separamos del linaje de los chimpancés?

No es sencillo responder a la pregunta que encabeza este post. Hace 45 años los datos inmunológicos de chimpancés y humanos sugerían que nuestro antecesor común vivió hace unos cinco millones años. ¿Qué nos dicen tanto la paleontología como la genética sobre esta cuestión?

En esta imagen se sugiere una divergencia entre humanos y chimpancés de unos cinco millones de años. Esa cifra podría llegar hasta los ocho millones de años. Fuente: Enciende.

Los paleontólogos han encontrado unos pocos restos fósiles en África atribuidos a la genealogía humana, cuya antigüedad podría llegar hasta los siete millones de años (Sahelanthropus tchadensis). En aquella época, la probabilidad de que los vertebrados dejaran su huella en yacimientos era muy baja. Los bosques africanos reciclaban la materia orgánica con enorme rapidez. Así que las evidencias de nuestros orígenes son casi testimoniales. Hace poco más de cinco millones de años, en los inicios del Plioceno, la elevación de las regiones del este de África y el enfriamiento global del planeta favoreció la formación de yacimientos. Las poblaciones de homininos empezaron a dejarnos testimonios de su presencia en el continente africano hace unos cinco millones de años. De ese modo, las investigaciones de la Paleontología pueden proponer que nuestro antecesor común es muy anterior a la cifra sugerida en su día por los estudios inmunológicos.

A comienzos del Plioceno la genealogía de los chimpancés ya seguía su propio camino en el oeste de África. La comparación del genoma de bonobos y chimpancés con el nuestro arroja diferencias algo superiores al 1% (aprox. 1,3%). Esa proporción, que se nos antoja muy pequeña, fue el resultado de la acumulación de cambios en los genes (mutaciones) generación tras generación. Los genetistas han estimado que esa diferencia pudo acumularse en los últimos seis-siete millones años, asumiendo que la tasa de mutación de los simios antropoideos y de los humanos está en torno a 1 x 10-9 por gen/año. Es una cifra ciertamente muy pequeña, que solo con el transcurso de miles de años termina por notarse a nivel morfológico y fisiológico.

Hace pocos años, un grupo de genetistas liderados por Kevin E. Langergraber (Universidad de Boston) realizaron sus propias estimaciones para determinar la fecha de la divergencia entre humanos y chimpancés. Querían realizar su estudio con independencia de lo que nos dice el registro fósil, evitando así cierta circularidad de los argumentos. Su trabajo se publicó en la revista de la Academia de Ciencias de USA (PNAS).

Para llevar a cabo su estimación, este grupo de científicos se fijó primero en el tiempo que transcurre entre generación y generación. Este dato es muy importante, puesto que las mutaciones se pueden producir de una generación a la siguiente e ir acumulándose con el paso del tiempo. Existen varios estudios en los que se ha determinado el tiempo intergeneracional en la genealogía humana. Los resultados indican que ese tiempo es de unos 26 años para las mujeres y de unos 32 años para los hombres. El promedio intergeneracional estimado para los dos sexos es de 29 años. Con ese dato y las tasas de mutación obtenidas tras el estudio del ADN intergeneracional en Homo sapiens (0,97 x 10-8 – 1,36 x 10-8 por gen/generación), Langergraber y sus colegas obtuvieron una tasa de mutación anual aproximada de 0,4 x 10-9 por gen/año. Ese dato es menor que el estimado (1 x 10-9 por gen/año) cuando se tienen en cuenta la cronología de los fósiles encontrados hasta la fecha en el continente africano.

Si las estimaciones de Langergraber y su equipo son correctas, la divergencia entre chimpancés y humanos aun habría de ser más antigua de lo que se había estimado con anterioridad. Se podría llegar incluso hasta los 13 millones de años para conseguir diferencias genómicas del 1,3% entre unos y otros. No obstante, estos investigadores apuestan por una fecha comprendida entre hace siete y ocho millones de años. En consecuencia, las investigaciones paleontológicas todavía podrían profundizar algo más en el tiempo para encontrar al ancestro común que compartimos con los chimpancés. Siguiendo este mismo método de trabajo (29 años de distancia intergeneracional), la divergencia entre los neandertales y los humanos modernos pudo suceder hace 800.000 años, duplicando la cifra aceptada hasta el momento. Ese dato no puede estar lejos de la cifra real, puesto que los humanos de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca ya formaban parte de la genealogía de los neandertales, y su cronología está muy bien establecida en más de 400.000 años.

A pesar de haber transcurrido lo que se nos antoja una eternidad, seguimos compartiendo con los chimpancés muchos caracteres anatómicos, fisiológicos y de comportamiento. Por ejemplo y sin ir más lejos, ni la mente de los chimpancés ni la nuestra es capaz de asimilar las cifras que se estiman para la divergencia temporal entre las dos genealogías, o para la divergencia entre Homo sapiens y Homo neanderthalensis. Por cierto, un suspiro en comparación con los 4.500 millones de años que podría tener nuestro planeta.

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

 

 

 

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Cueva Fantasma: el yacimiento del futuro de Atapuerca ya está protegido

Hace poco más de dos meses terminaron las obras de protección del yacimiento de Cueva Fantasma, en la sierra de Atapuerca. Hemos de celebrar la celeridad de la Consejería de Cultura de la Junta de Castilla y León en licitar y llevar a cabo la obra. Muchos de los yacimientos de la sierra de Atapuerca necesitan una cubierta que los proteja de la lluvia y la nieve, porque fueron abiertos, bien por la trinchera del ferrocarril minero, bien por las obras de cantería de la década de 1950. Es el caso del yacimiento de Cueva Fantasma. La declaración de los yacimientos como patrimonio de la humanidad por la UNESCO supone una obligación de mantenerlos en las mejores condiciones. Y así se ha hecho.

Vista de la cubierta que ya protege el yacimiento de Cueva Fantasma. Fotografía del autor.

La fotografía que acompaña a este post nos muestra la cubierta recién terminada. Además de cumplir con su cometido, la cubierta ha sido diseñada por el arquitecto con un sentido artístico digno de resaltar y alabar. La cubierta es capaz de combinar la simplicidad de la estructura con la estética y la espectacularidad. Esa estética está a la altura del tesoro arqueológico que protege. Los visitantes que acudan a conocer los yacimientos se sorprenderán de la magnitud de esta cubierta, de 900 metros cuadrados. Además, está previsto repoblar el entorno después de una obra tan singular. Desaparecerán poco a poco las cicatrices que han dejado tanto la maquinaria pesada como las grúas y tendremos una visión espectacular de este sitio, que en poco tiempo formará parte de la visita turística a los yacimientos de la sierra.

 

Recordemos que este yacimiento estaba prácticamente enterrado por cientos de toneladas de la roca del techo de la cueva que se desplomó sobre él. Cuando en 2015 se tomó la decisión de limpiar el lugar fue apareciendo ante nosotros el mayor yacimiento de la sierra de Atapuerca. La fotografía que acompaña a este post puede compararse con la imagen publicada el 21 de julio de 2015 en este mismo blog. Los sondeos mecánicos realizados ese año sugieren que los niveles con riqueza arqueológica y paleontológica alcanzan, como mínimo, una profundidad de 15 metros. El hallazgo de un parietal humano durante las labores de limpieza, casi en la superficie del nivel más alto de la secuencia estratigráfica, nos da una idea del potencial de este sitio.

 

Estoy convencido de que dentro de unos años se valorará aún más el esfuerzo realizado para proteger el yacimiento de Cueva Fantasma. Empezaremos a saberlo en la campaña de 2019, cuando iniciemos una excavación en la zona donde apareció el parietal humano. Las labores de cantería de la década de 1950 arrancaron un cierto número de restos fósiles y de herramientas, que aparecieron bajo los restos del techo de la cueva. Su estudio aún no ha comenzado, pero a primera vista se puede reconocer la tecnología musteriense del Pleistoceno Tardío. Es decir, dentro de unos meses comenzaremos a excavar sedimentos depositados durante la época en la que vivieron los neandertales clásicos de Europa. Si la suerte acompaña, se encontrarán más restos humanos.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

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¿Dónde vivieron los Denisovanos?

En el post anterior me preguntaba por la identidad de los denisovanos. No es menos interesante especular sobre su posible distribución geográfica. ¿Se limitaron a vivir en las regiones más favorables de Siberia, totalmente aislados durante milenios? Es posible; pero también cabe pensar en que este grupo humano se hubiera desplazado bordeando el norte del desierto del Gobi, en Mongolia, hasta llegar a las costas del Pacífico.

Cráneo de Jinniushan. Fuente: Institute of Vertebrate Paleontology and Paleoanthropology, Beijing.

En 1984 el profesor Lu Zune´e y su equipo encontraron parte del esqueleto de un hominino en una cueva (Jinniushan) cercana a la frontera de Corea del Norte, en la provincia de Liaoning, a 40º, 34´de latitud norte. La antigüedad de estos fósiles se estimó en unos 260.000 años mediante el método de las series de uranio. En 1994 nuevas dataciones rebajaron la cifra inicial a los 200.000 años. Las dos cifras son consistentes con las especies de mamíferos y de aves encontrados junto a los restos humanos, pero es preferible ser prudentes y quedarnos con la cronología más reciente.

El último estudio de estos fósiles fue publicado en 2006 por Karen Roserberg, Lu Zuné y Christopeher Ruff en la revista de la Academia de Estados Unidos (PNAS). Los restos fueron atribuidos a una hembra de 168 centímetros de estatura y unos 77 kilogramos de peso. Las estimaciones se hicieron gracias a la conservación del cúbito izquierdo y varios huesos de los pies. Los autores de este trabajo parecen convencidos de que se trata de los restos de una mujer, quizá la más robusta jamás encontrada en el registro fósil del Pleistoceno Medio. La capacidad del cráneo supera claramente los 1.350 centímetros cúbicos, lo que supone que aquel cráneo albergó un cerebro unos 1.200 centímetros cúbicos; es decir, cifras muy similares a las nuestras. Este tamaño cerebral no resulta sorprendente para un humano de aquella época.

Las primeras descripciones realizadas por investigadores del Instituto de Vertebrados de Paleoantropología y Paleontología (IVPP) de Pekín siguieron el esquema clásico de la Academia de China y atribuyeron el esqueleto de Jinniushan a una forma intermedia entre Homo erectus y Homo sapiens. Estos investigadores se guiaban siempre por un modelo lineal de evolución, abandonado desde hace tiempo. El fósil de Jinniushan y otros ejemplares chinos de una cronología similar fueron catalogados con el nombre de “archaic Homo sapiens”, un término ya en desuso. Las nuevas generaciones de científicos chinos aceptan escenarios más complejos, incluyendo la teoría hipótesis de la Eva Negra.

 

Pero, ¿entonces?, ¿en qué parte de nuestro árbol filogenético situamos al individuo de Jinniushan? La reconstrucción del cráneo de Jinniushan no debió ser sencilla, pero no cabe duda que su aspecto recuerda en parte al de los neandertales. Algunos genetistas, como David Reich, se han preguntado por las relaciones entre los denisovanos y los humanos de finales del Pleistoceno Medio de China. El hecho de que el ADN de los denisovanos se parezca más al de los neandertales que al nuestro refuerza la idea de que fósiles como los de Jinniushan pudieron estar emparentados con los humanos de las cuevas de Denísova.

Los investigadores tendrán que seguir buscando fósiles más completos en las cuevas de los montes Altai de Siberia para conocer qué aspecto tenían realmente los denisovanos. Pero es posible que cráneos como el de Jinniushan nos hayan dado ya una pista importante. Falta obtener ADN de estos y otros restos contemporáneos del norte de China. No creo que tardemos mucho en tener esa información.

José María Bermúdez de Castro

 

 

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