Archivo por meses: febrero 2014

Compañeros de viaje

tigreHace unos seis millones de años aparecieron en África los primeros representantes del linaje humano. Casi al mismo tiempo aparecía en África el género Homotherium, uno de los representantes mejor conocidos de la gran familia de tigres dientes de sable. Desde entonces, nuestros respectivos “destinos evolutivos” han seguido caminos paralelos.

Los especímenes del género Homotherium llegaron a tener más de un metro de alzada y hasta 200 kilogramos de peso. Sus largos y poderosos caninos tuvieron que ser un arma temible. Los ardipitecos, australopitecos, parantropos y los primeros Homo fueron víctimas de este gran predador de los bosques y sabanas de África. Sin embargo, algunos investigadores han propuesto una hipótesis complementaria: los homoterios pudieron ser también grandes aliados de los Homo primitivos en lo que se refiere a la obtención de comida. Suena paradójico. La hipótesis no es descabellada, aunque parece difícil de contrastar. Me explico.

La mayoría de expertos en la biología de los primeros representantes del género Homo (Homo habilis, por ejemplo) están de acuerdo en afirmar que el tamaño y complexión de aquellos humanos de hace dos millones de años no era suficiente como para considerarlos grandes cazadores. El comportamiento organizado y social de Homo habilis no parece suficiente como para atribuir a los miembros de esta especie dotes de grandes cazadores. Más bien se tiende a pensar que Homo habilis y otras posibles especies primitivas del género Homo conseguían carne de grandes mamíferos mediante la práctica del carroñeo. La carne era todavía un buen complemento de la dieta más que un elemento fundamental de la misma. La carne, como plato fuerte, tendría que esperar varios miles de años hasta que adquirimos la gran complexión que caracterizó a las especies del Pleistoceno Medio, una cultura más desarrollada y estrategias cinegéticas elaboradas.

Los expertos piensan que los tigres dientes de sable tendrían dificultades para aprovechar al máximo la carne de sus presas. Los poderosos caninos eran un arma letal, pero también un impedimento para rebañar los restos de los animales cazados. Si los homoterios cazaban bajo la protección de los árboles, los carroñeros aéreos tardarían en detectar un bocado tan apetitoso. Los humanos estaríamos al acecho y llegaríamos antes que los demás carroñeros para terminar el festín. En términos técnicos seríamos carroñeros pasivos, mientras que buitres y hienas son activos en su lucha por los restos de los animales muertos.

Estos acontecimientos pudieron suceder hace unos dos millones de años, cuando nos estábamos moviendo hacia el norte siguiendo el Gran Valle del Rift y saliendo del continente africano. En Eurasia nos esperaban las poblaciones del género Homotherium, que se habían adelantado a nosotros en su expansión fuera de África. Es por ello que seguimos coexistiendo con éllos durante miles de años. Quizá dejamos de ser presas habituales y hasta es posible que los cazáramos de manera ocasional. Lo cierto es que el género Homotherium empezó a tener competidores en Eurasia, como los leones o las panteras, y su hegemonía se fue apagando poco a poco. Aún así, todavía estarían un cierto tiempo en nuestra compañía, cuando la especie Homo sapiens dejó por última vez su hogar africano, para expandirse por todo el planeta.

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest

Mensajes hacia el futuro

edualdHace un par de días tuvo el honor de presentar el último libro de Eudald Carbonell, buen amigo y compañero en la tarea de dirigir el proyecto Atapuerca. Este libro (“El arqueólogo y el futuro”, Now BOOKS) es entrañable y sorprendente, porque contiene una serie de cartas dirigidas a su hijo de tres años. Eudald y un servidor ya hemos superado la barrera de los sesenta y ambos compartimos la inmensa suerte de tener un hijo pequeño (en mi caso un año y medio). Como siempre digo, somos padres-abuelos. Disfrutamos la paternidad de un modo diferente, por muchas razones. Sabemos que nuestro tiempo se acaba y aprovechamos cada minuto para disfrutar de nuestros hijos. Ese hecho también nos aterra. Es muy probable que no tengamos tiempo suficiente para ver a nuestros hijos con su vida resuelta, un objetivo que la inmensa mayoría de padres y madres desean más que nada en el mundo.

Inicié mi presentación del libro de Eudald recordando la primera entrega de la película de Superman, estrenada en 1978 y protagonizada por el actor Christopher Reeve. Los lectores que hayan visto esa película recordarán la escena en la que el protagonista asume por primera vez su identidad en el polo norte, tras construir un gran edificio de hielo gracias a la tecnología que sus padres biológicos le dejaron en la nave que le condujo a la Tierra tras la destrucción del planeta Kripton. El padre de Superman (Marlon Brando) aparece como un holograma, para contarle a su hijo la larga historia de su planeta de origen. A las infinitas enseñanzas de los conocimientos acumulados por la cultura de Kripton siguen los buenos consejos de un padre, que sabe que su hijo nunca lo conocerá en persona.

Se que Eudald no se inspiró en esta película para escribir su libro, aunque exista un gran paralelismo en el objetivo. Sus cartas están escritas desde el corazón. Sus pensamientos están sintetizados en el libro de una manera sencilla, como lo  suele hacer un padre cuando dialoga con sus hijos. En ningún caso Eudald pretende adoctrinar a su hijo. Más bien al contrario. Cada una de las cartas que contiene el libro trata de temas sobre el que el padre ha reflexionado largamente a lo largo de su vida: el amor, la amistad, el sexo, la política, la ciencia, la justicia social, la ética, la familia, la vejez, etc. Eudald se desnuda ante su hijo, para que él sepa de primera mano como ha pensado y como ha desarrollado su vida. No hay quizá mejor herencia y legado que alguien tan próximo te deje un relato de sus experiencias, de sus aciertos y de sus errores.

Salvo que escribas tu autobiografía (o alguien la escriba por ti) el recuerdo de la inmensa mayoría de las personas desaparece solo en dos generaciones ¿Quién recuerda a sus bisabuelos?, ¿qué queda de lo que hicieron o pensaron nuestros abuelos?, ¿quiénes sino los hijos y algunos familiares cercanos recuerdan a unos padres cuando fallecen?

Como es lógico, no solo he leído todos los libros de Eudald, sino que he compartido la redacción de uno de ellos y he debatido largo y tendido sobre su pensamiento filosófico, social o político. Un verdadero privilegio. Pero en este libro Eudald se muestra tal y como es, con la mayor sinceridad y con la experiencia de 60 años de vida a sus espaldas. No podía ser de otra manera, cuando el destinatario es su hijo. Pero los mensajes de esas cartas sirven para todos; para los miembros de esta generación y los de las generaciones venideras; para los más jóvenes y para los más mayores. Toda una lección vital de un ser humano que ha viajado por todo el mundo, que ha conocido y compartido el modo de vida de las tribus cazadoras y recolectoras que aún quedan en el planeta, que ha conocido a grandes personajes de la política, la filosofía o de las diferentes religiones y, sobre todo, que lleva décadas reflexionando sobre nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Ojalá nuestros hijos puedan disfrutar de un mundo diferente, más justo y equitativo. Si no es así, es posible que los mensajes de Eudald nunca lleguen a su destinatario.

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest

Dmanisi: ¿una o dos especies?

dmanisi

Mandíbulas de Dmanisi: D 2600 (izquierda de la imagen) y D 2735. La escala tiene seis centímetros.

Ayer, 20 de febrero, nuestro equipo publicó un artículo sobre los fósiles humanos del yacimiento de Dmanisi en la revista PLOS ONE. Recordemos que este yacimiento (República de Georgia) es mundialmente conocido por haber proporcionado los restos fósiles humanos más antiguos de Eurasia, con una antigüedad que se aproxima a 1.800.000 años. Sobre los hallazgos en este yacimiento se han escrito un buen número de artículos científicos y un libro de divulgación. El primer resto humano, la mandíbula numerada como D 211, fue hallado en 1989. Sus descubridores (un equipo formado por científicos georgianos y alemanes) no podía dar crédito al hallazgo, que a la postre desterraría la hipótesis de una colonización de Eurasia en torno al millón de años. A pesar de que el contexto geológico, cronológico y paleontológico era incuestionable, el primer trabajo sobre aquella mandíbula no acertó con el diagnóstico. Aún pesaba demasiado el paradigma de entonces. Nuestro equipo publicó en 1999 un análisis de aquella mandíbula, que atribuyó a una forma primitiva de la especie africana Homo ergaster. Los hallazgos más importantes empezaron a llegar ese mismo año y ya nadie dudó ni de la antigüedad del yacimiento ni del aspecto tan primitivo de aquellos humanos.

Los fabulosos hallazgos en Dmanisi atrajeron de manera secuencial a investigadores de varios países, que fueron formando equipos mixtos con los científicos georgianos. Un equipo franco-georgiano se atrevió a nombrar por primera vez la especie Homo georgicus, en base a una mandíbula hallada en 2000. Aquella mandíbula (D 2600) era muy diferente a la primera y arrojó dudas razonable sobre la presencia en el yacimiento de una única especie. No obstante, parecía extraño que en un mismo lugar, y supuestamente en un mismo nivel estratigráfico, aparecieran dos especies distintas. Esta hipótesis nunca fue defendida ni por el equipo francés ni por los científicos georgianos. Tampoco fue tenida en cuenta por los científicos norteamericanos y suizos que llegaron a continuación. Los españoles también participamos en las excavaciones de Dmanisi, así como en varios estudios científicos y en tareas no menos importantes de conservación y restauración. Todo ello a través de un convenio entre la Fundación Duques de Soria y el Museo Nacional de Georgia. Aunque nuestro trabajo en Dmanisi fue muy significativo, nuestro peso como potencia científica de segunda clase restó influencia a las ideas que fuimos proponiendo al responsable de la dirección de los trabajos en Dmanisi, el Profesor David Lordkipanidze. Aún así, la presencia española en Dmanisi dejó una huella imborrable en nuestros colegas de Georgia y viceversa, al menos en el aspecto de las relaciones humanas. Nuestro carácter común mediterráneo fue un aspecto muy favorable para las magníficas relaciones entre nosotros.

Entre otras cuestiones, propusimos desde el principio la presencia de dos poblaciones diferentes en el yacimiento, basándonos en las diferencia de tamaño y forma de la mandíbulas. Esta idea nunca fue aceptada y, siguiendo las bases de un respeto mutuo, jamás nos atrevimos a publicarla al menos hasta que David Lordkipanidze nos diese su visto bueno. Un colega norteamericano, Matthew Skinner (que participó en las campañas de excavación) si se atrevió a proponer la hipótesis de las dos especies en base al tamaño tan diferente de las mandíbulas  D 211 y D 2600. Esa diferencia es incluso superior en algunas variables a la que presentan los gorilas. Tales diferencias entre machos y hembras  no resultan aceptables para las especies del género Homo, puesto que nuestra biología social es muy diferente a la de los gorilas. El trabajo de Skinner pasó casi inadvertido.

La publicación en 2013 del cráneo D 4500 en la revista Science pareció dar la puntilla a la idea de las dos especies. Este cráneo encaja perfectamente con la mandíbula D 2600 y el aspecto del cráneo en su conjunto resulta inquietante por el tamaño descomunal de su aparato masticador, que contrasta con la gracilidad de los demás individuos. Aún así, los científicos que publicaron este trabajo no solo siguieron defendiendo la idea de una única especie en Dmanisi, sino que se atrevieron a cuestionar la taxonomía del registro fósil de África. Para estos investigadores, las evidencias de Dmanisi invitan a repensar la validez de especies como Homo habilis y Homo rudolfensis. Desde hace al menos dos millones años y hasta hace unos 30.000 años la especie Homo erectus habría tenido un papel protagonista indiscutible en África y Eurasia, siempre de acuerdo con el criterio de esos investigadores. La variabilidad de Homo erectus habría sido enorme, recogiendo especímenes como los “habilis” de Olduvai o los “erectus” de Java o China. Por supuesto, la especie Homo georgicus no tendría validez. La única especie reconocida en Dmanisi también tendría que ser incluida en la especie Homo erectus.

Nuestro punto de vista es muy diferente. Las investigaciones previas sobre la morfología y el desgaste de los dientes nos llevaron a mantener dos ideas fundamentales: los homininos de Dmanisi tienen una gran similitud con los ejemplares encontrados en África y no tendríamos dificultad en asignar al menos a cuatro de los cinco individuos en Homo habilis o en Homo ergaster. El quinto individuo (D 2600+D 4500) es diferente tanto por su forma como por el desgaste de sus dientes. Siguiendo las leyes del código de nomenclatura zoológica (criterio de prioridad), este individuo tendría que ser asignado a la especie Homo georgicus.

Uno de los puntos interesantes del trabajo que hoy publica la revista PLOS ONE es la revisión de los datos sobre la geología del yacimiento de Dmanisi. El geólogo Mark Sier, que también ha excavado en Dmanisi, se ha encargado de revisar todo cuanto se ha publicado sobre la geología del yacimiento. Las contradicciones son numerosas, los cambios de criterio sobre la identificación de los diferentes niveles no se explican con claridad y resulta complicado en algunos casos conocer con precisión la procedencia de algunos ejemplares, como en el caso de la primera mandíbula D 211.

Finalmente, el estudio de la forma de las mandíbulas mediante nuevos criterios metodológicos no deja lugar a las dudas. Las mandíbulas de Dmanisi ofrecen una enorme variabilidad morfológica y pudieron pertenecer a dos especies distintas, quizá con estilos de vida diferentes. Esta última conclusión sería compatible con la coexistencia de dos especies de homininos, como estaba sucediendo en África en aquella época. Recordemos que hace dos millones de años los ecosistemas africanos asumieron sin dificultad la presencia de especies de los géneros Australopithecus, Paranthropus y Homo. El único requisito era tener estilos de vida diferentes para evitar la competencia entre ellas. En aquella época, el territorio ocupado en la actualidad por la República de Georgia era un reducto de características muy similares a la de los paisajes del Gran Valle de Rift, donde vivieron todos estos homininos y cuyo final se encuentra en el Corredor Levantino, a una distancia razonable de las regiones del sur del Cáucaso.

Esperamos que nuestro trabajo tenga eco entre los científicos que no han aceptado la presencia de una única especie en Dmanisi, ni el hecho de que se haya cuestionado la validez taxonómica de Homo habilis y Homo rudolfensis. Una vez más, el debate está servido.

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest