Los Neandertales de Cueva Fantasma

Poco tiempo después de publicar el hallazgo en la sierra de Atapuerca del resto humano fósil más antiguo de Europa los medios de comunicación preguntaban con insistencia sobre cuál sería el siguiente reto del Equipo Investigador. Mi colega Eudald Carbonell respondía enseguida que el objetivo era encontrar restos humanos de la población Neandertal del Pleistoceno Superior (o Pleistoceno Tardío, como se llama en la actualidad). Confieso mi escepticismo sobre este deseo de Eudald, puesto que los niveles más altos (y, por tanto, más recientes) de los yacimientos de la Trinchera del Ferrocarril se datan en más de 120.000 años. En esa fecha comienza precisamente el Pleistoceno Tardío, el período geológico en el que vivieron los llamados neandertales clásicos de Europa. Por descontado, estamos convencidos de que la genealogía Neandertal hunde sus raíces en épocas mucho más antiguas. Pero los neandertales más conocidos vivieron en Eurasia hace entre unos 120.000 y 50.000 años. Enterraron a sus muertos y nos dejaron un legado cultural extraordinario.

Parietal humano de Cueva Fantasma, una vez limpio y preparado para su estudio. Pero antes de comenzar el estudio del parietal es necesario conocer su contexto estratigráfico, biocronológico y geocronológico. Es el objetivo para 2018. Foto del autor.

Es posible que el deseo de Eudald Carbonell fuera solo eso: un deseo romántico. O tal vez no, porque en la sierra de Atapuerca existen docenas de yacimientos sin explorar. Además, las herramientas de los neandertales han aparecido por doquier en docenas de yacimientos al aire libre. Así que solo era cuestión de dar con un yacimiento en cueva, donde se hubieran conservado los restos óseos de algún neandertal. Finalmente decidimos excavar un yacimiento que conocíamos desde hace muchos años: Cueva Fantasma. No teníamos ni idea de su potencial, puesto que el 95% del yacimiento estaba cubierto por decenas de toneladas de roca del techo de la cueva que rompieron los canteros durante la década de 1950. Las canteras de la sierra de Atapuerca, que cuenta con una roca caliza de primera calidad, vieron truncadas sus expectativas económicas con la llegada del ladrillo como elemento fundamental de la construcción. La que hoy denominamos Cueva Fantasma quedó olvidada y enterrada. Hasta que llegaron unos científicos extraños y tal vez un poco locos, buscando huesos fósiles y herramientas antiguas de piedra. Así se nos calificaba hace tan solo tres décadas.

 

Una parte mínima del enorme yacimiento de Cueva Fantasma se dejaba ver entre la hojarasca que crecía entre las rocas del antiguo techo de la cueva. Eudald y quién escribe estas líneas visitábamos todos los años el lugar, casi como un ritual. Apartábamos las ramas de carrascas y quejigos y finalmente dábamos con nuestro objetivo. Soñábamos con el día en el que se podría excavar aquel yacimiento. Era como una peregrinación en busca de un tesoro perdido. Hasta que un buen día descubrimos que no éramos los únicos visitantes de Cueva Fantasma. Alguien más había encontrado la cavidad y había realizado una excavación clandestina. Avisadas las autoridades de Cultura de la Junta de Castilla y León, la zona se cerró y el encanto de nuestro secreto mejor escondido desapareció por la ambición de los cazadores de tesoros arqueológicos.

 

Cuando los yacimientos de la Trinchera del Ferrocarril y de la Cueva Mayor estaban dando lo mejor de sus entrañas y la situación económica lo permitió, convencí a Eudald de la posibilidad de hacer nuestro sueño realidad: ¿por qué no explorábamos Cueva Fantasma? Así lo hicimos. Y pronto supimos que las rocas que pisábamos se correspondían con las del techo de la que un día fue una gran cavidad del karst de Atapuerca. Tras dos años de retirada de rocas apareció ante nuestros ojos el yacimiento más grande de la sierra. Y antes de que las labores de limpieza terminaran, el arqueólogo Pep Vallverdú encontró un parietal humano en un alarde de vista. Allí estaba, asomando en el nivel arqueológico más alto de la secuencia estratigráfica de Cueva Fantasma. Se habría perdido para siempre, si no es por la profesionalidad de nuestro compañero, encargado de vigilar las labores de limpieza.

 

Este año han comenzado las labores de cubrimiento y protección de Cueva Fantasma, que terminarán durante el mes de septiembre. Pero ya estamos realizando estudios geológicos preliminares de la secuencia estratigráfica y un sondeo arqueológico de un par de metros cuadrados. Los restos más recientes (y el propio parietal humano) apuntan a una época reciente, casi con seguridad del Pleistoceno Tardío. A primera vista, la morfología del parietal se corresponde con la de un neandertal clásico, cumpliendo así las predicciones y los deseos de Eudald. En efecto, el tesoro que buscábamos hace años estaba allí, esperando bajo toneladas de roca. Ahora, el yacimiento será explorado y estudiado por los científicos de la siguiente generación, a quienes legaremos el sueño de excavar uno de los yacimientos con más futuro de la sierra de Atapuerca.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

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Cuando las cuevas no interesaban a los humanos

Las cuevas son frías y húmedas. Además, a poco que te adentres en una de ellas la oscuridad se torna absoluta. No puede extrañar que nuestros antepasados de hace miles y miles de años solo pisaran las entradas de las cuevas de manera esporádica, y solo por alguna razón muy específica. No, nunca hemos sido trogloditas. Las cuevas conservan muy bien los restos óseos y ese hecho resulta engañoso cuando pensamos que la mejor vivienda para un humano del Pleistoceno era una buena cueva. Y las cuevas tampoco están por todas partes.

Inicio de la excavación en el nivel TE7 durante la campaña de 2018. Los excavadores trabajan a unos cuatro metros por debajo del antiguo trazado del ferrocarril minero que atravesaba el flanco noroeste de la sierra de Atapuerca. Foto del autor.

En 2008, durante la exploración del yacimiento que rellena la cueva denominada Sima del Elefante de la sierra de Atapuerca, apareció el resto fósil humano más antiguo de Europa hasta entonces. La datación del nivel 9 (TE9) de este yacimiento se realizó con un nuevo método (núclidos cosmogénicos), cada vez más utilizado en yacimientos de cierta antigüedad. La datación de TE9 se cifró entre 1,1 y 1,3 millones de años (m.a.), con una edad promedio de 1,2 m.a. Los restos fósiles de las especies de diferentes vertebrados encontradas en TE9 son muy coherentes con esa antigüedad, que probablemente se acerca al momento de la primera colonización de Europa. Se encontraron algunas herramientas fabricadas en sílex, que alimentaron la esperanza del equipo de seguir encontrando más restos humanos. Pero el fragmento de mandíbula y una falange de mano encontradas ese año carecían de la información necesaria para determinar la especie humana a la que pudieron pertenecer los primeros europeos.

 

Así que se urdió un plan estratégico ambicioso y costoso para conseguir el objetivo de identificar a esa población colonizadora del continente europeo. El nivel TE9 se encontraba prácticamente a ras del suelo de la trinchera del Ferrocarril y a muy pocos metros del lugar por donde un día pasó el tren minero y por donde caminamos a diario para llegar a todos los yacimientos. Así que tendríamos que excavar por debajo del nivel de ese camino, al punto de que en la actualidad lo atravesamos por encima de un puente.

 

Los trabajos avanzaron relativamente deprisa, con un equipo muy numeroso y dispuesto al trabajo duro. Se extrajeron las tierras que cubrieron el antiguo trazado del ferrocarril, hasta que aparecieron algunas de las traviesas de madera de las antiguas vías. También se quitaron varias toneladas de roca para llegar a los sedimentos supuestamente ricos en fósiles. El esfuerzo fue impresionante. Pero la cantidad de restos fósiles de vertebrados hallados en el yacimiento no compensaron tanto trabajo. El hallazgo de alguna lasca de sílex nos animaba a seguir trabajando, con la esperanza de encontrar los restos de los humanos que las fabricaron. Pero cada vez estábamos más convencidos de que hace un millón de años las cuevas no formaban parte del interés de los primeros europeos. El hallazgo que aquellos restos y de algunas lascas de sílex pudo ser una cuestión meramente accidental. Quizá los humanos de hace un millón de años solo buscaban animales caídos dentro las cavidades. Las cuevas pudieron ser un recurso más a la hora de conseguir alimento. Ni tan siquiera las cuevas habrían sido un refugio contra las inclemencias del tiempo.

 

Es posible que las excavaciones de los niveles inferiores del yacimiento de la Sima del Elefante aun puedan dar alguna sorpresa. Pero las esperanzas se han ido desvaneciendo a medida que la parte del nivel TE9 accesible a nuestros ojos se ha excavado en su totalidad. El nivel inferior, TE8, es estéril y se ha eliminado definitivamente durante esta campaña. Carece de información tanto arqueológica como paleontológica. ¿Quizá la cueva estuvo cerrada durante algún tiempo? Es posible. Pero si es así, la cueva estuvo abierta al exterior en una época anterior. Lo demuestra el hecho de que el nivel TE7 contiene restos de animales. Todavía no hay rastro de los humanos de entonces, aunque acabamos de empezar a excavar ese nivel. Sería una noticia de alcance encontrar herramientas de piedra en TE7, o por lo menos alguna evidencia de la presencia de seres humanos, en una fecha que apunta a una antigüedad desde luego inferior a 1,3 millones de años.

 

La buena noticia es que la mayor parte del yacimiento de la Sima del Elefante sigue estando intacto. La zona excavada simplemente nos ha informado sobre las posibilidades de este yacimiento, que son muchas. Ahora toca excavarlo desde el nivel superior (TE16), donde aparecen abundantes restos de fauna y herramientas fabricadas por poblaciones seguramente muy relacionadas con los Neandertales. Pero este será ya un objetivo para la próxima década. Seguiremos añorando conocer el aspecto de los primeros europeos, que se buscan de manera incesante en otros yacimientos europeos al aire libre o en cueva. El yacimiento de Barranco León, en la cuenca de Guadix-Baza (Granada) puede tener esa antigüedad y hace pocos años describimos un diente de leche de un hominino. Tampoco es suficiente. Así que seguiremos insistiendo en nuestro interés por conocer el rostro de los primeros colonizadores de Europa. Queda una asignatura pendiente en la prehistoria de Europa occidental.

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

 

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Sima de los Huesos: un caso abierto

Durante años hemos debatido entre nosotros y con investigadores ajenos al proyecto Atapuerca diferentes hipótesis para explicar la excepcional acumulación de restos humanos del Pleistoceno Medio en el yacimiento de la Sima de los Huesos. El número de restos encontrados se acerca a la cifra de 7.000, que supone aproximadamente el 95% de todos los fósiles humanos de ese período (120.000-722.00 años) encontrados en Europa. Los 7.000 restos representan un mínimo de 28 individuos, presumiblemente contemporáneos, con una antigüedad de algo más de 400.000 años. En ese grupo parecen estar representados hombres y mujeres y quizá un niño/a de pocos años, reconocido/a por un único diente encontrado entre los sedimentos removidos por los aventureros que se atrevieron a descender hasta las profundidades de la Sima de los Huesos desde los inicios del siglo XX.

Cráneo 17 de la Sima de los Huesos, con dos perforaciones de forma idéntica en el hueso frontal, posiblemente realizadas por otro individuo con un mismo objeto.

Aunque no es sencillo determinar con precisión la edad de muerte de aquellos humanos, es posible realizar una buena aproximación. El desarrollo de los dientes (nuestra herramienta principal) de aquella especie del Pleistoceno seguramente fue algo diferente al de Homo sapiens. Pero no tanto como para alejarnos de la verdadera edad de muerte de aquellos humanos. Dieciocho individuos fallecieron cuando tenían aproximadamente entre 11 y 20 años (65%). Otros seis individuos murieron cuando tenían entre 21 y 35 años (21%), mientras que tan solo tres de ellos/as podían haber superado esa edad. Es decir, la inmensa mayoría eran muy jóvenes cuando fallecieron y tanto ellos como ellas estaban en pleno período de reproducción.

 

La distribución de edades de muerte, que mostramos en una de las figuras, se puede clasificar en un perfil que los demógrafos denominan “muerte catastrófica”, frente al perfil de “muerte atricional”. Este último refiere la mortalidad normal de cualquier población humana, en la que la gran mayoría de los difuntos tienen edades avanzadas. Es la distribución de edades de muerte que podemos encontrarnos en el cementerio de cualquier localidad.

Distribución de la edad de muerte (age at death) de los cadáveres identificados en el yacimiento de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca.

La hipótesis más probable para explicar la acumulación de los 28 cuerpos en la Sima de los Huesos propone que otros humanos habrían arrojado los cuerpos de los difuntos en la cavidad. Esta hipótesis tiene una serie de connotaciones importantes, pues reflejaría una cierta preocupación de los miembros de aquella especie por sus muertos. Pero, dejando a un lado esta y otras posibles hipótesis sobre la acumulación de cadáveres en la Sima de los Huesos, me quiero centrar en los datos empíricos. Hemos de reflexionar sobre la posible causa de un suceso con resultado de muerte catastrófica, seguramente casi simultánea de un grupo numeroso de jóvenes en plena época de reproducción ¿Una enfermedad generalizada?, ¿quizá una hambruna? Es posible, pero hay otras explicaciones que merecen más credibilidad.

 

El descubrimiento por parte de una compañera del proyecto (la Dra. Nohemi Sala) de que uno de los individuos fue golpeado dos veces en la cabeza con perforación del cráneo y posible resultado de muerte, señala con claridad un episodio de violencia. Se investiga si otros individuos pudieron correr la misma suerte, examinando los cráneos más o menos completos de la colección. Si puede demostrarse algún otro caso de muerte violenta ya no me cabría duda sobre las razones de ese perfil de muerte catastrófica. Los enfrentamientos entre aquellos grupos (las guerras del pasado) no debieron ser infrecuentes. Los recursos podían ser abundantes en algunos lugares, mientras que otros serían más pobres. La apetencia por el dominio de territorios estratégicos ha sido y es la norma de todas las especies de la genealogía humana. Lo que hoy no nos extraña (guerras por la posesión de tierras y recursos) seguramente ha ocurrido en todas las épocas de la prehistoria. Mi apuesta va por ese camino para la acumulación de cadáveres en la Sima de los Huesos. Las investigaciones en curso tienen la palabra.

 

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

 

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